|
El protagonista de la novela es un héroe degradado. A esta conclusión se llega después de diferenciar las características propias de este género literario, que en Occidente se remonta por lo menos al siglo II a.C.
Es posible que algún novelista contemporáneo no esté conforme con la conclusión de los estudiosos. La palabra degradación suscita un rechazo instintivo, y el escalpelo de la crítica no ha dejado un sólo héroe intacto. Sin embargo, dejando a un lado sus muy diversas connotaciones, lo que denota "héroe degradado" es "hombre corriente", y a esta clase pertenecen precisamente los protagonistas de las novelas. Dentro de lo "corriente" coexisten multitud de grados, pero esto no invalida la degradación fundamental: la caída del pedestal donde se asienta lo sublime –lo mítico– hasta el terreno accidentado de lo humano –lo posible–.
Siempre que el hombre toma conciencia de una caída, aunque ésta se produzca en el dominio inmaterial de sus propias abstracciones, trata de recuperar el grado perdido. Una muestra del intento de recuperación de lo mítico se da con la novela de terror. Las novelas negras en Francia y las góticas en Inglaterra florecen en el último tercio del siglo XVIII. El antecedente lejano está en el «Amigo de las mentiras» –el Filopseudes de Luciano de Samosata–, rosario de cuentos de magia y de terror cuyo título bastaba para identificar lo mágico con lo falso. Quince siglos más tarde, con la vuelta al tópico recurso de lo sobrenatural, la falacia terrorífica sirve en cambio para que el protagonista de la novela recobre en parte el estatus de héroe. Se debate ante fuerzas tan superiores a las de la condición humana que el lector o le toma a chacota o le reinstaura en el pedestal del mito. No importa que la trama imaginada por el autor sea inverosímil; en realidad es necesario que lo sea absolutamente. El quid de la cuestión no descansa en el argumento como un todo, sino en la siembra de referentes míticos capaces de reavivar el rescoldo de creencias ancestrales jamás borradas del inconsciente colectivo.
Ha sido una coincidencia terminar de leer «Vathek», la novela gótica de William Beckford (•), y tropezarme con la exposición de grabados de Giambattista Piranesi que exhibía la Biblioteca Nacional, en Madrid. El autor inglés y el grabador veneciano fueron contemporáneos. El grabador proyectó en imágenes icónicas una versión personal de sus terrores míticos: las cárceles inventadas sirvieron para que las imágenes literarias de Beckford sumergieran en abismos demoníacos semejantes a Vathek, el nieto de Haroun al Raschid. No hay protagonistas en las "cárceles" o, mejor dicho, los hombres anonadados que por allí pululan han tocado el fondo de su degradación. Vathek corre la misma suerte que las sombras espectrales de Piranesi pero, aún a costa de una inmortalidad maldita, recobra literariamente el protagonismo heroico.
Sin embargo, este retorno al héroe por vía del terror inventado no puede reinstalar el mito de modo duradero. Para ello las gentes tendrían que retroceder a la ignorancia primitiva. El autor inglés así lo comprendió, y no vaciló en recomendar al lector que abdicase de su desmesurado orgullo porque "la condición del hombre en la tierra es permanecer humilde e ignorante". Moraleja tan pedestre debió hacer escandalosamente visible a sus contemporáneos el plumero del aristócrata Beckford, millonario y excéntrico. A pesar de ello otros constructores de mitos, menos literarios pero más rentables, se siguieron aprovechando después de la credulidad de la gente; los que personificaron a Vathek incluso terminaron de modo parecido, sólo que durante su "reinado" hicieron conocer a los hombres corrientes la diferencia entre terror falaz y terror real. ___________
(•) Como también lo es que hoy, 30 años después, Madrid haya cerrado hace tres semanas la celebración de su semana gótica.
Adenda a fecha 15 de DICIEMBRE de 2009.
La novela de Beckford, como se puede apreciar, es una de las tres del libro que "Penguin" publicó en 1968. Es la más breve (106 páginas) y reproduce un facsímil de la primera edición que fue autorizada en francés en 1787. Las otras dos son «El castillo de Otranto» de Walpole y «Frankenstein» de Mary Shelley.
El ensayo introductorio de Mario Praz, profesor hasta 1966 de Literatura Inglesa en la Universidad de Roma, hilvana las tres obras con los planteamientos estructurales de las "carceri" de Piranesi. Praz cita a su vez al estudioso danés Jorgen Andersen que apunta a los "pasajes todavía inexplorados que conectan aquéllas con los inquietantes ecos de las bodegas que pueblan las novelas góticas inglesas". La infinitud y las cosas que se multiplican sin alcanzar un final están en ellas como en las ilustraciones del grabador y arquitecto italiano.
El primer párrafo de «Vathek» ya ilustra al lector de lo que puede esperar del noveno califa Abasida, hijo de Motassem y nieto de Haroun Al Raschid:
"... cuando se encolerizaba, uno de sus ojos aparecía tan terrible que nadie podía contemplarlo; el desgraciado en quien fijaba entonces su mirada caía instantáneamente desplomado y en ocasiones muerto. Sin embargo, por temor a despoblar su reino y su palacio, el califa raras veces daba rienda suelta a su ira..."
Los constructores de mitos –a quienes me refería hace 30 años– fueron los jerarcas de tristísimo recuerdo que se habían tomado en serio semejante caricatura.
___________
Fabian Zola
|