A Elena Campagnola y su gente, con sincero afecto
La recuperación de "viejos" escritos siempre depara sorpresas: unas serán agradables, incluso gratificantes, otras lo serán menos y hasta puede que lesivas para la "memoria" del autor, para la huella que dejó. La valoración de eruditos y críticos definirá el resultado, que será final hasta que tiempo después —años, lustros o decenios— nuevos eruditos provistos de nuevas y más potentes herramientas, aborden una segunda recuperación. Así ha sido hasta ahora y así lo seguiría siendo probablemente, salvo por el vendaval que ha desatado la «internáutica».
La conciencia del escribidor ya no puede ser la misma que la de hace veinticinco años. Uso la palabra conciencia —como equivalente del awareness, del estar alerta—, porque me parece ser la más comprensiva de la situación que ha de afrontar hoy quien expone sus razones en libertad y asume la potencial controversia.
Doy por sentado que el lector ha parado su atención en la imagen que le brindo. Estoy por decir que lo hizo antes de empezar a leer, y hasta imagino que lee con cierta prisa para ver de qué va la cosa, es decir, a cuento de qué se le ha ocurrido a algún gracioso ofrecer una recompensa de 100.000 dólares por entregar "vivo o muerto" al ilustre doctor, fallecido en Londres y que debería reposar en el cementerio de Viena.
No he empleado suficiente tiempo en averiguar si después de enterrado en Londres sus restos regresaron a Viena. Tampoco memoricé lo que ponía una placa conmemorativa colocada en la fachada de un edificio, que pudo ser la casa en donde Freud vivió o el lugar que ocupó la «Sociedad Psicoanalítica» por él fundada. Hace ya casi 20 años que pasé por allí. Aunque mi desatención no tiene disculpa, porque por aquellas fechas había estallado la controversia sobre un libro del que di puntual noticia. Pero antes de volver a ella, refrescaré la memoria del lector olvidadizo con diez líneas de la peripecia vital del personaje:
Sigmund Freud nace en 1856 en Freiberg, ciudad de Moravia —hoy Príbor, en la República Checa—. El antisemitismo empujó al exilio a toda su familia que se trasladó a Viena poco antes de 1870. Allí construyó Sigmund su vida, su ciencia y su mundo, pero también de allí hubo de emigrar hacia Inglaterra en 1938, cuando las potencias europeas aceptaron el Anschluss, —la unión política y anexión real de Austria a la Alemania de Hitler—. En Londres, a poco más de un año de su arribada, y después de haber soportado durante quince los dolores provocados por un cáncer en la cavidad bucal, una sobredosis de morfina facilitó su deceso.
Médico y escritor, ensalzado y denostado por igual durante su vida y después de su muerte, de su extensa producción escrita me quedo con un texto por encima de cualquier otro. No es el más celebrado, ni mucho menos, pero es el más proyectivo, el que exorciza los sufrimientos físicos que soportaba. Lo termina en 1930, el año vértice de su padecimiento y lo titula «Das Unbehagen in der Kultur».
La versión española conservó el título literal, El malestar en la cultura; por esta vez fue la versión inglesa con Civilization and its Discontents la que viró a la grandilocuencia.
Puede que a los entendidos les sorprenda que destaque un libro de reconocidas conclusiones pesimistas. Profundamente desconsolador fue la calificación que le otorgó, tiempo ha, la Enciclopedia Británica, argumentando a partir del enfoque que Freud sostuvo sobre la preeminencia de la culpa y la imposibilidad de alcanzar una felicidad incontaminada —unalloyed es el calificativo que usa la EB—. Pero ese libro da también razón de otra técnica para eludir la frustración del mundo exterior: la que devuelve al primer plano la sublimación de los instintos, y cuyo resultado será óptimo si se sabe acrecentar el placer del trabajo psíquico e intelectual.
En esa sencilla y casi escondida afirmación, el hombre que hizo saltar por los aires los tabúes que pesaban sobre el sexo recomienda el retorno al ejercicio del intelecto. No tengo a mano el «Más allá del principio del placer», que escribió ocho años antes, y no puedo poder poner en paralelo sus argumentos.
Sin embargo, esa puesta en cuestión puede esperar: es libre el lector de hacerla por su cuenta, yo debo volver a la noticia a que antes me referí y, por supuesto, al cartel que ilustra la cabecera de esta nota.
En 1985 escribí sobre «El asalto a la verdad», la traducción del libro de Jeffrey M. Masson aparecida en España apenas a un año del original; si ahora vuelvo sobre un tema que cualquiera consideraría pasado, muerto y obsoleto, es porque entonces dije que aquel asalto no sería el último, y por accidente he sabido que no lo fue. El accidente fue simple consecuencia del awareness en el fuego cruzado de la navegación por la WEB, donde, fechado en 15 de Setiembre de 2005 se anuncia que Le Figaro Littéraire presenta como acontecimiento una colección de ensayos titulados colectivamente Le Livre Noir de la psychanalyse. El autor del anuncio [•] precisa que en ese Libro Negro una veintena de profesores, médicos y psiquiatras, tiran con mira telescópica contra la cabeza de Freud, Lacan and Co. Si así fue, y no veo razón para dudarlo, el cartel, la imagen que acompañó la noticia valió, en efecto, las mil palabras del tópico.
He tenido la suerte de no haber necesitado en mi vida la ayuda de un psicoanalista... aunque nunca se sabe. No es la primera vez que vuelvo sobre el libro de Masson que en su día me impactó. Me pronuncié sobre él en Puerto Madryn, —otro accidente—, en una amistosa reunión de personas espléndidas. No me preocupan hoy los errores del Psicoanálisis, menos aún los de su fundador como persona. Si todavía se escuchan clamores que reclaman su derrota, pienso en verdad que no está muerto del todo. ____________
[•] J.P. Quiñonero
Ecos [abril 2010]
Del "volcado" de transferencias
de mis "antiguas" notas en «delSUR» me parece que ya no falta ni siquiera media docena. Ésta ha venido a mano a los veintiséis meses de su aparición. Redunda (quizás en exceso) sobre la figura del padre del Psicoanálisis; no sé si le hace justicia, pero no creo que a él pueda importarle un comino.
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