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   DE UNA DENUNCIA BANAL

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Nº 99 — NOVIEMBRE 2008
Quilmes — Argentina



 
     La situación económica de muchas familias empieza a ser preocupante. La "clase media" española, la europea, la argentina... todas alucinan entre el cruce de mensajes contradictorios, tranquilizadores vs. alarmistas, o insultantes vs. apocalípticos. Desde hace unos meses los más informados sospechaban que las cosas se iban a poner mal. Pero pocos pensaron que no tan mal como para tener que hacer cola, junto a los indigentes "de toda la vida", para recibir un plato de comida.

Es innecesario citar ejemplos del primer par de mensajes contradictorios; son los que se cruzan gobierno y oposición en sonsonetes casi rutinarios. Me voy a detener sólo en el segundo par cuyo sentido contradictorio no se aprecia en primera lectura. No se aprecia porque insulto y catástrofe (apocalíptica o menos) van casi siempre cogidos de la mano.

El más tenebroso enunciado de la situación ha mantenido (no sé si todavía mantiene) que nos encontramos "ya" al final de un ciclo histórico, y que ese final es nada menos que el del Sistema Capitalista. Aunque hayan sido calificados de agoreros quienes se apuntan y/o propalan ese enunciado, lo cierto es que los gobiernos de "occidente" decidieron aparcar sus desavenencias nacionalistas y reunirse en un frente común cuando vieron que las orejas del lobo no paraban de crecer.

AIGA mi entender, la noticia más característica del nivel que alcanzó el pánico se produjo en los Estados Unidos. Fue la denuncia del escandaloso comportamiento de los ejecutivos de la empresa aseguradora AIG. Me imagino que el lector conoce los detalles y se los ahorro. Basta centrarse en el gasto de 440.000 dólares por una semana de estancia en el hotel Monarca Beach de California. Días antes, la empresa en quiebra había sido "rescatada" con la aprobación de un plan de 85.000 millones de dólares "a cargo del contribuyente". Los dilapidadores debieron pensar que su dispendio no era para tanto: sólo quemaron 5 millonésimas del importe del plan.
La calificación de insultante que corresponde a tal comportamiento la resumió mejor que nadie el diputado demócrata Elijah Cummings, indignado porque los ejecutivos de AIG "se habían hecho la manicura, recibido tratamientos faciales, pedicuras y masajes mientras los estadounidenses estaban corriendo con los gastos".

Por supuesto que no resto valor a la denuncia "urbi et orbi" –el congreso norteamericano resuena en el mundo a escala papal– del notorio exceso. Sencillamente doy un paso más porque veo tras ella el latido desacompasado del miedo, miedo fundado en que semejantes comportamientos de gentes de la "clase pudiente" –ese no es, no puede ser único ni excepcional– sean demasiado conocidos y terminen por facilitar el cataclismo apocalíptico que algunos temen y otros ansían: ¡Capitalismo finito, kaput, liquidado!

Sin embargo, si he dado ese paso y he visto lo que digo, ¿por qué el titulo "de una denuncia banal"?
La respuesta como dijo Dylan está en el viento, el viento que devuelve y retorna los asuntos de los hombres –the affairs of men– a la situación que nos hemos dado y perfeccionado desde la invención de la escritura*: una escala de clases bien cuadriculada, con un número grande pero limitado de cuadros o nichos. Todos aspiramos a disponer de uno, lo más espacioso posible. Los indigentes de toda la vida son los que nunca conseguirán tener ni el más diminuto siquiera: ¿A quién aprovecha entonces la denuncia? cui prodest?
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* léanse en Levi-Strauss –cuyo centenario vivo se cumple este mes–
las tesis de diferenciación de las "sociedades" y dominio de clases a partir de la escritura.

--> imagen y cita literal en Periodista Digital, 8 oct 2008. Este periódico reprodujo además el día 23 la columna de ABC firmada por Ignacio Camacho, de la que copio un par de párrafos y la foto que los soporta como ejemplo de lo que es una denuncia no-banal.

FAB

comedor de Cáritas


    Es la foto denuncia de la crisis, la España de la exclusión, la España del efecto Mateo en la que se destinan cientos de miles de millones a tapar agujeros de la banca mientras se regatean los fondos de la asistencia social: «Al que más tiene, más se le dará, y al que menos tiene, aún lo poco que tiene se le quitará».
Los nuevos pobres, que ignoran que la crisis que les deja sin dinero para pañales es en realidad una desaceleración del crecimiento, no son ya el lumpen mendicante tradicionalmente maltratado por la vida.
Son trabajadores asfixiados por los precios y las hipotecas, desempleados recientes que no tenían fondos de inversión en Lehman Brothers, ancianas solitarias a las que han dejado de fiar en la frutería o el colmado. Gente corriente que tiene que vencer su dignidad y remodelar su autoestima para acudir a las oficinas parroquiales en busca de una ayuda con la que tirar adelante.
 
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