REVISTA DE OCCIDENTE: «Amedeo Modigliani» Dic / 1975 (III ep. nº 2) p.48
En esta época, los aviones ligeros (que eran —como todo el mundo sabe— como tablas) volaban alrededor de una contemporánea mía (1889) ligeramente curvilínea y oxidada: la torre Eiffel. A mí me parecía como un gigantesco candil, perdido por un gigante en medio de una ciudad de enanos, algo así como un símbolo gulliveresco. Y a nuestro alrededor rugía el triunfante y recién nacido cubismo, al cual Modigliani permanecía ajeno.
Marc Chagall ya había traído a París al mágico Vitebsk y Charlie Chaplin —sin ser todavía una estrella, sino un joven desconocido— vagaba por los bulevares parisienses («El Gran Mundo» —como se denominaba entonces a la cinematografía— permanecía todavía elocuentemente silencioso).
«Y en el Norte, a gran distancia...» morían en Rusia León Tolstoi, Vrubel, Vera Komissarzhevskaia; los simbolistas se declaraban a sí mismos en estado de crisis y Aleksander Blok profetizaba:
Oh, si vosotros, niños, conocierais simplemente
el frío y la oscuridad
de los días que han de venir...
Las tres ballenas, sobre las que descansan ahora los años veinte —Proust, Joyce y Kafka— no existían todavía como mitos, porque permanecían con vida como personas.
Yo estaba firmemente convencida de que un hombre como Modigliani acabaría por hacerse famoso...
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El manuscrito original del ensayo
—del que procede este fragmento publicado en la RdeO—
apareció en la Biblioteca Pública de Nueva York.