|
Casi veintitrés años separan este artículo de la actualidad. He creído conveniente advertirlo para anticiparme al rechazo o al asombro que podría experimentar el lector que no hubiera reparado en la(s) fecha(s) del encabezado. En cualquier caso, la "adenda" al cierre acerca la cuestión al día... y bastante más allá. ______ (I)
En Enero, la Fiesta Nacional de la Escritura a Mano
pasó casi inadvertida.
TIME. 24/2/86
EL NUEVO ESPÉCIMEN de nuestro mundo no es un misterio ni una novedad: es una realidad cargante. No es posible resistir el reclamo publicitario ni la presión que ejercen los iniciados, los que ya saben, —o así parece—. Una nueva angustia que Kierkegaard no podía intuir atormenta hoy a la mayoría de los seres adultos. Se puede resumir en la pregunta que muchos se hacen:
—¿Es realmente necesario que me incorpore a la ingente masa que se apunta para aprender informática?
El hombrecillo danés, en su tiempo, no habría podido entender la pregunta. En cualquier caso, si tal licencia fuera imaginable en un filósofo de su talla, lo más probable es que hubiera proferido un exabrupto.
No pretendo trivializar en exceso, —lo imprescindible para no aburrir sobremanera—, porque la pregunta que antecede no es original. Hace unas semanas, Fernando Fernán Gómez, en su polifacética lucidez, instaba a la renuncia por una razón palmaria: la aceleración del cambio tecnológico. Sin embargo, si bien es cierto que el ordenador es el nuevo Saturno que devora a sus hijos/productos mucho antes de que éstos lleguen a mayores, eso no le hace enemigo de nuestros hijos/humanos (leit motiv de la argumentación de FFG).
En lo profundo de la irracionalidad que me corresponde comparto la opinión del lúcido escritor/actor, pero, los pros de la informática son demasiados para derribarlos instalándose en el parnaso sajón del wishful thinking, que tiene bastante que ver con la lícita pero irrepetible añoranza de que cualquier tiempo pasado fue mejor.
Es posible que el concepto endomorfosis sirva para expresar lo que está sucediendo.
Al enfrascarse —casticismo que viene al pelo— en el quehacer informático, el hombre adulto se ve obligado a razonar de modo binario. Todos los caminos que toma para entender lo que se trae entre manos son una sucesión indefinida de síes y noes, de más y menos, de ceros y unos. El mismo conjunto global de ese razonar es binario: ensayar, no acertar, volver a ensayar... etc, hasta obtener lo que se busca. Enseguida, siempre bajo cierto estrés, abordar otro jeroglífico que espera.
En nuestra temprana infancia no hicimos otra cosa, y la informática, incluso en fases avanzadas, sigue siendo eso: un retorno a las raíces que deviene necesariamente en transformación interior, sobre todo cuando se produce en edad adulta. La cuestión es saber si tal modificación nos conviene, saber qué tiene de bueno y de malo.
En principio, no hay que confundir la vuelta del razonamiento hacia sus raíces con la involución, la reacción natural típica del avance hacia la tercera edad. El ensimismamiento a que obliga la práctica frente al teclado facilita bastante la "puesta entre paréntesis" (la "epoché" husserliana) de toda nuestra manera de ocuparnos antes. El juego interactivo con la pantalla es un verdadero diálogo; muy diferente, además, del que hasta hoy tenía el escritor con su página a través de la pluma o de la máquina de escribir.
La fluidez y la capacidad de retroalimentación por la respuesta es el primer factor positivo que ningún escritor puede tomar a la ligera.
De hecho, muchas "plumas" famosas serán conocidas en un futuro muy cercano como "floppys" famosos [*]. Y no deberán ofenderse por la nueva metonimia. __________ (II)There is a tide in the affairs of men which,
taken at the flood, leads on to fortune
SHAKESPEARE LA FORTUNA que anunciaba el poeta trascendía la riqueza material. Quien haya leído una novela de Agahta Christie que lleva por título las primeras palabras de esta cita, sabe del amplio significado que allí tiene "fortuna".
Shakespeare, como todos los clásicos, se nutrió del saber popular. En cierto modo, no hizo más que destilar lo que su contacto con el saber plebeyo le enseñaba. Después, entregó un producto culto e inteligible a sus primeros propietarios y a todos los que siguieron y seguimos.
La primera lectura de la breve argumentación se puede confundir con el dicho castellano, quien la sigue la consigue. Más, a poco que se piense, las cosas no van por ahí o, mejor, van más allá.
La clave está en el artículo indeterminado, en el vocablo más modesto de toda la sentencia: "... una marea en los asuntos de los hombres...". La paradoja, lo que manda fuerza a la composición, es que la indeterminación está determinada. Precisamente: hay una marea v no otra. La ambigüedad que resta es sólo estadística.
La marea informática, —su equivalente—, no era tan ajena a los tiempos isabelinos como se podría pensar sin pararse a meditar un poco. La distancia entre la invención de la imprenta y el mundo isabelino es, cronológicamente, tres veces mayor de la que separa al primer ordenador del último libro de García Márquez. Si aplicamos un coeficiente corrector, por la aceleración que impone el avance tecnológico, los cuarenta años que hoy nos separan del ENlAC (el primer ordenador) son inmensamente más largos que el siglo y medio transcurrido entre la Biblia de Gütemberg y los "Quartos" de William S.
No es difícil imaginar el recelo, mezcla de fascinación, rechazo y temor. con que fue recibida la Imprenta. Se ha escrito bastante sobre ello. La situación tras la aparición del ordenador es en cierto modo comparable. La diferencia, hoy, quizás esté en la persistencia del recelo, incluso en la clase culta; aunque los pesos de los componentes de la mezcla sean menos equilibrados que antaño.
Por ejemplo, la fascinación es menor, —¿de qué puede asombrarse ya el hombre del siglo XX?—, mientras que rechazo y temor no van juntos. El ciudadano que rechaza la informática no la teme, al menos conscientemente; quien la teme no sufre en abstracto, antes bien, expresa el miedo racional que le producen las presumibles consecuencias de una utilización "orwelliana" de los artilugios electrónicos.
El rechazo, en la edad madura, suele ir acompañado de la pereza; o de la simple consciencia de que no vale la pena el esfuerzo para el tiempo que a uno le queda. Para contrarrestar la desidia, los fabricantes se lanzan a la usual carrera de simplificaciones en el manejo del artefacto, y tratan de convertirlo en un electrodoméstico más. Desgraciadamente, quien presta oídos a ese tipo de propaganda lo paga caro. En dinero o en desencanto. Sin embargo...
La situación es irreversible: o llegamos cada uno a poseer, en un tiempo prudencial un nivel "funcional" de conocimientos y práctica informática que nos integre en el presente, o bracearemos en el océano informático cada vez más sofocados, y sin fuerzas para hacer "surfing" sobre la pleamar de "chips" que, todavía, nos puede alcanzar la playa.
Las preguntas son: ¿qué pleamar? y ¿qué playa? __________ (III) Entre el insensato demostrador de inteligencia
y el sujeto lo suficientemente inteligente como para no demostrarla,
cualquier buen jefe de personal elegirá siempre un tercero que me callo.
MÁXIMO HE PRETENDIDO reservar en las dos entregas precedentes un resquicio para el albedrío; no libre —que serlo del todo no puede—, sino esperanzado. La marea informática que conducía la argumentación ha crecido desde entonces. iQuién sabe en cuantas kilopalabras! Sin embargo, su crecimiento precisa algunas matizaciones; dos por lo menos: crecimiento contado en número de usuarios, y crecimiento calculado en razón del incremento de aparatos incorporados al uso. Ninguna de las cantidades es fácil de obtener; ni siquiera de estimar aproximadamente. Para expresar lo que sucede, me parece muy adecuado un adjetivo, que todavía no he encontrado en nuestro diccionario.
Cuando algo, en apariencia no amenazador, nos solicita y, aunque no hagamos caso, nos rodea, ocupa o desplaza, porque su crecimiento es continuo y no tenemos posibilidad de evitarlo, la única cualidad que se me ocurre adjudicarle es la expresada por el adjetivo inglés "pervasive". En efecto, tanto los artefactos —teclado, "ratón" monitor, impresora, escáner... (el "hardware")—, crecen incontrolables pervasivamente, como las aplicaciones —programas almacenados en el disco duro y ya también en "cassetes" (el "software")—, se compran o copian medio sabiendo, medio adivinando su utilidad.
En el polo del usuario, la pervasividad alcanza su pleno significado e imposibilita cualquier cuantificación. Estamos ante la situación que ha retratado un mensaje publicitario: se lo decimos a nuestro/a vecino/a poniendo el mayor énfasis en mostrar la excelencia del descubrimiento. Somos agentes gratuitos de la propaganda del producto. La diferencia esencial con la publicidad ordinaria es que el producto es genérico; no se trata de un detergente específico, ni de un modelo determinado de automóvil. Es "toda la Informática" de lo que los usuarios hacemos propaganda.
¿Qué tiene esto que ver con la selección del tercero que Máximo se calla?
Es simple aunque casuístico. Sirve para mostrar una de las aplicaciones fundamentales de la informática.
Hasta hoy, hasta antes del ENIAC, por lo menos, la decisión de un jefe de personal, en la circunstancia que imagina el humorista, recaía en un recomendado o en un pariente o en un camarada del partido...
Desde hoy, desde IBM como poco, el ordenador es el eje de la decisión. Insobornable, selecciona a quien haya sabido ocultar su agresividad o su complejo de Edipo. Es cierto que cada día son más los que saben de esas ocultaciones. Pero el software de las indagaciones crece a la par, en realidad más deprisa. La única salida, el mal menor, es "aproximarse" un poco. Hacerse usuario de un procesador de textos, de una hoja de cálculo, de un paquete de gráficos o, en la cola de las habilidades, de un juego de preguntas y respuestas sobre historia, literatura, o geografía... tipo concurso de TV, pero con la ventaja de que el solipsismo interactivo con el monitor disuelve el temor al ridículo.
En cualquier caso, dar un NO rotundo a la informática es igual que decirle al capitán: jódete, que no como rancho. Hasta en el desistimiento se parecen las posturas: el rancho será incomestible cuando volvamos a buscarlo azuzados por el hambre. Al ordenador, que ya maneja nuestro hijo con soltura, tampoco le podremos meter el diente pasado mañana. Y esta arbitraria expresión, esta medida del tiempo, se acerca insoportablemente a su significado literal. __________ Fabian Zola
ADENDA a fecha 4 de MAYO de 2009.
La pantagruélica caricatura del ILLIAC-IV el ordenador de la Universidad de Illinois, sella y separa al mismo tiempo las derivas de la informática institucional y la personal. Aún más: en la concepción de la máquina gigante se infiltra por otra parte la del acceso multitudinario a todos los niveles. La intercomunicación que propició la WEB [>>> ] prospera a tal velocidad que ya no se habla de años para distanciar una ampliación (una mejora) de la siguiente, sino de meses, e incluso de semanas. Ha dejado de tener sentido recomendar una determinada actitud ante la Informática. Lo único que cabe hacer es evaluar "cada día" lo que ha aparecido o está a punto de aparecer.
Así, una noticia ocupó "hoy" media página en la prensa española: Stephen Wolfram, (Londres 1959) —niño prodigio que a los 16 años publica su primer informe sobre física de partículas, a los 17 ingresa en Oxford y a los 20 se doctora en el Instituto Tecnológico de California—, va incorporar a la RED un nuevo "buscador" de características novedosas [**].

En cierto modo, el continuo desarrollo que Wolfram ha impuesto a «Mathematica», software de su invención universalmente conocido y empleado, ha derivado en la generación de Wolfram Alpha. Será éste un dominio accesible antes de fin de mes y, mejor que buscador, deberíamos llamarlo contestador universal, porque a tenor de su modus operandi eso es lo que promete ser. Las expectativas sobrepasan lo imaginable aunque, de momento, y antes de asociarse con Google y Wikipedia, se mantengan en prudente cautela. No encontré afirmación específica de que las preguntas puedan hacerse en español o en otro idioma distinto del inglés, pero es presumible que así sea. En la misma portada de la página oficial de Wolfram ya aparecen vínculos de direccionamiento en castellano. En el que será el definitivo acceso [www.wolframalpha.com] se explica todavía que está reservado a unos pocos usuarios seleccionados —es de suponer que en periodo de pruebas—. Imagino previstas medidas sanadoras para que los millones de preguntas por segundo que va a recibir no colapsen el sistema.
Gracias anticipadas Mr.Wolfram.
[*] no hubo tiempo para tal cosa: el tránsito floppy>CD>pen_drive saltó imparable al libro electrónico. Cuando el mejor modelo comercial del e_book imponga por fin su formato a los demás, asistiremos a una contienda editorial posiblemente cruenta.
[**] el adjetivo tópico que correspondería utilizar es "revolucionario"; pero en el universo informático ese calificativo encaja peor aún que "novedoso".
|