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EL PODER OCUPA LUGAR

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N° 12 — ABRIL 1987
«INQUISICIONES»
Madrid — España



Hemos asistido, entre el interés y la indiferencia, al espectáculo de la ocupación del vértice de un segundo poder. Me refiero, es obvio, a la ascensión al liderazgo de la derecha, hoy oposición, y por ello segundo, no «erste Gewalt».
Al Poder le pasa como a la Filosofía: le sienta mejor la lengua alemana que otra cualquiera. Enunciar la Filosofía primera, «die erste Philosophie», no era imaginable en otro idioma. Pero la afinidad va más allá; ambos, Poder y Filosofía, renacen siempre de las cenizas de su (auto) destrucción. Fénix y Sisifo inseparables. Dos caras del mismo mito.

poderoso ocupado La afirmación de que el poder corrompe, más que tópica es inexacta. El uso abusivo de «corromper», en sentido figurado, es la causa de la inexactitud. Si lo dejamos en «alterar y mudar la forma de alguna cosa», podemos precisar, sin ofender a quien lo posea, que la esencia del poder es la corrupción. Dicho de otra manera: no se puede ejercer el poder sin corromper el entorno. Los titubeos en el ejercicio son calificados, hasta por los ciudadanos más timoratos, como incapacidad; son muestra de «impoder». Rectificar no es ser incapaz; pero no es lo mismo rectificar cosas que personas. Lo segundo es lo difícil; sólo lícito insuflando el conocimiento que lleva el cambio de actitud. Cambio de conducta privada de los ciudadanos, y de conducta pública (dimisión) de los poderosos poco aptos. Cuando el ciudadano corriente no rectifica su conducta, el poder dispone de medios suficientes para enmendarle. Pero, si se trata de los gobernantes, el problema no reside siempre en el «Quis custodiet custodes?», en el ¿quién vigila al vigilante? —el sistema democrático es la vigilancia en sí—, sino en cómo se le insufla al poderoso, que ha demostrado ser incapaz, la autoconciencia dimisionaria.

Una crítica común, blanda y exculpatoria, se escucha hoy entre funcionarios civiles: el Gobierno carecía de programa para reformar la Administración. De ser así, cabría disculpar al Ejecutivo la libre asignación sistemática de puestos de trabajo, a todos los niveles. Gracias a ella, no sólo ha colocado y promocionado a los suyos (ha sido «el triunfo absoluto del funcionario “leal”, y el crepúsculo del funcionario responsable, según Savater), sino que ha impedido la promoción de todos los contestatarios, especialmente, ¿quién lo habría dicho hace un lustro?, del rojerío.

Por esto, la crítica exculpatoria es, al menos, sospechosa. Porque el Gobierno no carecía de programa; más bien, el que ha llevado a cabo era, desde el primer momento, su verdadero programa. Cierto que los papeles repartidos antes de su ascensión originaria decían otra cosa —lo contrario a la libre designación, exactamente—; pero la memoria colectiva, cuando ha tenido que construirse leyendo, es lo más desmemoriado que existe. Basta preguntarse: ¿cuántos españoles, antes de votar, leyeron con atención suficiente el programa del partido de sus preferencias?

Las «familias» que componen el poder no temen incumplir los puntos programáticos que, para ser recordados, han necesitado ser «leídos» con bastante atención. La transgresión es todavía más intrascendente cuando afecta sólo a una parte de la población, y de esa parte ni siquiera todos salen perjudicados. El juego es tan antiguo como la democracia misma. Pertenece a la parafernalia menor de los «arcanos», de los secretos engaños, justificables para la protección del bien colectivo.

Lo más grave del problema para el ciudadano es la toma de conciencia, la iluminación que le aclara la invariabilidad de los procedimientos, el denominador común que sostiene las acciones de cualquier Ejecutivo: la ocupación de espacio, el relleno de huecos, hasta de los más insignificantes. Cuando no hay adictos bastantes, se reconvienen los de sistemas precedentes que se presten a ello. Nunca faltan, y hasta sirven para un zurcido democrático. Ponen una nota de color en el gris monótono de la partitocracia, y ayudan al ciudadano a recordar que la diferencia entre «poder» y «saber» reside en que sólo este último no ocupa lugar.
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Fabian Zola

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