NACIÓ como lo que es, una mínima locución latina, y no tardó en sustantivarse. Leí en alguna parte que hace un siglo, poco más o menos, había perdido popularidad. Sin embargo, basta darse una vuelta por Internet para comprobar que si la perdió la ha recobrado con creces. Su traducción literal, "de los libros de", es una clara instancia a que se especifique el nombre de la persona o entidad a la que pertenezca el libro en cuestión; es decir, a quien quiera dejar constancia del paso por su biblioteca del ejemplar marcado por el "ex libris".
Por supuesto, la mayoría de la gente suele limitarse a poner su nombre o su firma en la contraportada, en la guarda, en la primera página del libro o en cualquier otra, lo cual a veces se hace para ─en caso de "pérdida"─ poder identificarlo en la biblioteca de un amigo o de un pariente. De ese modo el nombre, con o sin rúbrica, se convierte en la respuesta simple a la incitación que supuso la locución latina, aunque un ex libris sin sello no sea en realidad tal cosa.
Contrario sensu, la respuesta de pleno sentido fue la aparición del sello sin libro. La conversión en sustantivo materializó literalmente la locución original la cual, para empezar, pudo universalizarse gracias a que se dictó en latín, la lengua que pocos siglos antes era el idioma de media Europa.
Los "entendidos" dan el año 1516 como fecha de aparición del primero, y otorgan la autoría a Albrecht Dürer, pintor y grabador alemán que entonces tenía 45 años. El incalculable valor que hoy tiene un libro portador del sello de Durero, no está muy lejos de alguna de las obras de su ingente colección de pintura. Sin llegar a ese extremo, lo mismo sucede con los ex libris de Cranach, el áncora y delfín de los Manuzio, Hans Holbein, Victor Hugo (en la imagen), y de centenares de personajes célebres o nobles. La razón es obvia: los sellos materiales de ex libris, acompañados o no por una leyenda, funcionan como piezas de una heráldica menor y son buscados afanosamente por coleccionistas y marchantes de arte.
Pero el apogeo del sello sin libro se produce cuando un escritor recurre al ex libris como metáfora o como metonimia. Así, Francisco Umbral escribía sobre el furor de-constructivo desatado en Madrid en 1996: «Esta Plaza [de Oriente] era el ex libris de Madrid. Han arrancado el ex libris para vender Madrid a precio de saldo».
Tampoco sorprende hoy la identificación institucional: «las Portas do Sol, ex libris de la ciudad de Santarem, capital del gótico en Portugal»... al igual que la Torre Eiffel es el (tópico inevitable) de la ciudad de París... la estatua de la diosa Cibeles (más allá de Umbral) de la ciudad de Madrid...
LA EXPOSICIÓN que antecede, por chocante que parezca, surgió motivada por la noticia que leí en la prensa argentina a mediados de junio pasado:
«La UNESCO elige a Buenos Aires como capital mundial del Libro para 2011»
Suscribo por completo la razón que dio el periódico LA NACIÓN para que esa elección se produjese: "...que en Buenos Aires no hay que salir a buscar los libros, porque los libros lo encuentran a uno". Por grata experiencia puedo dar fe de ello y, entretanto discurren los días hasta el 2011, esperaré a saber si Buenos Aires se decide por un ex libris determinado. No lo tiene fácil: son demasiados sus lugares hermosos y monumentos significativos. Sin embargo, aunque mi voto no cuente, me atrevo a nombrar el más nítido y sencillo, el contrapunto de la columna romana de Trajano, la brújula que reconforta al viandante desorientado, la aguja que apunta al espacio infinito... ...
No parece necesario que escriba el nombre de mi elección. __________
La imagen del background corresponde a la parte central (atenuada) de una fotografía de Pablo Etchevers.
FAB
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