UNA SENTENCIA que es casi una máxima dice: A menudo lo que se calla es más importante que lo que se cuenta.
Entre los "graffiti" del 68, uno rezaba: Sólo tú sabes lo que importa.
Estas dos acotaciones, separadas en el tiempo y en el espacio pero cercanas en el sentido, no suelen presidir las reglas del combate incruento, intermitente pero inacabable, que se entabla a cada instante entre escritor y lector. En el combate específico que motiva este artículo –reveladora palabra que, etimología aparte, denota lo que todo escrito tiene de mercadería–, tales acotaciones se deben tener en cuenta. Una razón principal es que tanto el tema como el autor –objeto de las siguientes argumentaciones– son, periodísticamente, materia liquidada. Sin embargo, las liquidaciones abstractas no excusan las omisiones concretas. Vaya por delante un primer ejemplo:
La deuda de «Mil novecjentos ochenta y cuatro», por no decir la admiración que su autor profesaba a su precursor Jack London, no ha sido sopesada por los críticos ni los columnistas de los mass–media. Bastaba, en cambio, espigar un poco en la crítica autóctona (la anglófona, por supuesto) para encontrar referencias suficientes. Así, Hodgart, autor inédito en español, apuntaba hace casi cinco lustros que el año 1984 coincidía con el del libro de London sobre la supuesta instauración del fascismo en los Estados Unidos. El libro, escrito en 1907, era «El talón de hierro», mímesis de la historia, ficción cargada de referencias a fechas dispares, personas y hechos tanto reales como inventados pero que, según Hodgart, fue el sustrato de la imparcialidad esencial de «Mil novecientos ochenta y cuatro» al mostrar, por la pluralidad de los referentes, que "... tanto los fascistas como los revolucionarios de extrema izquierda están en primera instancia preocupados, no por las mejoras culturales o económicas, sino por el poder, por el poder lisa y llanamente".
La cita literal que precede es oportuna por un segundo motivo: puede ayudar a mantener, como espectadores, una imparcialidad paralela a su sentido; un equilibrio de juicio que es necesario para soportar las imágenes intensivas de los dominadores y sus métodos en la reciente película que pasará a la historia del cine por haber sellado la carrera de Richard Burton.
A las imágenes fílmicas de miseria mental y material, y de anomia profunda, contrastadas por flashes simbolistas, volveremos después. Mientras, si retornamos al texto, al libro que las motivó y, dando un paso más, entramos en el contexto temporal o "tiempo de la escritura", podremos comprobar que la imparcialidad de su autor no se agotaba en la valoración de las situaciones políticas alienantes que denunciaba, sino que se aplicaba igualmente a la crítica doméstica de algún personaje consagrado.
A MEDIADOS de 1944 no se había escrito todavía una sola página del libro que nos ocupa, aunque su autor llevaba varios meses imaginando el argumento. En esta etapa clave, de máxima creatividad, se produce la aparición fantasma de un artículo crítico muy agresivo sobre «La vida secreta de Salvador Dalí», una autobiografía. Por obra y gracia de la propia censura del editor que lo consideró obsceno, el artículo no formó parte del libro al que iba destinado, pero dejó rastro porque su título, «Benefit of Clergy», no fue borrado del índice. Publicado después en el volumen de ensayos críticos de 1946, extraemos unas citas del mismo para ilustrar que la dureza extrema en los juicios no está reñida con la imparcialidad: "... es un libro que hiede. Si fuera posible que un libro exudara físicamente la pestilencia de sus páginas, éste lo haría [...] sin embargo, frente a esto, hay que afirmar que Dalí es un dibujante excepcionalmente dotado [...] es un exhibicionista obseso por hacer carrera, pero no es un fraude [...] es un síntoma de la enfermedad de nuestro mundo". No parece necesario insistir en las citas para afirmar que esta crítica no otorgaba a su destinatario "privilegio de clerecía" alguno.
LA BIBLIOGRAFÍA en lengua inglesa sobre «Mil novecientos ochenta y cuatro», tratado monográficamente o dentro del conjunto de las obras de su autor, alcanzaba en 1980 cerca del centenar de títulos. Textos accesibles casi todos, que hacen fácil demostrar erudición en el tema, y que también permitirían alargar maliciosamente la lista de tópicos echados en falta. No obstante, sólo mencionaré otra omisión de suficiente relevancia: la deuda de la sociedad de "1984" y la de sus detractores (el "libro" de Goldstein) con la burocracia "burnhamita".
Advierto que, en rigor, esta omisión no ha sido absoluta, porque, en el contexto que me ocupa, al menos un columnista citó a James Burnham y su libro «La revolución de los managers». Pero la deuda no quedó muy clara; no llegó al gran público y, por ello, las lucubraciones sobre profecías de corte casi milenarista pudieron estirarse un poco más.
Lo singular es que hay un reconocimiento explícito del deudor, quien, poco después de su crítica al "privilegio", exactamente el 2 de febrero de 1945, escribía en Tribune: "... ante nuestros ojos, más o menos con la aquiescencia de todos, el mundo se está dividiendo en los dos o tres grandes superestados que Burnham anticipó en su libro [...] si el mundo adopta ese esquema, es muy probable que los estados estén en guerra permanentemente, aunque ésta no sea especialmente devastadora ni sangrienta..." .
La primera exposición de las tesis de Burnham se produce durante la etapa de triunfos del nacionalsocialismo (su libro se publica en 1941). Aún manteniendo su esquema, las tesis se van modificando en sucesivos artículos y publicaciones, señalando a los vencedores de turno como "previsibles" poderes titulares de las zonas de influencia del reparto mundial. El soporte ideológico y la organización derivada que haría posible mantenerse en el poder de los, casi inabarcables, superestados se denominó "colectivismo oligárquico".
AUNQUE la simplificación sea abultada, se puede decir que las tesis expuestas constituyen el soporte de la mitad del argumento de «Mil novecientos ochenta y cuatro». Los oligarcas son por descontado los miembros del "Inner Party" (el Partido Interior), y la síntesis de la doctrina, aunque parezca un contrasentido, está resumida en el "libro" del enemigo, de Emmanuel Goldstein.
El resto del argumento concierne a la negación del albedrío y a la falsificación de la Historia. A ello sí dedicaron suficiente atención los medios de comunicación, televisión incluida; pero sin poner demasiado énfasis en el mecanismo agregado a la falsificación: la manipulación del lenguaje desde su raíz. El objetivo perseguido con la simplificación o por la destrucción de palabras, yuxtaposición de las más simples, y por la trivialización de las estructuras gramaticales, no era baladí: suprimir los pensamientos heréticos o, por lo menos, hacerlos inexpresables.
En ésta tesis compuesta de la destrucción Historia/Lenguaje, es donde afloran los componentes utópicos de la historia–ficción.
La cualidad utópica, no importa que sea negativa, añade atractivo a cualquier argumento. Entendiéndolo así, Michael Radford, director de la reciente película que es la segunda versión filmica del libro, comienza proyectando los eslóganes que justifican aquella tesis. Cualquier espectador no iniciado –que se pueda perder el significado de lo que parece un juego de palabras– es ayudado enseguida por imágenes didácticas, realistas, que muestran cómo se lleva a la práctica el control del futuro por el pasado, a través del presente. Las imágenes insisten lo suficiente. No es posible dejar de entenderlas.
Como contrapunto, las luminosas imágenes simbolistas son más "oscuras". Es difícil escapar a la sensación de que el director de la película cuenta con la complicidad del espectador –antes lector–. Pero no sólo lector del libro, sino del estudio psicológico que ve "the Golden Country" (el País Dorado) como el lugar donde se funden el cuerpo de la madre y los restos de un paraíso natural del que sólo quedan retazos, jirones atrapados en la mente del inconsciente colectivo.
EL AUTOR de esta obra de política–ficción que, en apariencia, ha dejado de ser prospectiva, al disolverse los hechos y los días en el espacio–tiempo de su año homónimo, sonríe irónico desde el otro lado del espejo. Su libro se cierra informando que la adopción final de la "Neolengua", tras la eliminación de todos los vestigios de la antigua, no se producirá hasta el año 2050. Es obvio que durante esta segunda espera los sujetos a observar no son los ejecutivos ni los políticos. Son los aspirantes a ingreso en la Real Academia Española, a quienes no hay que perder de vista .
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Adenda a fecha 15 de setiembre de 2008.
No sólo los media, periódicos y revistas, sino la televisión y los foros "ad hoc"
se lanzaron sobre la jugosa conjunción del título del libro con la fecha real.
Algunas manifestaciones, incluso de personalidades notables, rayaron en el ridículo.
El presente artículo, primero que publiqué en la revista «DECISIÓN», salía al paso del torrente de tonterías que hubo que soportar.
La imagen de la película estaba en la revista; la portada del libro no. Intencionadamente ni siquiera nombro a Orwell en el artículo; muda e inocente protesta por los desafueros que a lo largo de 1984 malograron su descanso.
La página facsimil, primera de la novela 1984, que figura a la izquierda, me sirvió para llamar la atención del puñado de asistentes a un seminario sobre «columnismo». La privilegiada situación que disfrutamos hoy todos los "escribidores" del mundo quedo retratada ahí. Si todavía alguien, cualquiera que escriba, no ha calibrado el alcance del privilegio, deténgase unos minutos descifrando esa página.
Fabian Zola
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