[I]
Un mes antes de dar por terminado el manuscrito de su última y más famosa novela, George Orwell no había decidido el título que le iba a poner. Dudaba entonces entre The Last Man in Europe y el que por fin decidió, «1984». Había barajado otros títulos, pero ganó la simplicidad del que nació de una permuta pueril. El libro se había proyectado terminar y publicar en 1948 y, aunque no estaba considerado por su autor como una profecía, escenificaba el sombrío panorama de un futuro posible. Por tanto, una fecha suficientemente lejana, aunque no demasiado, era adecuada para titularlo. La permuta de las dos últimas cifras del año límite, 48 en 84, cumplía los requisitos. También hubiera valido jugar con 1949, el año siguiente, en el que realmente apareció la primera edición del libro; por tanto, los atributos que algunos fantasiosos colgaron de la efemérides carecieron del menor fundamento. Sin embargo, no todo lo que se escribió en la conjunción de fechas fue palabrería vana. Luciano Pellicani se manifestaba así:
La prensa, la radio y el cine totalmente estatalizados (o, en cualquier caso, debidamente controlados por el Estado) producen un universo simbólico homogéneo y compacto, en el cual al individuo no le cabe la menor posibilidad de elección.1
Son argumentos orwellianos trasladados de la ficción al ensayo. Lo cual quiere decir que el sombrío panorama cobró entidad suficiente para que debamos seguir preguntándonos si las socialdemocracias modernas tienden hacia el modelo que la cita describe. En otras palabras, si las maniobras para conservar el poder en los estados que (nos) llamamos democráticos no están derivando en acciones del más puro estilo totalitario. Las voces de muchos pensadores han ido denunciándolo. Es casi una banalidad repetir que los sistemas, como conjuntos de relaciones que son, envejecen en la medida que éstas se desgastan o deterioran. La resistencia al desgaste de las relaciones sociales no parece precisamente de las más perdurables. Es cierto que juega a su favor la extraordinaria capacidad de adaptación de los seres humanos, lo que en términos vulgares se llama aguante. Esa capacidad es bien conocida por quienes ejercen el poder, lo cual les permite un ancho margen de maniobra: en sentido temporal (pueden dilatar el cumplimiento de promesas electorales ad calendas graecas), y en sentido jurisdiccional (pueden tergiversar los mensajes hasta conceder lo contrario de lo prometido).
"Las promesas que contienen los programas electorales de los partidos están para ganar votos, no para ser cumplidas", he ahí una afirmación cínica que la opinión pública ha terminado por digerir (casi) sin inmutarse, —valga anotar al respecto, que los porcentajes de abstención que se dan en las elecciones son una buena evaluación del "casi"—. La medida del tiempo de demora, y la estimación del grado de distorsión que el pueblo, el demos, puede llegar a soportar es lo que los detentadores del poder, —desde el momento en que así lo ejerceen, lo detentan—, vigilan con mayor celo. Pero los descuidos se producen; no puede ser de otra manera. Ni siquiera recurriendo a las máquinas o a la inteligencia artificial o a los modelos de simulación de comportamientos, se llega a controlar algo tan sutil. La corrección de ese tipo de errores sólo puede hacerse a base de amputar los principios que sustentaron la llegada democrática al poder —el verbo está en pretérito porque, llegados a ese punto, los principios son cosa del pasado—. Cuando no se puede demorar más el cumplimiento de las promesas ni retorcer más el engaño, se van rompiendo una a una las cartas de la baraja. La herramienta imprescindible antes de recurrir a métodos más violentos es bien conocida: el control de la información. Ese control es el que permite proceder a la banalización del lenguaje en los medios, especialmente en la televisión. Es aquí donde debemos recuperar el discurso de Orwell: If thought corrupts language, language can also corrupt thought. No es casual que esa corrupción haya encontrado entre nosotros la palabra adecuada: telebasura. Este concepto no se ha producido del mismo modo que fue fabricada la neolengua por el estado totalitario de «1984», las cosas no están tan mal todavía. Pero sí ha concitado avisos de alarma, y no es para menos, porque la telebasura corrompe con la palabra y con la imagen. Y no hace falta repetir lo que vale una imagen2.
Además, aunque los niveles de deterioro estén, o se supongan, distantes, en la aldea global nadie queda fuera de la agresión mediática. Hasta el punto de que varias cadenas de televisión europeas tomaron el rábano por las hojas, y bautizaron un programa insignia del movimiento basurario con el nombre de "Gran Hermano". Interpretaron erróneamente, o quizás con toda intención, el sentido del Big Brother orwelliano, pero lo más lamentable no es eso, sino el sostenido espectáculo de insoportable inanidad que destila dicho programa a lo largo y ancho del mundo3.
La pregunta es entonces: ¿cómo se justifica la permanencia en antena de ésa y otras varias telebasuras? Aunque el lector lo sabe, espero que no le importe que abunde en ello el mes próximo.
1 Revista de Occidente, nº 33_4, Madrid; Marzo 1984
2 Hay ejemplos flagrantes que invierten el tópico. Dejo para otro día el más sobresaliente que conozco
3 Sonia cree que también llegó a la Argentina, lo que demuestra que ese tipo de corrupción es de mayor alcance que la marea negra, el "chapapote" que amenaza y arruina la costa gallega desde el mes pasado.
[II]
Terminé
el mes pasado con la pregunta: ¿cómo se justifica la permanencia en antena
de ésa y otras varias telebasuras?. Esa, señalaba y señala al programa titulado "Gran Hermano", hoy por
hoy, el buque insignia basurario que disfruta de elevados índices de
audiencia en muchas televisiones del mundo. La justificación elemental y
obvia es, por supuesto, el beneficio económico que obtienen sus
patrocinadores. Sin embargo, programas que reportarían grandes beneficios —la
pornografía dura, por ejemplo— no se emiten "en abierto". De la fácil
corruptibilidad del público siempre se obtiene dinero y los canales de pago,
los pay per view y demás canales codificados no dejan escapar esa tajada
donde se puede mostrar cualquier cosa. Pero los mecanismos de corrupción en
abierto han de ser sutiles, han de quedar en segundo plano. Lo que nos lleva
de regreso a Orwell: Si el pensamiento corrompe el lenguaje, éste también puede corromper a aquél.
Y de eso se trata.
Si
los controles atestiguasen que la teleaudiencia de unas y otras basuras va en
disminución, o siquiera que ha tocado techo, se podría despachar el asunto
con la tranquilizadora afirmación de que el remedio está a nuestro alcance:
mejoras progresivas y pautadas del material emitido podrían ir formando,
entreteniendo y enseñando a ese segmento de adictos a la baja calidad. Pero
no es así. El mercado impone su ley y hasta los canales públicos han entrado
en el juego. No deja de resultar sospechosa, además, la recaída exagerada en
el circo de fórmulas pretéritas: fútbol para merendar y cenar.
Cuando
los comentaristas políticos escriben hoy que la socialdemocracia se ha
agotado donde quiera que ha gobernado, o que los ciudadanos sólo son tratados
como tales para pedirles el voto, o que la democracia es traicionada día a día
por el gobierno, no hacen más que desvelar la esencia del mensaje de «1984»:
el recorte de las libertades, su paciente poda justificada por razones de
cualquier tipo. Una coartada común, bien aceptada por el sector de los proles
contemporáneos que sufren las consecuencias del "exceso" de
libertades existente, es la satanización de todo lo que se pueda presentar
como "enemigo". La fabricación de ésa y de otras coartadas más
complejas exige la presencia, tanto en los despachos del gobierno como de la
oposición, de intelectuales de todos los colores. Intelectuales que aprecien
las ventajas que les reportan moderadas dosis de pensamiento totalitario, por
ejemplo las que ponen su meta en el "2050", el año previsto para la
inmersión global en la "neolengua" y, con ella, en la desaparición
definitiva de gentes que piensen por su cuenta.
En
el libro El
instinto del lenguaje, Steven Pinker se muestra sin embargo menos
pesimista; cree que la neolengua quedará convertida en otra lengua más, y
que por tanto los conceptos de libertad e igualdad seguirán siendo concebibles por muy
innombrables que sean. Naturalmente eso es lo deseable, pero en el
momento presente debemos empezar a vigilar para que aquellos conceptos no
desaparezcan de los ultrasimplificados lenguajes que cruzan masivamente el
espacio de la telefonía móvil.
Si fuesen necesarias otras razones para justificar la conveniencia de
"revisitar" la obra del esforzado Quijote inglés, una subyace bajo
todos los argumentos antecedentes: la caducidad forzada precisamente por el título
de su mayor best-seller. Ese título le proporcionó un impulso añadido para
acompañar en los televisores de medio mundo los fuegos de artificio del uno
de Enero de 1984 y, de paso, también permitió a más de un avispado
publicista aprovechar la efemérides para hacer unos buenos dólares. Pero la
sobredosis de atención que aquellos fastos artificiales exigieron no parece
que haya sido especialmente beneficiosa para la persistencia del mensaje entre
las preocupaciones del ciudadano medio. Esta consideración no implica que la
obra completa de Orwell haya quedado relegada desde entonces al fondo de las
bibliotecas. Rebelión
en la Granja y Homenaje
a Cataluña han merecido igualmente entrar en el restringido club
de clásicos contemporáneos y la atención a esas obras es fácil que supere
a la que se preste a «1984» en el porvenir. Sin embargo, no es en ellas
donde el autor volcó hasta sus últimas energías en un esfuerzo
sobrecogedor, para que nunca más menospreciásemos las infiltraciones
insidiosas de la tiranía en las democracias del bienestar, que él ni
siquiera tuvo tiempo de ver consolidarse en Europa. Puede que la maltratada
Oceanía de sus visiones apocalípticas no tenga ya visos de realidad —una
catástrofe atómica nos arrojaría a un mundo que pertenece a la iconografía
del "Laetius" de Albert Boadella—. Por eso la pretensión de
mantener vigentes los otros aspectos del mensaje ha cobrado doble importancia.
Todas
las consideraciones precedentes deben bastar para retener siquiera una síntesis
informal: la aparición del entretenimiento basura y otros fenómenos
colaterales hacen imposible la obsolescencia del verdadero "Gran
Hermano". Al engendro televisivo hay que apuntarle al menos ese valor.
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FAB
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