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   El cisne del adiós  

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Nº 126— Agosto 2011
Quilmes — Argentina

El coraje se aprende, la bondad o la maldad se aprenden, el amor se aprende, pero nunca se aprende a decir adiós.

Graciela Reyes [mayo 2004]

    A las gentes del conurbano-sur no hay que decirles que lean a Leda; vienen haciéndolo desde hace lustros y hasta puede que alguno se molestase si un gallego lo pusiera en duda. Sin embargo, es probable que muchos conurbanitas hayan leído sólo la parte de su libro, «Naufragios y comentarios»1, que recoge notas desparramadas a su aire que ya estaban en «La Agenda».
Sucede también, y sobre todo, que el mundo, además de ser alter et idem, es extenso y que este mensaje 'en papel', duplicado por vía internáutica, llegará –como la botella encontrada en la playa–, a otras gentes lejanas que se alegrarán.

    Sonia Otamendi prologa Naufragios y sugiere al lector, más bien lo reta a, que escriba su propio prólogo. Pues bien, varios meses después de haber recibido el libro de la mano de Leda en Madrid, ¡héteme aquí intentándolo!, aun a sabiendas que todo parecido de lo que sigue con un prólogo será pura coincidencia. Por otra parte, escribir sobre esta mujer de nombre mítico, y cognome que terminó mutando en ciao2, es arriesgado, porque nunca toleraría elogios que le sonasen a coba. A su modo ya lo avisa en «La mirada oblicua», sutil y perturbadora definición del drama que supone no poder aceptar la realidad, menos aún los discursos políticos, quedándose en su face value. Porque esa es la misión impuesta a Leda por la red neuronal que le tocó en suerte: la búsqueda (seguida de la denuncia) de lo que hay detrás de lo que ve (la cara de la realidad) y se escucha (el ruido que enmascara los discursos). Su franqueza es en muchas ocasiones enternecedora:

No teníamos refrigerador, no teníamos televisión, por supuesto no teníamos computadora, es decir, no gastábamos casi electricidad. Teníamos que apagar las luces al salir de una habitación, si no mi padre acababa gritando que si estábamos de casamiento.

    Eso cuenta en «Éramos pobres y no lo sabíamos», el episodio de su libro que me parece más valioso por su universalidad, por la forma –la ausencia de elocuencia– y por el fondo.
Pienso que todos los jóvenes del presente deberían tomar nota de esa experiencia que sus mayores vivieron en alguna etapa de sus vidas. Si no lo hacen, y siguen obnubilados por el fervor consumista al que contribuye la 'obsolescencia programada' de las cosas, estarán inermes por completo ante la negra nube (¿programada también?) del futuro económico que espera a las clases medias. Futuro que ya es presente desde hace tres o cuatro años para los desempleados crónicos del sistema, una premonición que se adivina implícita en el sostiene Schiavo, el tabuchiano empeño de Leda acorde con el cisne del adiós, la indeleble marca de su biografía.

    No queda espacio siquiera para citar las devociones literarias que transpira el libro: las aureola T.S. Elliot y las consagra Valle Inclán. Habrá de ser el lector quien descubra las que sin alarde alguno están sugeridas... un disfrute añadido a la lectura.

    Leda con Sonia más la pragmática Graciela, gentes que viven aquí y allá, y al mismo tiempo en otra dimensión, cronopios insignes que apabullarían al mismísimo Julito, componen el affaire intelectual y afectivo de tres peligrosas mujeres que no sólo leen, sino que también escriben.3
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1 Ed. Cooperativa Chilavert –Buenos Aires, 2009– ISBN 978-987-05-7391-3
2 Parece que en lengua italiana ciao (adiós) es la última etapa en la evolución de slavo (eslavo). Los muchos eslavos reducidos a esclavos por los venecianos durante la Edad Media acostumbraban a despedirse diciendo sono vostro schiavo (soy vuestro servidor), expresión que terminó por reducirse a su última palabra, schiavo. La pronunciación veneciana se encargó después poco a poco de la simplificación, hasta llegar a ciao.
3 Colofón recomendable tras terminar la lectura de Naufragios es pasear la vista y extasiarse contemplando las reproducciones del libro «Las mujeres que leen son peligrosas» de Stefan Bollmann, prologado por Esther Tusquets. [Ed. MAEVA -Madrid, 2006 :: ISBN 978-84-96231-98-6] firma

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