… ese ¡jamás! de los reyes, de los políticos y de los generales, suele ser casi siempre el preludio de una capitulación.
Stefan ZWEIG, Fouché
En ESPAÑA la palabra que domina todo lo que se espera de 2012 y 2013 es austeridad. A nadie sorprende ya. Salvo los ricos de siempre, los ciudadanos del rey abajo hemos venido ensayándola a lo largo del bienio precedente. Y qué decir de la obligada austeridad de los ‘sin trabajo’, escaparate del fracaso del sistema social vigente, hasta el punto de que tener empleo se califica de ‘situación privilegiada’, es decir, fuera de lo normal. Que lo es, sin duda, pero también muy preocupante que lo sea.
El anterior gobierno, tras la estrepitosa derrota del 20N, se fue con sus trastos a militar en la oposición. Ese resultado ya estaba cantado desde el debate que entablaron doce días antes los dos aspirantes a la Presidencia del Estado. Cuando comenté el show televisivo del evento, dije que me parecía una celebración sin sentido práctico. En corral ajeno, pocos días después, resumí lo que entendí como un discurso montado para desviar la atención hacia los inevitables recortes económicos que ‘la derecha’ impondría a los más débiles…, si ganaba. Fue una maniobra dialéctica lógica (aunque cínica): defenderse atacando para oscurecer la autoría del recorte real, ‘la congelación’ impuesta por ellos, ‘la izquierda’, a las clases pasivas. La austeridad aplicada manu militari a los jubilados también lo fue, por diversos procedimientos, a funcionarios en activo. El candidato a la continuidad de su partido en el gobierno de la nación tenía que saber que el alivio de caja proporcionado por esos recortes era deletéreo; que lo iba a pagar con creces en la cosecha de votos. Y así fue, aunque pudo ser peor todavía. El candidato convenció incluso a viejas glorias para que saliesen a dar la cara. Una apuesta arriesgada: al hacerlos manifiestos co–responsables del resultado, sólo valía ganar para no deslucir brillos de antaño.
Cabe pensar, en cambio, que el riesgo estuviera consensuado, y la presumible derrota en las urnas vista como el mal menor. Administrar austeridad con la cuarta parte de la población en paro se anticipaba como una tarea que liquidaría en pocos meses a ‘medio gobierno’. Mala contingencia, muy mala, para un gabinete de estreno, pero todavía peor, prácticamente inaceptable, para ‘reinstalarse’ y cargar con un fracaso definitivo ‘a la griega’.
Si se barajó semejante hipótesis (la del riesgo consensuado), el candidato contrario no podía saberlo; incluso de haberlo sospechado tampoco podía desperdiciar la baza que su oponente le regalaba. De modo que se aseguró unos miles de votos de posibles indecisos prometiendo la descongelación. Nada más ganar, anunció que esa partida sería ‘la única’ que crecería de todo el presupuesto nacional; es decir, aplicó la lógica elemental de que las medidas de austeridad nunca deben de imponerse empezando por abajo…
Sin embargo, terminados los tres días de fanfarria, de tomas y adioses de posesión, la primera aplicación oficial austera que dicta el reluciente gobierno es congelar el salario mínimo. Y lo hace el 28 de diciembre, ¡¡los santos inocentes!! Un traspié que sólo se explica por el volquete de medidas que descarga el día 30, en el primer consejo de ministros, cuando pulveriza otra promesa: la de no elevar los impuestos. El nuevo presidente, en el mismísimo discurso de investidura, había asegurado que los impuestos no se iban a tocar. Pero, conocida ¡por fin! la magnitud real del déficit a subsanar, destapada la ocultación heredada (desleal, la llama un periódico), la promesa salta hecha pedazos.
Quienes gobernaron hasta ayer sabían lo que les esperaba si ‘repetían’. Ahora, los demagogos despotricarán contra la austeridad impuesta a machamartillo…, aunque sepan que no queda otra solución.
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