La gente que pasó por la escuela secundaria no necesita que se le explique la diferencia entre un crecimiento geométrico (de lo que sea) y uno aritmético. Incluso los que no pasaron de la escolarización primaria es fácil que intuyan la superior importancia de la geometría sobre la aritmética, sobre todo si asocian la primera a los volúmenes de los cuerpos y relegan la segunda a cosas elementales, las que suenan a algo tan pueril como hacer la "cuenta de la vieja".
En cuanto a la aceleración del crecimiento no es necesaria ilustración alguna para anticipar la superioridad de multiplicar sobre sumar, del producto sobre la suma.
Sin embargo, en muchas ocasiones lo que no se tiene presente es que ese efecto vale lo mismo para lo bueno, lo favorable, que para lo malo, lo pernicioso. El olvido, o el despiste, es la norma al salirse de lo material, de lo tangible, para razonar sobre el crecimiento o el encogimiento de las opiniones, las conductas, los actos, los discursos... y de entre éstos, valga como ejemplo reciente el anuncio del arranque de la huelga "salvaje" que azotó a los ciudadanos de Madrid durante un par de días.
El portavoz del discurso, el emisor enfervorizado del mensaje ante las cámaras de televisión, amenazaba con frases del siguiente porte: «entraremos a matar», «la huelga es un arma», «reventar Madrid».
Instalarse en la inconsecuencia de un discurso que utiliza semejante retórica sólo se puede explicar desde la sensación de que la conservación del poder que se tiene* está en peligro.
La expresión «reventar Madrid», dicha en tono crispado y amenazante, sólo se puede entender si quien la pronuncia siente su poder amenazado. La inconsecuencia, en este caso, radicaba en que los máximos perjudicados por la huelga ilegal —la paralización total del Metro— fueron más de dos millones de ciudadanos corrientes que vieron literalmente reventado su medio de acceso al trabajo por menos de ocho mil empleados cuyo salario medio anual les superaba con mucho.
Desde otra perspectiva, la de cuatro millones y medio de "parados", la falta de consecuencia de estos huelguistas de "empleo fijo" rozó lo intolerable.
El presumible coste político, la pérdida de votos que puede generar una actitud que los ciudadanos sospechen movida desde el partido del gobierno —o, al menos, tolerada por éste— aceleró sin duda el parcheo y final del conflicto.
Alguien debió recordar el viejo cuento, infinitamente repetido, de la imposible cantidad de granos de arroz (o de trigo, o de lo que sea) que resulta de asignar a cada cuadro de un tablero de ajedrez el doble de la cantidad del cuadro precedente. Los trillones que se superan antes de llegar al final advirtieron que, de modo análogo, la sostenida duplicación de amenazas antes que reventar Madrid lo que podría llevarse por delante era la estabilidad de sus empleos...
¿Se salvaron éstos por una simple y oportuna reflexión geométrica? Puede que no; pero esta lucubración quizás sirva de aviso para navegantes instalados en cualquier escalón del poder.
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* El verbo esencial al poder es "ejercer"; tenerlo significa por tanto que es posible ejercerlo.
Quizás a los argentinos que desconozcan las dimensiones del Metro de Madrid les parecerá hiperbólico que cerrarlo pueda colapsar la ciudad. Sin embargo, basta considerar lo que significa paralizar por completo el movimiento "continuo" de trenes durante 20 horas cada día, a lo largo de 284 kilómetros de trazado, y cerrar "a cal y canto" 294 estaciones por las que de ordinario pasa un tren, en uno y otro sentido, cada 3 ó 5 minutos.
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