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   DE NUESTRA RARA ESPECIE

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Nº 104 — JUNIO 2009
Quilmes — Argentina


NIETZSCHE      Espero no escandalizar a nadie por la interpretación que me sugiere la siguiente cita de Friedrich Nietzsche:

«El vivo es una especie de muerto, y una especie muy rara»

Anticipo que mi interpretación es positiva, es decir que no conduce al desánimo o al pesimismo, antes al contrario.

      Si en nuestras ciudades, Madrid o Buenos Aires por ejemplo, alguien se parase en medio de la calle a una hora punta y encaramado a una banqueta arengase a los passerby para decirles que el estado primordial (y fundamental) no es estar vivo, sino muerto, es probable que antes de un cuarto de hora apareciesen los loqueros o los guardias para llevarse al orador.
Sin embargo, y para empezar con cifras, un simple cómputo grosero de los "vivos" en el instante de la arenga, en otro posterior o en cualquiera, arrojaría una apabullante mayoría a favor de los "muertos"; mayoría,  o ventaja si se prefiere llamarla así, imposible de invertir. A la secuencia del cómputo, de la cantidad, sigue la de la calidad y esa, simbólicamente, es también imbatible: permanecerá per secula seculorum. La importancia del ser muerto es completa y definitiva; salvo consideraciones nostálgicas (irremediablemente pasajeras) es la única que cuenta para la celebridad. Que a todos, los más longevos incluidos, nos tocará estar infinitamente más tiempo muertos que vivos es la clave de la rareza que califica el filósofo. Está bien claro, lo "raro", —también podríamos decir lo "breve"— es la presencia animada, consciente, en el infinito universo de materia inconsciente a la que por supuesto todos nos incorporaremos.
Y no es la mínima materia de esta tierra cercana la que cuenta, sino la sideral toda. Basta pararse unos minutos a contemplar el cielo en una noche estrellada y tranquila, y la medida de nuestra insignificancia (otro análogo de rareza) nos abrumará. El sentimiento de excepción cobrará completo sentido entonces para, en contraposición, elevar al "estar muerto" al primer plano de todas las consideraciones. Nadie es definitivamente importante hasta que deja de cambiar.

      Una cita de Borges * me ayudó, no hace tres años todavía, a despedirme en estas páginas de un amigo radical. No deja de asombrarme la comunidad de sentido que las palabras que entonces copié tienen/tuvieron con las de Nietzsche. Poco de particular hay en la coincidencia salvo que emocionalmente las circunstancias no son comparables.
El lector habrá adivinado ya que el fallecimiento de dos hombres ilustres es el que ha dictado mi breve reflexión. A la estrecha distancia de tres días se despojaron de su rareza Carlos Castilla del Pino y Mario Benedetti. El primero en Córdoba, España, cerca de la "Casa del Olivo" la prolongación pétrea de su ser; el segundo en Montevideo, Uruguay, la ciudad que empapa su obra literaria casi por completo.

      En mi compacta biblioteca, aseguradas las ideas en el estatismo de sus libros, —los de Castilla especialmente—, sustanciaron mi devenir. Nietzscheanamente es ahora cuando ellos, los autores, dejaron de ser raros, aunque para mí nunca lo fueron: también sus "pretéritos" han dejado de ser "imperfectos".
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* "El hombre olvida que es un muerto que conversaba con muertos"

FAB

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