A menos de cinco meses de que el muy ilustre antropólogo Claude Lévi-Strauss cumpla cien años, la prensa ha empezado a volcarse en la obra (ingente) de este científico. Más de un lector despistado habrá interpretado la anticipación como noticia necrológica, pero sucede que esta vez ¡por fortuna! el protagonista está vivo. El anticipo se ha debido a que la «Biblioteca de la Pléiade» lo ha ingresado en el panteón literario de los inmortales. A tal lugar sólo contadísimos humanos accedieron en vida, y a ellos acaba de unirse Lévi-Strauss. Es anecdótico que lo haga como sellando la acerba crítica que dedicó —hace exactamente medio siglo— a la Filosofía de la Historia de Jean Paul Sartre, el literato-filósofo también instalado en el panteón pero, eso sí, después de fallecido.
Quizás más adelante, —el 28 de noviembre es la fecha del cumpleaños—, sea oportuno volver a aquel “combate singular” (así fue calificado) de la vida del antropólogo. Hoy una brizna de su pensamiento sostiene estas líneas: es a lo que me pude agarrar para soportar el sobresalto de los «divertidos juegos» que Michael Haneke ha filmado, copiándose a sí mismo, un decenio después de su primera versión.
Para Lévi-Strauss, los traumas de la primera infancia —que cada uno carga consigo— tienen su correlato en la sociedad, que también carga con las secuelas y cicatrices de sus accidentados orígenes. Son bien conocidas sus conclusiones pesimistas sobre el futuro de la Humanidad.
«Funny Games», la película de Haneke, certifica ese porvenir y va no uno, sino varios pasos más allá; llega al borde del abismo y... nos empuja al vacío: Lasciate ogne speranza...
Naturalmente, al salir del cine podemos decir (y decimos, ¡qué remedio!): qué exageración, si sólo es una película...
Sin embargo, no es esa la aseveración correcta. Después de tomarme un respiro (largo, pues el regreso a casa desde el cine me lleva más de una hora) encontré la inferencia recomendable: “es una parodia de individuos tan repulsivos como sus actos, pero se ha quedado alicorta ante sucesos reales recientes”. Es decir: los individuos de la especie que dejan libres por completo sus pulsiones (el “ello” freudiano) son pocos pero existen, están ahí y al extender el corolario no podemos menos que abrazar el pesimismo del antropólogo. Porque los signos del deterioro de la convivencia ordinaria con nuestros semejantes van en alarmante aumento. Haneke, explicando una película anterior («Caché») dijo que la rabia que sale del mundo actual es el resultado del mal que hacen unos, conscientemente o no, a los demás a todos los niveles, a cualquier escala.
Ya en ese film fue tachado de sádico, calificativo del que no se podrá librar después de repetir sus “juegos”, pero explicó contundente que los medios para hacer daño son cada vez más eficaces... [y que] el papel del cineasta es rascar donde duele, desvelar lo que no se quiere saber ni ver. Pero de ahí a que sea placentero, no, sería perverso.*
Es cierto que ni un solo plano de Funny Games puede provocar placer. Ni los semi-descerebrados protagonistas lo sienten (el calificativo es adecuado porque sólo les gobierna un hemisferio cerebral). Aunque la cuestión, la duda, persiste. Al despojar la parodia de las pulsiones sexuales, —para eludir la perversidad supongo—, Haneke nos deja en el desamparo más confuso y absoluto. Que luego trivialice, (hay otro par de leves guiños a la audiencia), con el “rebobinado” de la única escena que regala unos segundos de respiro al espectador justiciero, no me parece de recibo. El mal absoluto —que la película denuncia— jamás ha tenido una pizca de gracia.
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— Naomi Watts, espléndida, en la imagen del poster de Funny Games.
* Entrevista realizada por L. Guichard y F. Strauss, TÉLÉRAMA
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Después de escrito lo que antecede, he tenido la suerte de pescar en una sesión de filmoteca la película Caché (Escondido). Antecedida por La pianista —cuya versión en CD tengo a mano— y encajadas ambas entre la primera Funny Games y su copia, he dispuesto de material sobrado para concentrarme a lo largo de un par de semanas y tratar de “aprehender” una fracción de la visión global, (die Weltanschauung), de Michael Haneke.
Mi conclusión no va a gustar al lector, lo siento. Se resume en vocearle WILLKOMMEN! al director austriaco, en darle la bienvenida al club de los convencidos de que la mala conciencia —la nuestra, la de todos— es un lugar común, el ingrediente sustancial que duplicó el apellido de la especie: el homo sapiens sapiens lo es, precisamente, desde que tiene consciencia* de su (buena y mala) conciencia.
Michael muestra lo que deduce de lo que (él) ve, o adivina, en la sociedad. Es una forma de atemperar, de adelgazar, la tasa de mala conciencia que le haya tocado en suerte. Que, gracias a esa mostración, algún espectador haga autocrítica y modifique su conducta egoísta nada más salir del cine es, por supuesto, muy poco probable.
Él lo sabe y por eso, tras la primera versión de sus juegos, nos dio algún respiro: el abrazo de los cónyuges, en Caché, cuando su hijo gana la competición en la piscina, el chiste que escenifica un invitado —¡trasciende de la audiencia en el film a la audiencia del film!, lo que certifica la cota de calidad que puede alcanzar Haneke—. Poco más, pero quizás demasiado: porque al escenificar el remedio universal en el par de pastillas para dormir... y la vida sigue, Haneke necesitó rectificar su blandura y lo hizo recuperando la ceremonia del mal, (malgré el rebobinado), esta vez en el idioma también universal. _________
* adviértase el peso de la “s” intercalada que distingue el proceso biológico del moral. FAB
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