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EL GATO DE CHESHIRE

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Nº 45 — FEBRERO 1988
«En PORTADA»
Madrid — España


Reflexiones ante el Congreso Psocialista

Cuando Emiliano Zapata dijo a los campesinos que la única posibilidad de triunfar estaba en el
convencimiento de que cada hombre tiene que defender su destino, su modesta propiedad, su parcela de supervivencia, no hacía obrerjsmo trasnochado —aunque tal cosa fuera lícita en la fecha en que hablaba—, sino puro pragmatismo. fruto del sentido común que entiende hasta el más ignorante de los hombres, que no por ello es el más lerdo ni el menos digno.
La encomiable insistencia de TVE en mostrarnos la dramatización de la revolución mejicana desde el enfoque Zapata/Brando, que ilustró la adolescencia de tantos españoles, me sorprendió meditando sobre las diferencias que impone el paso del tiempo en la «res política». Meditaba desde un sostenido desencanto —lo que hace más vulnerable el juicio—. y esto lo digo para que mi debilidad tranquilice a quienes ya obtienen, y esperan seguir obteniendo, favores o prebendas sujetas a la prolongación del mandato del partido que gobierna.

Sin embargo, me parece mentira que un partido nominalmente socialista (en teoría, más allá del agrarismo de Zapata), triunfador por abrumadora e ilusionada mayoría de españoles, haya tardado tan poco tiempo en defraudar a tantos de sus electores. Aunque más decepcionante aún es la baja credibilidad de sus argumentos cuando trata de paliar el previsible fracaso que se le avecina. Porque si algo no es de recibo, es la tozuda persistencia en el error. A Zapata se le pudo vencer asesinándole —aunque no se extirpó el peso de su razón hasta la muerte de su epígono, Genovevo de la O, en 1952—. Hoy se puede tratar de asesinar la opinión, pero la cultura campesina, no digamos la urbana, lo pone difícil. Tampoco es de esperar que varios millones de votantes fenezcan de golpe, porque sí. Lo pronosticable es que hagan frente a cualquier nuevo intento de manipulación, y que en 1990, o antes, escarben en las doradas promesas de los programas electorales para desvelar a tiempo los engaños que les acechan.


Los resultados de la confrontación sindical en la Administración fueron esclarecedores. «El País», periódico que dedicó escasa o nula atención a las centrales no clásicas, terminó a toro pasado por escribir un editorial un par de semanas después.
Fue un artículo que merece un tiempo de atención, más allá de los pocos minutos de la apresurada lectura diaria. Un segundo editorial, al día siguiente, nos anticipó tempranero lo que se puede esperar del congreso socialista, asunto capital que tuvo precedente de opinión inmediata en la tribuna del domingo 3 de enero con el «lanzamiento al ruedo» —sin paracaídas, diríamos nosotros— de Ignacio Sotelo, militante socialista lúcido y crítico.

Desde las elecciones sindicales de los funcionarios ha transcurrido casi mes y medio. El editorial a que nos referimos, del. 4 de enero, fue neutral, objetivo, hasta donde era posible. Sin embargo, el lector atento no pudo dejar de notar el aire de disculpa que insuflaba al fracaso del PSOE. Porque no se puede llamar de otra forma al resultado, cuya gravedad ha abierto una brecha invisible, pero palpable, en los centros de decisión del propio Gobierno: en los ministerios civiles, donde se maneja el tinglado, o se supone que se maneja. Por ejemplo, hay ministerios en los que el PSOE ha quedado el último, emparejado con la CNT y a tal distancia de las otras formaciones (le superaron de dos a siete veces en número de delegados) que su actuación será forzosamente inoperante en lo sucesivo. Hay centros en los que ni siquiera obtuvo un delegado.
La brecha generada por esta situación consiste en que el mando, hasta ayer elegido por mayoría absoluta en las «generales», tiene dentro de varios ministerios una ridícula minoría de adeptos. Es admisible argumentar que el descalabro es de la UGT, no del partido gobernante. Pero esa razón formularia, de ser válida, le pondría las cosas al PSOE todavía peor. Porque los retazos progresistas que le quedan al ejecutivo se aguantan sólo por la categoría moral de hombres como Redondo, y a éste se le ha dicho NO, a sabiendas, a pesar de todo. Se le vislumbraba convertido en la caricatura de una ideología, en la sonrisa del gato de Cheshire. Y a cosas tan fugaces como sonrisas a punto de desaparecer no se las puede votar.

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El lema «la mejor defensa es un buen ataque», consustancial a todas las clases instaladas porque está en el catecismo de quienes ejercen el poder, iluminó enseguida la campaña precongresual: «clamorosa ausencia de alternativa» debida a la ineptitud de la oposición. Hasta el lector menos avispado percibió la futilidad de la descalificación, y pensó: SI la oposición es realmente inepta, ¡déjala estar! No obstante, pasando por alto el tropo que nos transportaba al poético «grito del silencio», la llamada al despertar de la oposición tenía sentido. Por una razón y su corolario. La exigencia física de que no es posible mantenerse sin contrario, sin tener donde encontrar resistencia, lleva al inevitable crecimiento de la oposición interna. Otra cuestión es lo de las manidas, pero siempre útiles, cortinas de humo: el «otro», activo o inoperante, es el culpable. Su persistencia en muchos puestos clave del engranaje administrativo es lo que frena la eficacia de la reforma, del cambio (el «cambio», escuchamos —leímos— a Alfonso Guerra, era otra cosa). Pero la tolerancia, cuando no la complicidad, con los «persistentes» o con sus modos y maneras de hacer son el pan de cada día en los ministerios civiles. Esto ha sucedido y sucede, se dice, para compensar el enorme desgaste que produce el ejercicio del poder. El resultado de las «funcionariales» demuestra que las espadas abatidas están en alto otra vez. Pero no porque haya crecido la reacción, el conservadurismo de los profesionales, como se ha tratado de hacer creer, sino para poner de manifiesto el NO de las bases, (la cualificación no-universitaria es mayoría en muchos ministerios), a la política de apropiación de puestos rentables y seguros para el futuro.
¡Vamos, como en los viejos tiempos!


Durante la primera quincena del año, más allá de las tomas de posición, —de las opiniones libres—, se han sucedido los hechos descarnados, conclusivos e inapelables. Hechos que han inclinado la balanza de la gestión socialista unos puntos más hacia la ineficacia. Es cierto que existió conjura de los elementos. Como en el caso del mercante embarrancado que no termina de excretar bidones. La prensa diaria ya fustigó lo fustigable de ese asunto. Pero más preocupante ha sido el corte prepotente que el ejecutivo ha dado a una iniciativa de la «inepta» oposición que proponía investigar aspectos de la reprivatización de empresas del grupo Rumasa. El ciudadano que recuerda aquello de las "auditorías de infarto" ha podido pensar que la iniciativa amenazaba infartar a los antes auditores.

Entretanto, el parcheo de crear empleo por la vía de «hoy te contrato, mañana te largo» asomó su punta de iceberg con el colapso del reparto postal. Una pintoresca declaración en las primeras horas del asunto aseveraba que el previsto despido de los dos mil contratados no hacía prever el caos subsiguiente. Hacemos merced al lector de otras reflexiones sobre este tema, porque ningún comentario puede superar el artículo editorial titulado «Esto no funciona» que publicó «El País» el 9 de enero.

Realmente si el refugio en resultados económicos favorables, sobre todo en las macromagnitudes, que tanto cargan al ciudadano, es lo que va a producir complacencia durante las jornadas congresuales, conviene preguntar qué se tiene previsto para cuando termine la etapa de bonanza del dólar bajo y el petróleo barato. Aunque la pregunta sea idiota.

A estas alturas es de esperar que el PSOE haya tomado medidas correctoras de su despreocupada actitud, para que lo sucedido en las «funcionariales» no se extrapole a las ya menos lejanas «generales».
Si de las ponencias discutidas en el congreso se deduce que el partido gobernante va a descender de su «jet», habrá que esperar un poco para comprobarlo. La campaña para su reinserción en la favorable corriente de opinión que disfrutaba no ha sido gran cosa. En el terreno teórico se lanzó la aparición de una «nueva cultura de izquierda», ubicada entre el marxismo y la socialdemocracia, y en el terreno práctico ha propuesto un gran pacto para crear 500.000 empleos, lo que habrá reverdecido sin duda la esperanza de muchos parados. Pero las cifras que repiten lo de cientos de miles de puestos de trabajo son de ingrato recuerdo, de mal presagio.
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Fabian Zola

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