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LAS GENTES de Dublín no nos parecen, en lo esencial, distintas a las personas que cruzan cada día sus vidas con la nuestra. Quizás un poco más tristes que las del resto de Europa meridional, pero atisbos de idéntica melancolía no son tampoco extraños en las regiones septentrionales de las penínsulas mediterráneas. Sería pueril reducir a la casualidad geográfica la idiosincrasia de los pueblos, pero más equivocado sería negar la profunda influencia del ecosistema particular donde uno vive, si se quiere explicar cómo son las gentes que nos acompañan. Por eso, no sólo Dublín sino Irlanda entera, historia, geografía, religión y clima, empaparán de por vida la obra de James Joyce.
ESTE IRLANDÉS genial pudo escapar físicamente de su isla, cortar los vínculos con unas instituciones que le asfixiaban, pero las fronteras impalpables de su ecosistema lo cercaron hasta el final. En Dublineses, su "ópera prima" narrativa, están diseminadas las claves de su obra posterior. Posiblemente es raro que el lector extranjero comience leyendo a Joyce por esta obra. Y es una lástima, porque si se ha decidido conocerlo comenzando por «Ulises» y ha claudicado a la mitad del intento, es probable que nunca quiera saber nada más de él.1
POR SUPUESTO es lícito preguntarse si desconocer a Joyce es más "grave" que ignorar a Kafka, Proust o Mann. La respuesta equlibrada sería que no es necesariamente más grave, pero tampoco menos. La razón reside en que Joyce da un paso más en el intento de comprender (y describir) ia totalidad del ser y del existir del hombre. El lector puede no saber qué es la "fenomenología" y, sin embargo, estará encerrado en el paréntesis (en la "epoché" fenomenológica que Joyce elaboró trabajosamente) desde el momento en que encuentre retazos de sí mismo, de sus pensamientos y vivencias, en un sinfín de párrafos del Ulises. Más tarde, si el mismo lector decide abordar la construcción de su propio paréntesis es porque habrá encontrado el sendero de las inquietudes profundas, las únicas que le pueden mantener "vivo" en el sentido que trasciende lo vegetativo.
Aunque haya múltiples maneras de encontrar ese sendero, una, a mi entender, pasa por Joyce. Pero no es la más fácil, e incluso puede resultar estéril si se aborda equivocadamente. Al seleccionar los títulos de los autores universales cuyo conocimiento es "imprescindible" se tiende a elegir primero la obra capital, la que ha sido considerada así por la crítica erudita —a veces, menos erudita de lo que se piensa—. En general, esta práctica da buenos resultados. De la obra capital se pasa a otros títulos del mismo autor, y el lector da por terminado el contacto cuando siente que aquél no tiene nada más que decirle.
Pienso que en el caso de Joyce no es adecuado proceder así. Comenzando por «Dublineses», no será difícil sentirse tentado a continuar con el «Retrato del artista adolescente». O inversamente, pero siempre que cualquiera de estas dos obras preceda a la lectura de Ulises.
LOS QUINCE RELATOS que componen Dublineses no son juzgados hoy por los excesos del lenguaje o la crudeza de temas que lo fueron por la sociedad de su tiempo. Por eso sorprende más si cabe la pervivencia de las constantes del comportamiento interpersonal, familiar y social, que el autor fue capaz de captar y describir tan tempranamente. Joyce escribió estos relatos entre los veintidós y veinticinco años (la fecha de su nacimiento en la contraportada de la edición española que ilustra la imagen está equivocada). Desde la soleada Trieste, el profesor de inglés de escasos recursos fustigó a la verde Erín mucho menos de lo que en realidad la añoraba. Dos cuentos, "Un triste caso" y "Duplicados", muestran cómo la soledad egoísta, austera o envenenada por el alcohol, puede envilecer al hombre. Un resquicio para ennoblecer esa soledad irremplazable se vislumbra en "Los muertos", el relato de mayor extensión que cierra el libro.2 Allí, el amor sin retorno, como lo fue para los más apasionados románticos, llena y agota la esperanza.3
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Adenda a fecha 1 de noviembre de 2008.
Precisamente en el proceloso mundo de las "agencias literarias" escuché hace algún tiempo a una reputada profesional que ningún editor acometería hoy la impresión del Ulises. Fue una conversación informal, y supongo que a mi interlocutora le faltó matizar en el caso de ser su autor un desconocido primerizo. Joyce ya no lo era cuando abordó Ulysses pero al terminar Dubliners sólo tenía publicados un par de ensayos y una obra de teatro hoy desaparecida. Ese año (1907, el de la primera exposición cubista en París) vio la luz Chamber Music su primera obra de importancia. Dubliners habría de esperar siete años más, tiempo en el que "creció" desde los primeros 10 relatos iniciales hasta los 15 que conocemos.
En una carta escrita en mayo de 1906 4, Joyce expuso claramente los motivos que le llevaron a escribir los relatos de Dublineses:
Mi intención era escribir un capítulo de la historia moral de mi país y elegí Dublín como escenario porque esa ciudad me parecía el centro de la parálisis. He tratado de presentarlo al público bajo cuatro de sus aspectos: infancia, adolescencia, madurez y vida pública. Los relatos están dispuestos en ese orden. Escribí la mayor parte en un estilo de escrupulosa austeridad, con la certeza de que es un hombre temerario quien se atreve a alterar la presentación o, peor aún, a deformar cualquier aspecto de lo que ha visto y oído.
De comentarios ilustrados y fidedignos sobre la obra de Joyce se deduce que debemos entender por "historia moral" la exposición de costumbres, comportamientos y juicios de la gente; por "parálisis" la lentitud extrema de las actividades ordinarias (representada en diversas facetas: desilusión, aislamiento, muerte...); y por "estilo de escrupulosa austeridad" la carencia de adornos en la exposición, y la inclusión de expresiones del lenguaje común. Del mantenimiento de la coherencia y fidelidad a estos propósitos surgieron los rechazos y dificultades que demoraron siete años la publicación.
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- 1 la opinión que abre la Adenda parece respaldar ésta de 28 años antes
- 2 En 1987 John Huston dirigió «Los muertos», película que se presentó doblada al español acaparando el título de la obra entera. La crítica la consideró una adaptación sólo discreta que el director americano aprovechó para promocionar a su familia: Anjelica Huston encabezaba el reparto. No estoy de acuerdo con la relativa descalificación del film. En el cine y después en los pases por televisión (dos veces al menos) me pareció que Huston transmitió suficientemente bien el "ambiente irlandes" del libro.
- 3 Pienso que convendría matizar una conocida cita de «Rayuela»: ... la vida es demasiado corta para tantas bibliotecas, [...] si leo a Joyce estoy sacrificando automáticamente otro libro y viceversa. Casi me atrevo a asegurar que Cortázar tenía in mente las dos obras "gigantes" del irlandés cuando eso escribió, pero no las "menores" que aquí insistentemente he recomendado leer.
- 4 Texto original en <párrafos>: entrada <Joyce>
- >>> La fotografía de la estatua de Joyce procede del valiosísimo libro «James Joyce A to Z» [A. Nicholas Fargnoli & Michael Patrick Gillespie –ISBN 07475 2409 2–]. La estatua, esculpida por Milton Hebald, está ubicada ante la tumba de Joyce, en el cementerio de Fluntern, en Zurich, ciudad en la que murió el escritor el 13 de enero de 1941, veinte días antes de cumplir 59 años.
Fabian Zola
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