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   DE PARATEXTOS Y SUS ECOS
 

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Nº 85 — JULIO 2007
Quilmes — Argentina


Terminó Alicia Silva Rey su excelente columna del mes pasado diciendo:

La historia secreta de la escritura, la propia, nos transforma en paratextos vivientes: de lo que hemos escrito, estamos escribiendo, habremos de escribir.

Es una conclusión que debe ser meditada y que me devolvió a reflexiones paralelas lejanas, mediatas y próximas. Las lejanas (sobre la psicopatología de «Alice in Wonderland») las aparco por hoy, y las mediatas las despacharé con una breve cita para, enseguida, ocuparme de las próximas: los ecos de las voces de dos autores austriacos que leía mientras se "coló" entre ellos el agudo discurso de Alicia.

Unas vibraciones discretas desde el ataúd virtual de Vladimir Nabokov me advirtieron de que al autor de «Lolita» no le hacía feliz la conclusión antecedente. Juzgue el lector si no, a tenor de las palabras que entresaco de la "Introducción" que dejó escrita el afamado ruso para su traducción del «Eugene Oneguin» de Pushkin:

Borradores, falsos enfoques, caminos a medio explorar, callejones de inspiración sin salida, todos son de escasa importancia en sí. El artista [...] debe destruir sus manuscritos sin contemplaciones, no vaya a ser que éstos confundan a mediocridades académicas [sic] haciéndoles pensar que es posible desvelar los misterios del genio estudiando escritos desechados. En el Arte las intenciones y los planes no son nada; sólo los resultados cuentan.

Podría abundar hasta donde coincido o discrepo en la comparación Alicia vs. Vladimir; pero, libre de mi mediación, es al lector a quien corresponde disfrutar de ese juego. Además no queda espacio: los dos autores austriacos exigen su cuota.

Elfriede Jelinek la primera. Y no por sus "escandalosas" obras –de las que «Deseo» mereció el Nobel– sino por su revelador artículo «El perezoso camino del pensamiento»*, que me atrevo a calificar de auténtico "paratexto" explícito o, mejor aún, de "metaparatexto" si semejante palabra cupiera en el barroco universo de los lingüistas. Valgan como ejemplo estas afirmaciones entrecortadas:

El pensamiento es de otros [...] Me lo han dado otros y ahora intento generar beneficios en mi provecho [...] Yo no he fundado el pensamiento [...] lo utilizo como una linterna [...] como un generador, como un creador que se mete prisa a sí mismo para que la linterna brille ... ...

Parece claro que Elfriede iría a comulgar de la mano de Alicia.

Thomas Bernhard es el otro escritor austriaco. No lo cito en estas páginas por primera vez. Si ya lo hice por su insobornable honestidad intelectual, hoy lo hago por una "virtud" menor: su construcción sintáctica en reiteraciones obsesivas que, sin remedio, atrapa al lector... o lo expulsa definitivamente de su lado. La demoledora opinión que le merecen los críticos (literarios o de cualquier materia) está presente en cada página; su autobiografía, en cinco pequeños volúmenes, es ya un paratexto per se, parejo a la pasmosa afirmación que hizo después de haber sido reconocido como el mejor prosista en lengua alemana del pasado siglo:

El pensamiento alemán, como el habla alemana, se paraliza muy rápidamente bajo el peso humanamente indigno de ese idioma, que reprime todo lo pensado antes de que se exprese siquiera; bajo el idioma alemán, el pensamiento alemán sólo ha podido desarrollarse difícilmente y nunca por completo...

Sic transit!
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* la filóloga Brigitte Jirku lo prologó en el nº 310 de la Revista de Occidente, donde dijo: Leer los textos de Jelinek es subirse a un tren cuyo destino se desconoce; es ser capaz de dejarse llevar; es seguir el camino y preguntarse: ¿quién habla?

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     A mediados de agosto de 2009, en un correo particular, Alicia me contó sus impresiones sobre la representación de «Minetti» en el Centro Latinoamericano de Investigación y Creación Teatral, de Buenos Aires.
     Enredado, como siempre, en el cruce de lecturas, volcados, adendas y escritos, no me paré a pedirle permiso para copiar su texto en REFLEJOS. Me ha parecido ahora buena ocasión para incluir aquí el grueso de sus argumentos. No le he pedido permiso, pero ella sabe que cuenta con el espacio que precise para rectificarme y abundar sobre el tema.

ĞMinettiğ en el CELCIT

     La coreografía, la dicción poética –el ritmo, el ritmo–, la aparición-desaparición de unos personajes al borde de la intangibilidad, la imprevisibilidad de unos actos que intersectan ficción y realidad, hacen del espectador otro ausente en ese pasaje de una hora reloj que lleva a sus criaturas, actores y espectadores, de la nada hacia la nada.

    Lo sutil de una perfecta trama que sustenta la materialidad de las palabras en la evanescencia de los cuerpos. El tratamiento cinematográfico de los planos escénicos. La luz como una –otra– materia al servicio de una retórica del espacio siempre al borde, como los actores, de su disolución. Al principio me traspasó el hiperrealismo de la puesta. Luego todo se fue desvaneciendo, cobrando otra carnadura, la perfección que sólo se alcanza en los sueños y su ciega verosimilitud. La máquina que ustedes ponen en marcha es poderosa, exquisita, conmocionante, implacable.

    Casi no me atrevo a hablar del soberbio Gené en una interpretación que es en sí misma belleza, técnica, ejemplaridad, sabiduría y trance: el tiempo, el ritmo, el cuerpo, la voz, la indulgencia del actor que nos concede la gracia del teatro casi como si se tratara de la última vez. Inolvidable.

    Y, ella, Maia, construyendo su criatura con amaneramientos de muñeca. O de niña púber que no renuncia a la posesión de su máscara. Lo que es mucho decir.

ASR 
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bernhard


Adenda a fecha 15 de ENERO de 2010

A finales de octubre del año pasado, Bernhard fue redescubierto en España. El motivo, su libro póstumo, «Mis premios», conmemoración de los 20 años de su fallecimiento; más un antecedente, la fusión en un solo volumen de la "pentalogía" biográfica que cito arriba.

De Nabokov y Jelinek, que yo sepa, no se han producido redescubrimientos editoriales recientes. Lástima.
 

Fotografía que aparece en la contraportada de «Maestros antiguos» (1985)
Ed. ALIANZA :: ISBN 84-206-5594-5
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