El hilo conductor de la trama en «El nombre de la rosa» maneja la tensión entre la conservación del conocimiento tal cual, es decir, inmóvil, estático, jeroglífico, y la facilitación de su natural crecimiento. Jorge Burgos, contrapunto de un Borges tenebroso, teme que la risa, el lado cómico que toca hasta las más serias actividades humanas, llegue a ser respetable: que deje de ser cosa de necios o simples. En suma que, perdida la superioridad del gesto adusto, la distancia entre la élite y la plebe se reduzca hasta revelar los entresijos del invento.
Mientras trabajaba sobre los «beatos» —copias de los «Comentarios al Apocalipsis» del monje Beato de Liébana—, Umberto Eco había acumulado tan desmesurado embalse de erudición sobre el medievo, que hubo de volcado en una obra de ficción. Así nació la novela, famosa ya. Siguieron las «Apostillas» -menos celebradas, pero más reveladoras- y, por fin, como a todo best-seller corresponde, la película. La crítica se ha mostrado más desfavorable con las imágenes que con los textos. Sin embargo, es fácil comprobar que la coherencia entre el significado del discurso escrito y el sentido del acto no se ha perdido en el traslado de la imagen. El mensaje permanece vivo en el film, a pesar de las, concesiones del mismo al happy end.
El recurso, la justificación que sostiene el sentido (intención-acto) es casi banal. Lo he anticipado en las primeras líneas: es la risa o, mejor dicho, su negación. El monje ciego prohíbe reír. La prohibición es, además —en lúcido escorzo argumental—, el nudo del enigma «policiaco». Por otra parte, para que al lector / espectador no le choque demasiado la desmesura final, lo proscrito existe, tiene por referente un objeto material (verosímil) de incuestionable autoridad: la autoridad precisa para hacerla peligroso. El objeto es el fragmento (desaparecido) de la «Poética» de Aristóteles.
¿Trataba realmente de la risa lo que falta de la «Poética»? No sería fácil demostrarlo. Lo que ha quedado está dedicado a la tragedia casi por completo. La risa se menciona en relación con la comedia; con lo ridículo y grotesco de las máscaras que empezó a utilizar el coro, a partir de una fecha indeterminada. Esa brizna de información debió bastar a Eco para respaldar la defensa de la risa con la autoridad del autor que puso los cimientos a la Escolástica. Obvia acomodación de los fines a los medios, lícita en la ficción por mucho que moleste a los ortodoxos.
Sobre la risa existe un documento real, no destruido, de autoridad suficiente; pero es prácticamente contemporáneo. Se trata del artículo «La risa, de qué y por qué nos reímos» que escribe en 1884 Henri Bergson, quien fue luego el filósofo del «impulso vital». Los argumentos que esgrime Bergson en favor de la risa son de índole sociológica y laica. Podrían haber servido a Eco, si éste, como ha explicado, hubiera optado por situar la acción de su novela en torno al Manifiesto Comunista. Pero no fue así. y sería tan ocioso especular sobre ello como tratar de conectar ambos autores, porque Bergson escribió una tesis en latín, y ésta versaba sobre argumentos de Aristóteles.
De «La risa», que fue libro quince años después, merece destacar su valor como reacción contra los automatismos. Para Bergson, lo risible en el ser humano aparece cuando éste se comporta como un autómata. La imagen de Chaplin, apretando botones como si fueran tuercas, ha sido una constatación irrefutable.
El espectador de hoy puede encontrar ridícula, por desfasada, cualquier clase de preocupación contra la risa. Desde luego, la enfermiza obsesión de que el «segundo» libro de la Poética sea ignorado no parece asunto contemporáneo. Sin embargo, el gesto adusto y el porte mayestático siguen sirviendo a los prepotentes, tanto más cuanto mayor es su ignorancia e inseguridad en sus méritos. Al mismo tiempo, basta que cada uno repase su propia biografía para comprobar cómo la risa le liberó de los tabúes más negros, le disolvió nocturnas angustias y, sobre todo, le sirvió para desmitificar pomposos héroes cotidianos, salpicando de sano barro terrestre los áureos pedestales de funcionarios nombrados a dedo. Aunque lo más importante de la preservación y utilización de la risa es la fuerza que añade al aprendizaje. De los dos eslóganes excluyentes, que se enraízan en las fechas tempranas a la educación, sólo sirve uno: «enseñar deleitando». Quede para los voceros negadores de la risa lo de mezclar la letra con la sangre.
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Fabian Zola
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