escriba_log

ARROJADA AL INFIERNO

logo

N° 90e — ENERO 2008
Quilmes — Argentina


La Psiquiatría [...] es la única rama de la medicina
que encarcela a sus pacientes si lo cree necesario.
Ronald Laing

Había paseado inquieto, abrumado y confuso, una, dos, tres veces, alrededor del grupo escultórico, el «Sakountala», para terminar deteniéndome absorto al costado desde el que podía contemplar mejor los rostros y la tensión de los cuerpos. Ya sabía del desprecio de los responsables de la conservación de la obra, los que sepultaron la pieza en los sótanos del museo multiplicando el deterioro que manos lerdas, envidiosas y ruines habían propiciado antes. No era ese destrozo lo que me confundía sino la sospecha de que todo un maligno proyecto estuvo a punto de lograrse. Faltó muy poco...

«Una mañana decidieron por ella: no tendría tiempo de envejecer. La sustrajeron al tiempo, a la vida, al recuerdo: sumiéndola, viva, en el infierno.»
Camille CLAUDEL
Al fallecer Paul Claudel, el insigne poeta, la familia encontró entre sus papeles una carta que les movió a unirse a su deseo de darle a Camille, su hermana mayor, «una sepultura más digna a la gran artista que fue.»
La Dirección de Cementerios respondió:

«… la señora Camille Claudel, inhumada el 21 de octubre de 1943 en el cementerio de Montfavet, en la zona reservada al hospital de Montedevergues, [...] el terreno en cuestión fue absorbido por necesidades del servicio. La tumba ha desaparecido.»

El ominoso proyecto estaba casi logrado. Un episodio más de la penosa historia de la especie humana a punto de cerrarse. Pero hay mujeres y hombres que no se conforman con verdades “oficiales” y, mucho menos, con ocultaciones impenetrables. Poca cosa son, además, los restos mortales de nadie: la memoria de lo que cada uno fue es lo que hay que preservar. Y a eso dedicó Anne Delbée el libro del que he tomado las dos citas que anteceden.¹

El mercado del arte, tantas veces denostado, ha hecho por fin justicia —“poética”, ha sido el apropiado calificativo que le ha dedicado un crítico de hoy— a una de sus más apasionadas practicantes. Recompensa más que merecida aunque de poco le valga ya a su protagonista.

La vida de Camille Claudel (1864—1943), contemporánea de artistas de la talla de Kandinsky, Klimt, Munch, Debussy y Rodin corre paralela un tiempo a estos dos, y es casi imposible de separar del último. El rechazo social que sufrió como artista no fue, sin embargo, una excepción; antes al contrario, fue semejante al de otras mujeres cuya inteligencia superaba la “media” masculina en general y la de su compañero en particular. Frases de una carta² de Auguste Rodin son reveladoras:
vals
[...] de repente, siento tu terrible poder. Ten piedad malvada. Ya no puedo más,[...]
ya no trabajo, divinidad maléfica, y sin embargo te quiero con furor.[...]
No dejes que la horrible y lenta enfermedad se apodere de mi inteligencia,[...]
¡Ay! divina belleza, flor que habla, y que ama, flor inteligente, querida mía...


Cuando Auguste escribe así está muy enfermo y, en su debilidad, le pide a ella que vuelva, pero nada en su carta refleja el reconocimiento de ser el culpable del abandono de Camille. Es explícito, teme perder la inteligencia, —la suya— al tiempo que corteja y adula la de ella: malvada, divinidad maléfica, divina belleza, flor que habla... “¡y es inteligente!”.
Hasta ahí la pasión prepotente de Rodin, típica de una época en que sólo se consentía la infidelidad masculina y sólo con muchas reservas la inteligencia femenina. Pero la historia hace justicia real. Los productos del genio de cualquiera salen a la luz tarde o temprano.

Reconozco de antemano mi debilidad por la escultura como forma esencial del arte. Puedo ensimismarme y perder la noción del tiempo que paso ante una obra, escuchando en silencio lo que me dice. Cuando Miguel Ángel golpea el pulgar del pie del Moisés que ha creado y le increpa parla, cane! culmina, a mi juicio, el sentimiento de completitud que debe embargar a los escultores que son y han sido. El genio de Cremona le pide a su criatura que hable, no que ande o que se mueva. El movimiento ya está contenido en las representaciones de los seres vivos. Hay grupos escultóricos ante los que basta entornar los ojos para “verlos” moverse: «La Valse» y «Les Valseurs» de Camille son ejemplo oportuno. Sin embargo es necesaria una concentración superior para “escuchar” lo que dicen. Todas las esculturas nos “hablan”. De bastantes pinturas geniales se puede decir lo mismo, aunque el esfuerzo de atención necesario para entenderlas vaya lastrado precisamente por el color, el encuadre y la perspectiva impuestos por el artista. La conversación que con las esculturas podemos tener (y debemos, porque vale la pena) es la adivinación del aura del escultor al fusionarse en el aura de la figura emergente, de su criatura, porque en ésta quedaron ambas, condensadas para la eternidad y para la intelección y disfrute de quienes se detengan decididos a escucharlas.
causeuses
De ese alcance de la percepción, al lector que se muestre escéptico, —siempre que no lo sea del todo—, le sugiero que a falta del original ante el que detenerse, examine con atención intensa el fragmento de «Les Causeuses»³ que le muestra la imagen. Si se concentra un poco quizás perciba la retahíla de murmuraciones que soportó Camille y que pudo exorcizar en esas figuras, transformando en Arte la maledicencia de su entorno.

Todavía, hasta el 13 de enero, quienes vivan en Madrid o anden por allí cerca podrán visitar la galería* que expone casi la totalidad de las esculturas de Camille Claudel, la mujer que aprendió de Auguste Rodin, dejó su huella en obras del maestro tan impresionantes como Balzac o Los burgueses de Calais, para volar luego sola y distinta, antecediendo a Les Causeuses, con «Le dieu envolé», «La petite châtelaine», «Le peintre»… … hasta la culminación de «L’âge mûr».

Es posible que a quien se detenga ante esta última (La edad madura) le agobie la misma zozobra que a mí me produjo el Sakountala. Si así fuera es porque ha comprendido que las secuelas perversas del encierro en el manicomio no terminaron en Camille… que a nosotros nos hurtaron los frutos de tres décadas garantizados por su genio. Pero ella, por supuesto, se llevó la peor parte: treinta años en el infierno, víctima en carne viva de su arrojo, del desamor y de las miserias e incompetencias de su tiempo.
__________

1) Anne Delbée: «Une femme» ©1982, Presses de la Renaissance
versión española: «Camille Claudel», ed. CIRCE, Barcelona 1989 :: ISBN 84-7765-016-0

2) Texto publicado por el periódico ABC de Madrid, traducido de la carta original conservada en el museo Rodin

3) El cuadro cronológico que aporta Delbée consigna 1895 para la aparición en yeso de Les bavardes, Causeuses y 1897 para la talla en jade. El nombre ha sido traducido indistintamente por Las Charlatanas o Las Cotillas. Otra acepción posible sería Las Confidentes, quizás más cercana al instante así captado por la artista, en el que de las cuatro comadres es una la que levanta un brazo y reclama la atención de las otras tres. El extraordinario artículo que firmó Mathias Morhardt en el Mercure de France de marzo de 1898 aporta el dato de que la idea para esa “prodigiosa obra maestra” le vino a Camille de la observación de “cuatro mujeres sentadas unas frente a otras en el estrecho compartimiento de un vagón de ferrocarril y que parecen confiarse no se sabe qué preciado secreto.”

*) Sala de exposiciones de la Fundación MAPFRE. Desde allí las obras viajarán al Museo Rodin de París donde quedarán expuestas de abril a julio.
_____________

CODA:

Tened piedad. Pide ayuda. No la abandonarán. Va a morir. Hace tanto tiempo que la han olvidado… ¡Tanto tiempo!
Aparecen, con botas, con cascos. La puerta abajo.
La jauría se le echa al cuello, como si fuera un ciervo.
Hela aquí golpeada, en el suelo. No pronuncia ni una palabra. Una mujer desnuda. Insoportable.
Se deja llevar. Sin pronunciar palabra. Las alas rotas. La camisa de fuerza.
La ambulancia aguarda, fuera. Diez de marzo de 1913. Los dos caballos relinchan bajo el látigo. Baches y rejas.

Anne Delbée (op. cit.)

Una tarde, tres enfermeros echaron la puerta abajo y le colocaron una camisa de fuerza. Por orden de su familia, fue ingresada en un sanatorio psiquiátrico próximo a París. Nunca más volvió a esculpir nada. Se le diagnosticó "una sistemática manía persecutoria acompañada de delirios de grandeza". Al final de su vida recuperó la cordura. Nadie la reclamó.

Ángeles García (EL PAÍS 071107)
__________

FAB.

a Conceptos Valid HTML 4.01 Transitional