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ADICTOS AL TRABAJO

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N° 09 — ENERO 1987
«INQUISICIONES»
Madrid — España



La adicción al trabajo —el workaholism en la versión original EE.UU.—, no parece ser un tema objeto de crítica en nuestra prensa. A primera vista, no deben existir demasiados adictos al trabajo en Celtiberia. Sin embargo los hay; no creo que sean demasiados, ciertamente, pero conozco al menos dos.
Antes de saber lo que otros han dicho, parece necesario bosquejar una definición de quien puede ser llamado «trabajo_adicto». Porque el enmascaramiento abunda. Es obvio que no pertenecen a esa clase los muchos iberos que se refugian en la oficina porque no aguantan en su casa. Tampoco los que simulan y sostienen un entusiasmo desmedido por hacer horas extras. La penuria económica, no hace falta decirlo, es el motor principal que incita al trabajo extra; pero la necesidad de dinero no gobierna la sofocante adicción que nos ocupa; puede ser, eso sí, una causa remota.
adicción
En todas las oficinas del mundo se producen otras manifestaciones de entusiasmo por el trabajo que nadie consideraría adicción: son las que exhiben a diario los trepadores. Que tales actitudes son eficaces no se discute, pero sus protagonistas no tienen que ser curados de nada. Son sus colegas, que les soportan una jornada tras otra, quienes necesitan ser desintoxicados.
El «trabajo_adicto» es un ser en competición constante consigo mismo. Su objetivo, su meta, no es real, «no es de este mundo». Esta más allá de lo que cualquier ser humano puede alcanzar. Es cierto que algunos de ellos no comprenden, ni siquiera se cuestionan, la inaccesibilidad de sus fines. Otros, en cambio, encuentran en lo imposible un acicate de naturaleza casi mística.
La sociedad, capitalista o socialista, tanto monta, no había visto con malos ojos la floración de adictos al trabajo. No hace falta escarbar demasiado en la historia social para demostrar que las recompensas siempre se prometieron a los que sobrepasaran la tarea normal, —quienes recibieron luego los premios no hace al caso—. Por otra parte, salvo algunos aficionados a la economía que han oído hablar de los rendimientos marginales decrecientes, todo el mundo sabe que el trabajador modelo es el japonés, Caiga quien caiga.

El problema que preocupa a la cúpula explotadora, que hasta hoy adulaba al «trabajo_adicto», reside en que éste se quema mucho antes que una persona normal. Además, como sucede con otras adicciones más notorias, el remedio tiene que ponerlo el propio enfermo; es decir, sólo éste puede cortar el círculo al que su vicio le ha encadenado. Los resultados del diario quehacer del trabajador quemado muestran un deterioro progresivo que él percibe antes y mejor que nadie. La solución que le sugiere su especial idiosincrasia es, ¡cómo no!, trabajar más. Como el remedio agrava la enfermedad, el sujeto acepta al fin la idea perogrullesca y elemental que todo el mundo le venía aconsejando. y se toma unas vacaciones.
Ahí, en la costa o en la playa, habría terminado el cuento si la solución fuera vacar. Sin embargo, un profesor de la Universidad de California del Sur, atacado de workaholism, aunque muy lúcido todavía, ha demostrado que las vacaciones por sí solas no bastan: se impone una reducción permanente de horas de trabajo, adelantarse a las situaciones de estrés y evitarlas, relajarse sin sentirse culpable y fijarse objetivos flexibles y realistas. Es inteligible, entonces, la preocupación que los dirigentes deben sentir si esta droga prospera. La civilización informática, que ni siquiera va a ser capaz de sostener a los jubilados corrientitos, ¿cómo podría afrontar el coste social para la recuperación de millones de sujetos quemados?
Que a nadie engañe la irreprimida ironía de la pregunta. La cita que transcribe Jack B. Homer, el profesor que ha motivado esta disquisición, va mucho más allá. Se cuestiona, nada menos, si la supervivencia de la humanidad, como especie, dependerá de nuestra capacidad para controlar el estrés.

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Fabian Zola

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