Barthes, Roland
Cherburgo (Francia) 1915 — París 1980.
En 1976 ocupó en el Collège de France el primer sillón de Semiología Literaria
Obras principales: Le Degré zéro de l'écriture, El grado cero de la escritura, 1953; Mythologies, Mitologías, 1957; Essais critiques, Ensayos críticos, 1964; Sur Racine, Sobre Racine, 1963; La Tour Eiffel, La Torre Eiffel, 1964; S/Z, 1970; Fragments d'un discours amoureux, 1977.
Anti_autobiografía: Roland Barthes por Roland Barthes, 1975.
Susan Sontag publicó una colección póstuma de sus escritos: A Barthes Reader, 1982.
«El grado cero de la escritura» ::ISBN 84-323-1210-X
Es evidente que la figura preferida de la agudeza es la antítesis: comprende todas las categorías gramaticales, los sustantivos (por ejemplo, ruina / prosperidad, razón / naturaleza, humor / ingenio, etc. ) , los adjetivos (grande / pequeño) y los pronombres de apariencia más humilde (uno / otro), siempre que se encuentren en oposición significativa; e incluso más allá de la gramática, la antítesis puede comprender movimientos, temas, oponer, por ejemplo, todas las expresiones del arriba (elevarse) a todas las del abajo (decaer) .En el mundo de la máxima la antítesis es una fuerza universal de significación a tal punto que puede hacer espectacular (pertinente, dirían los lingüistas) un simple contraste de número, éste, por ejemplo: "No hay más una sola forma de amor, pero de éste hay mil copias diferentes", donde la oposición uno / mil constituye la agudeza. Se ve entonces que la antítesis no es solamente una figura enfática, es decir un simple decorado del pensamiento, es probablemente otra cosa más: la manera de hacer surgir el sentido de una oposición de términos; y como sabemos por las investigaciones recientes de la lingüística que este es el procedimiento fundamental de la significación (y ciertos fisiólogos dicen lo mismo de la percepción) comprendemos mejor por qué la antítesis concuerda tan bien con esos lenguajes arcaicos que son probablemente el verso y el aforismo. La antítesis es en el fondo el mecanismo desnudo del sentido y, como en toda sociedad evolucionada el retorno a las fuentes funciona finalmente como un espectáculo sorprendente, la antítesis se ha convertido en una agudeza, es decir en el espectáculo mismo del sentido.
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Mallarmé, una especie de Hamlet de la escritura, expresa cabalmente ese momento frágil de la Historia en el que el lenguaje literario se conserva únicamente para cantar mejor su necesidad de morir. La agrafia tipográfica de MalIarmé quiere crear alrededor de las palabras enrarecidas, una zona de vacío en la que la palabra, liberada de sus armonías sociales y culpables, felizmente ya no resuena. El vocablo, disociado de la impureza de los clisés habituales, de los reflejos técnicos del escritor, se hace entonces plenamente irresponsable de todos los contextos posibles; se acerca a un acto breve, singular, cuya matidez* afirma una soledad, por tanto, una inocencia. Este arte tiene la estructura del suicidio: el silencio es en él como un tiempo poético homogéneo que se injerta entre dos capas y hace estallar la palabra menos como el jirón de un criptograma que como luz, vacío, destrucción, libertad.
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* cualidad de "mate" [DRAE]
«Crítica y verdad» :: ISBN 84-323-1212-6
Hay una claridad de la escritura, pero esta claridad tiene más relaciones con la Noche del tintero, de que hablara Mallarmé, que con los remedos modernos de Voltaire o de Nisard. La claridad no es un atributo de la escritura: es la escritura misma, desde el instante en que está constituida como escritura, es la felicidad de la escritura, es todo ese deseo que está en la escritura. Es un problema, qué duda cabe, muy grave para un escritor el de los límites de su recibimiento; al menos, él escoge esos límites, y si le ocurre aceptar que sean estrechos es precisamente porque escribir no consiste en establecer una relación fácil con un término medio de todos los lectores posibles; consiste en establecer una relación difícil con nuestro propio lenguaje: un escritor tiene más obligaciones con una palabra que es su verdad que con el crítico de La Nation française o de Le Monde.
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... quererse escritor no es una pretensión de status, sino una intención de ser. ¿Qué nos importa si es más glorioso ser novelista, poeta, ensayista o cronista? El escritor no puede definirse en términos del papel que desempeña o de valor, sino únicamente por cierta conciencia de habla. Es escritor aquel para quien el lenguaje crea un problema, que siente su profundidad, no su instrumentalidad o su belleza.
