«El propio Sistema engendra la ignorancia de sí mismo, y la ignorancia de la ignorancia»
Ronald. Laing
«El Sistema no tiene fallos; el fallo es el Sistema»
Graffiti en la pared de un subterráneo
Difícilmente dos expresiones tan alejadas en el tiempo, espacio y autoría, podrían concatenar en los albores de 1992 con tanta precisión. En efecto:
El sistema no tiene fallos, puesto que ha sido diseñado para engendrar la ignorancia de sí; de modo que los implicados, los súbditos, no saben en lo que están, ¡ni les preocupa saberlo! porque la ignorancia de su ignorancia les hace inocentes y felices. Sólo algunos locos han podido vislumbrar que el fallo, el error, es el sistema mismo.
La pregunta es entonces: ¿Se puede construir desde el sistema que hay, otro que lo reemplace, y que, a su vez, no reproduzca también la ignorancia de sí mismo?
El momento que vivimos demuestra que no. Después del "cambio", el sistema nuevo degenera para ir pareciéndose cada vez más al precedente y, sobre todo, para dotarse de una legislación / reglamentación propia (no muy original, puesto que sigue dictados de la socialdemocracia teutona), que favorece su progresivo enmascaramiento y propicia la ignorancia de lo que va siendo.
El reflejo más fiel de este regreso a las fuentes del SISTEMA de las citas es la Administración del Estado. No podía ser de otra manera. Este regreso arranca de las raíces del cambio. Es lícito suponer entonces que fue proyectado de antemano. Los hechos, efectivamente, lo han demostrado hasta la saciedad: el primer progama del «CS», el partido que ganó las elecciones, garantizaba la igualdad de oportunidades en el acceso a la función pública a todos los niveles del funcionariado y, por supuesto, la resolución justa y transparente de las solicitudes de cambio de destino sin que una plaza vacante pudiera ser ocupada a dedo, —por "libre designación"—, mientras, al menos, un funcionario con derecho a la misma la hubiera solicitado.
La supuesta garantía se vulneró inmediatamente; a la primera ocasión fueron libremente designados, para vacantes sacadas en grupo, o por ininterrumpido goteo, ristras de funcionarios "afectos" al nuevo sistema. Las protestas menudearon, pero los nuevos dirigentes pisaban fuerte y podían hacer oídos de mercader, (especialmente porque muy pronto se ganaron a los responsables intermedios instalados desde antiguo y que demostraron enseguida ser buenos para cualquiera, es decir, para el amo de turno). La prensa tardó algo en hacerse eco del primer y capital abuso del estrenado poder mayoritario. Sin embargo, algunos periódicos terminaron por hacer campaña denunciando el abuso con datos y estadísticas. El poder no se corrigió, pero empezó a anunciar que iba a poner remedio. Lo que hizo realmente fue pisar el acelerador y colocar por libre designación a todo el que pudo. Cuando las críticas ya no se podían silenciar miró hacia atrás y se dio por satisfecho: ya tenía un número suficiente de adeptos colocados; podía en realidad aplicar, incluso severamente, la asignación justa y transparente de las vacantes. Desde su tabernáculo oficial, el «Boletín», desde su prensa y desde la opuesta, declaró inaugurada la justicia y la transparencia por méritos, años de servicio, puntos y comas..., para la ocupación de vacantes en la función pública.
Ya era hora, sobre todo porque casi nada había quedado que valiera la pena ocupar y, de todas maneras, los "puntos y comas" que redondeaban la evaluación de los aspirantes a las plazas libres, eran otorgados en fraccionamientos hábilmente diseñados para que un responsable (adepto) pudiera desviar, si se estimaba necesario, el nombramiento hacia el aspirante más conveniente.
SIC FINIS CORONAVIT OPUS !!!
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Fabian Zola |