Es un título heredado, a la par que la fascinación que Graciela Reyes confesaba sentir el mes pasado. El encuentro fue casual: cuando acometí la lectura de Palabras moribundas acababa de (re)leer a Milan Kundera y no salía de mi asombro por haber podido olvidar la mención de los 'agelastas' que el excepcional autor checo_francés volcó en su libro «L'art du roman».
La mención de los seres humanos calificables como agelastas va más allá del lamento explícito de que la palabra haya sido olvidada. Kundera encuentra personajes literarios que no pueden ser entendidos de otra manera: Homais y Bourmisien, por ejemplo, que van aún a intercambiar sus inepcias sobre el lecho de muerte de la pobre Emma Bovary. Aunque lo de menos –con ser importante– es la pérdida de la palabra en la literatura, sino en la realidad. Porque los agelastas campan por sus respetos. Si además de malhumorados pudieran volar, sucedería como en el chiste: los aviones comerciales no podrían despegar.
Sin embargo la cuestión no va de broma. No es cosa de risa, aunque abusando del retrueque se pueda decir que lo es. Porque, veamos: ¿quién de entre sus amigos y conocidos no tiene alguno que carezca de sentido del humor? No se trata de que ahora, en la arrastrada actualidad, dramática para millones, se vean demasiados rostros tristes y hostiles. Esa es una marca maldita pero coyuntural (esperemos). Conozco gente que hasta en la peor situación es capaz de reír. Y a estos, parece obvio, habría que llamarlos 'gelastas'. La evidencia nace de la supresión del prefijo privativo 'a' y la consiguiente recuperación del calificativo positivo. Cabe preguntarse entonces por qué François Rabelais (1494-1553), [franciscano / benedictino / médico / literato / grecolatinista], autor de los cinco tomos de Pantagruel, a quien Kundera atribuye la paternidad de agelasta, no empezó por ahí, por el positivo. La respuesta puede estar en que el verbo griego 'gelao', alrededor del cual gravita todo, significaba no sólo 'brillar, resplandecer de alegría, regocijarse y reír', sino también 'burlarse de algo o de alguien', y en voz pasiva 'ser objeto de risa o burla'. Y desde luego, en español, la separación de risa y burla habría invalidado de antemano la calificación unívoca de 'gelasta', aunque ignoro si en francés habría sucedido lo mismo.
En la península ibérica la palabra en cuestión no es que se haya perdido, es que no figura y nunca figuró en el diccionario de la Real Academia. Es una palabra nonata, como san Ramón. La máxima cercanía (hoy) la he podido encontrar en la enciclopedia Larousse, y no deja de ser interesante lo que dice: "agelástica, del griego agelasto, triste; género de coleópteros que incluye la especie a. alni, que ataca a los alisos."
Pero creo que me quedo corto calificando de 'interesante' la aparición del vocablo, como si alguien, en el vasto dominio léxico de la Botánica, lo hubiera colado por su cuenta y riesgo, sin atribuirse mérito alguno por hacerlo. Los ingleses, en cambio, no se pararon en precauciones ridículas o risibles, gelásticas al fin. En The Oxford Universal Dictionary aparece agelast, la fecha –1877–, su etimología griega, y la escueta definición: one who does not laugh, es decir, uno que no (se) ríe. Será de infrecuente uso, y quizás haya sido olvidada, pero nació y no ha sido borrada del diccionario, como puede comprobar cualquiera.
Dejo la pelota en el campo de Graciela; es la lingüista ilustrada e idónea y, además, en ejercicio y dominio de los dos idiomas. Ojalá disponga de un momento para sacarnos de dudas y, de paso, para explorar si en el español de los argentinos llegó siquiera a nacer 'agelasta'.
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