Entre la gente que escribe, atesorar ocurrencias o intuiciones en recortes de papel es (o fue*) una conducta normal. El paso siguiente, guardarlos en una caja, cuidadosamente clasificados por el asunto o la materia de que trate lo escrito, define en principio a un sujeto ordenado, cuidadoso y especialmente preciso. Estas cualidades, que son prácticamente una, se dan con más frecuencia entre los habitantes de países al norte del hemisferio Norte. El paralelo 30 del medio mundo superior puede marcar la divisoria en el continente americano, y el paralelo 45 en el europeo. Por encima de uno u otro habremos de buscar, y si paramos un momento en Zettel, la palabra escueta que titula esta nota, intuiremos, no tardando, que el sujeto poseedor de las cualidades mencionadas había nacido en Europa, que su lengua fue el alemán y que la palabra debió escribirla en la etiqueta que pegó en la tapa de una caja... la misma que encontraron después de su muerte con los recortes cuya ordenación y numeración culminó en 717 papeletas.
El libro que con ese mismo título** informa de esa peripecia lo encontré y adquirí en Buenos Aires, justificación (anécdota) quizás insuficiente para escribir sobre ella. Sin embargo, he llegado a apreciar en tal medida la posesión y el acceso a los "destellos" de una de las inteligencias más brillantes de la primera mitad del siglo XX, que he necesitado contarlo en estos otros "papeles de Sonia" que leen argentinos, gentes con acceso fácil y cotidiano al variopinto mercado de libros que yo pude disfrutar por espacio de unas pocas semanas.
En medio de los problemas ordinarios, cuya solución es más costosa según los avances técnicos la presentan más fácil, parecerá un desatino aconsejar lecturas difíciles por definición; pero denunciar (y demostrar) lo discutible de esa dificultad es lo primero.
Sea por ejemplo la papeleta 255 que, como tantas otras, contiene una pregunta:
¿Cómo puede uno aprender la verdad, valiéndose del pensamiento?
seguida, esta vez, de la respuesta:
Como uno aprende a ver mejor un rostro, si uno lo dibuja.
Es muy probable que un lector atento replicase que esa simple contestación ya se le había ocurrido a él. Satisfactorio e impecable testimonio de que la lectura propuesta no es (no va a ser) necesariamente difícil.
Un segundo reto, primero en importancia, es asumir las consecuencias de pararse a practicar lo que se lee –sin prisas, porque no se trata de una novela–.
Sirva como aplicación elemental de la papeleta antecedente saber si, valiéndose del pensamiento, uno será capaz de distinguir la verdad de las mentiras que los discursos políticos contienen.
Dejando a un lado toda clase de prejuicios, en solitaria interlocución con uno mismo, desvelando las contradicciones ocultas (especialmente las de quienes nos caen mejor), es muy probable que acabemos por ver dibujado el rostro de la verdad...
... y si la reflexión no sale bien del todo, al menos lo habremos intentado cogidos de la mano de un gran filósofo.
Lo que ya es seguro es que volveremos a intentarlo una otra vez, hasta lograrlo. Actitud que precisamente molestará sobremanera a los políticos falaces, siempre temerosos de que su audiencia se contagie de la funesta manía de pensar: ¡Cómo debieron odiar en su tiempo al genial austriaco...!
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* – quienes hoy recurren al papel cada vez son menos.
** –«ZETTEL» de Ludwig Wittgenstein. –ed. bilingüe, 1ª en español, 1979– [En PÁRRAFOS figuran algunas acotaciones]
Universidad Nacional Autónoma de México. ISBN :: 968-58-2565-3
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Una papeleta singular es la nº 249, que reza:
"¡Nada más fácil que imaginarse un cubo de cuatro dimensiones!" Se ve así:
La singularidad reside, como informa la nota a pie de página, en que no había ningún dibujo en el original. Entonces el editor, entre las posibilidades abiertas a la imaginación del lector, incluye la que se debe al Dr. R.B.O. Richards; la que ilustra la figura reproducida del libro con el texto alemán de la papeleta.
Y a vueltas con la cuarta dimensión, la papeleta nº 269 orienta la reflexión hacia el sentido de la vista y dice:
Si se cree que alguien puede imaginarse un espacio de cuatro dimensiones, ¿por qué no podría imaginarse también colores de cuatro dimensiones, esto es, colores que aparte del grado de saturación, de matiz y de intensidad luminosa admiten una cuarta determinación?
Pregunta que reproducirá después el parágrafo 66 de Philosophische Bemerkungen.
F.A.B. |