Si alguien me hubiera pedido traducir "short cuts" a bote pronto, sin echar mano del diccionario, habría respondido sin dudarlo "atajos". Pero no fue ese ciertamente, sino "Vidas cruzadas", el título que le pusieron a la versión española de la película que filmó el norteamericano Robert Altman en 1993. Probablemente los entendidos en cine se referirían en este caso al "trienio" de Altman, conformado por los tres años que tienen el 93 en el centro. Es entonces cuando compone las tres películas más cercanas y consistentes con su visión del mundo (de la sociedad hollywoodense).
A Short Cuts la precedió The player [El juego de Hollywood] y la siguió Prêt-à-porter, que liquidó los acentos y mantuvo el título en las carteleras españolas. Ignoro si en las argentinas sucedió lo mismo.
Estamos, estuvimos por esas fechas, ante un desarrollo "esponjoso", como alguien lo llamó, de episodios enlazados e interpenetrados, no siempre con lógica o acierto según los críticos desfavorables. A lo que responden los incondicionales de Altman diciendo que ahí reside su mayor virtud: en presentar las defectuosas e incompletas interrelaciones sociales tal cual son, inacabadas de ordinario, impredecibles, y desgraciadas las más de las veces.
En el fondo, atajos e intersecciones o cruces (no solo espaciales sino temporales), trayectos o puntos en los que nos encontramos unos con otros a diario, resumen la misma idea. Véase si no la otra película «Vidas cruzadas» que filmó el español Luis Marquina en 1942 (respetando el título de la obra de Jacinto Benavente). En ella dos "amores" se cruzan, como dos caminos en un punto, pero no se reconocen y vuelven a separarse. Esa trama, universal y repetida ad nauseam, podría integrarse en cualquiera de los libros de relatos de Raymond Carver si, por supuesto, estilo, extensión y "tempo" literario fueran acordes. Ha quedado, medio siglo después, el calco de un título al traducirlo.
Es muy probable que el lector se haya anticipado a la conexión Altman vs. Carver, o viceversa, tal como se produjo en realidad. A estas alturas he de reconocer que llegué al escritor a partir del director. Sucede a menudo: hoy más aún con la presencia impuesta por la televisión y las copias de películas en DVD. No es esa una contingencia rechazable. Si un director de cine, o un productor, se ha empeñado (muchas veces literalmente) en llevar a la pantalla la obra de un escritor es que, como mínimo, ese escritor es lo bastante bueno para trascender el texto en imágenes. En el "caso" de Carver la filmación estaba cantada. Si no hubiera sido Altman, otro director cualquiera habría encontrado su modo de ensamblar el pastiche. Y no es malintencionado el vocablo que empleo. Si el lector recuerda la mezcolanza de la decena de relatos que a lo largo de tres horas cruzan la pantalla, y logra después restituirlos uno por uno a los cuatro libros (compendios) originales, habrá disuelto (no resuelto) el pastiche, es decir, habrá retrocedido al "origen" de la operación que, según las propias palabras del director, le llevó años de conversaciones con Tess Gallager, la poetisa viuda de Carver.
Por último, para poder responder a qué viene escribir sobre películas/libros tan antiguos, hay que volver a ver la película; es decir, hacerse con el DVD. Fase necesaria para comprobar que –salvados los inevitables "tics" made in USA– seres humanos del primer mundo siguen comportamientos igual de patéticos, si no peores, que los de las muestras prototípicas imaginadas/vividas por el escritor y después reelaboradas por el director.
Si la hipótesis suena derrotista, ésa es la intención: hay productos fílmicos reveladores de deterioros latentes, a tiempo todavía de ponerles remedio. «Short cuts» fue y sigue siendo uno de esos productos. __________
FAB
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