La función biológica de "madre", que los entusiastas acólitos del antropomorfismo endosaron a la Naturaleza, salta por los aires acompañando literalmente a sus efectos cuando éstos son consecuencia de ajustes geológicos, que no biológicos. Sin embargo, no hay que desestimar la afortunada concepción de Gaia, la que ha supuesto contemplar al planeta Tierra como un organismo "vivo" capaz de defenderse de nuestras agresiones. En esa interpretación se apoyan científicos de distinto fuste para recomendar acciones de conservación y prevención que, desafortunadamente, no siempre redundan en beneficio de la salud de Gaia sino en las arcas de las instituciones que pagan a los científicos.
Pero volviendo al principio, si algo han certificado (por enecentésima vez) los terremotos, es que nuestra mal llamada madre ignora la mera existencia de sus advenedizos hijos. No puede ser de otro modo.
Por supuesto resulta rentable y siempre se venderán bien las literaturas de desastres. La principal razón de su éxito es que proporcionan al lector la justificación para reforzar los mecanismos de seguridad de su entorno –dentro de las burbujas del confort–, sin tener que pararse a pensar que a mayor refuerzo de los mismos, corresponde mayor desatención a las necesidades de los "otros" –los de fuera o afuera, los que habitan en los descampados de la miseria–.
No pretendo "dar la vara" con los temblores de Haití. Analistas cualificados, sociólogos especialmente, ya lo harán. Tienen ante sí una ardua tarea, aunque no sean los destinatarios de la primera pregunta, la que podríamos llamar pregunta de cabecera y que probablemente ya habrá sido hecha... o por lo menos sugerida:
¿por qué las peticiones de ayuda a los más miserables de la tierra suenan tan débiles –prácticamente ni se oyen–, durante los miles de días en que van muriéndose sin ruido?
Parece una pregunta retórica, pero no lo es porque contiene la que surge de la estremecedora actualidad:
¿de no haber temblado la tierra bajo los pies de los desgraciados haitianos, cuántos años más habríamos seguido dudando si creer o no que miles de ellos se "alimentaron" de tierra hasta perecer?
Una cosa ha quedado clara, aunque recitar el gastado «no hay mal que por bien no venga» me parece excesivo. Un sencillo silogismo será lo adecuado:
– Varios países coordinados por la ONU asumen que la recuperación de Haití llevará diez años,
– Es impensable que llamen "recuperación" a retornar al estado de indigencia anterior al terremoto
... por tanto,
– Quienes sobrevivan, algo habrán ganado.
Sin embargo [cependant, however, jedoch...], esa "ganancia" se tornará ceniza si la abrumadora presencia noticiosa termina bruscamente; por ejemplo, en cuanto deje de vender publicidad colateral gratuita. Un seguimiento responsable, no sofocante ni costoso, de cómo se encaran las tareas de normalización y se emplean los medios recaudados para ello, debe dar satisfacción a los ciudadanos y a los contribuyentes que la han hecho posible. De otro modo, si la generosidad popular se cree burlada, más vale que el próximo temblor se produzca donde los damnificados puedan valerse sin ayuda económica del exterior...
Había redactado las líneas precedentes cuando encontré en mi buzón un "mensaje", resucitado de un pasado no demasiado remoto pero suficiente para documentar la historia y la distancia. Enredado en el tráfago de ins & outs, he perdido la referencia que lo acompañaba. Creo que es copia del original (uruguayo) reproducido ahora en la prensa argentina. De ser así, no supondrá por tanto novedad alguna para los lectores de La Agenda. De todos modos, quien no disponga de tiempo para escarbar a ciegas en los periódicos puede acceder aquí al archivo pdf que lo reproduce íntegro.
La trayectoria literaria, combativa y polémica del autor, Eduardo Galeano, hace innecesaria cualquier presentación.
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