Baudrillard, Jean


Reims (Francia) 1929 —
Sociólogo, escritor, profesor de Filosofía. Lúcido analista del fenómeno del terrorismo contemporáneo.
Medalla de oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid (2005)

Obras principales: La sociedad de consumo, 1970; Crítica de la economía política y del signo, 1972; El intercambio simbólico y la muerte, 1976; De la seducción, 1981; Cultura y simulacro, 1981; Las estrategias fatales, 1983; La izquierda divina, 1985; La transparencia del mal, 1990; La guerra del Golfo no ha tenido lugar, 1991; América, 1997; Ilusión, desilusión estéticas, 1997; Contraseñas, 2002; La violencia de lo mundial, 2003.
 


«Las estrategias fatales» :: ISBN 84-339-0074-9
 
Después de que el azar nos haya sumergido en una incertidumbre anormal, hemos respondido a él con un exceso de causalidad y de finalidad. La hipertelia no es un accidente en la evolución de algunas especies animales, es el desafío de finalidad que responde a una indeterminación creciente. En un sistema en el que las cosas están cada vez más entregadas al azar, la finalidad se convierte en delirio, y desarrolla unos elementos que saben perfectamente superar su fin hasta invadir la totalidad del sistema.
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Pensemos también en el Juez D’Urso, hallado atado y amordazado en un coche; no muerto, sino con unos auriculares y una música sinfónica a todo volumen: transistorizado. Mierda sagrada que en cada ocasión las B.R. han ido a arrojar a los pies del Partido Comunista.
Esta obscenidad, este apriorismo exhibicionista del terrorismo, contrariamente al apriorismo inverso del secreto en el sacrificio y en el ritual, explica su afinidad con los media, a su vez el estadio obsceno de la información. Sin los media, no habría terrorismo, según se dice. Y es cierto que el terrorismo no existe en sí mismo: es el rehén de los media, de la misma manera que ellos lo son de él. No hay final para este encadenamiento del chantaje; todo el mundo es el rehén del otro, es el fin del fin de nuestra relación llamada «social». Existe, además, otro término detrás de todo eso, que es como la matriz de este chantaje circular: son las masas, sin las cuales no habría ni media ni terrorismo.
Las masas son el prototipo absoluto del rehén, de la cosa tomada como rehén, es decir anulada en su soberanía, abolida e inexistente como sujeto, pero ¡cuidado! radicalmente incambiable como objeto. Al igual que el rehén, no hay nada que hacer con ellas y no sabemos cómo librarnos. Ahí está la revancha inolvidable de las masas. Esta es la fatalidad de la manipulación, que jamás puede ser ni hacer las veces de la estrategia.
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Lo inintercambiable es el objeto puro, aquel cuya fuerza prohíbe tanto poseerlo como cambiarlo. Algo muy precioso que no sabemos cómo sacarnos de encima. Quema en las manos, no se negocia. Algo a lo que se mata, pero que se venga. El cadáver juega siempre este papel. La belleza también. Y el fetiche. Carece de valor, pero no tiene precio. Es un objeto sin interés, y al mismo tiempo completamente singular, sin equivalente y por así decirlo sagrado.
El rehén participa de los dos a un tiempo: es un objeto anulado, abolido, anónimo, y un objeto absolutamente diferente, excepcional, de alta intensidad, peligroso, sublime (tan peligroso como el terrorista: preguntad a los responsables de la liberación de los rehenes si éstos no inspiran, por su misma existencia, por su misma presencia, el mismo terror que el terrorista; por otra parte, para liquidar la situación, la supresión de los rehenes es objetivamente equivalente a la de los terroristas: los gobiernos elegirán unas veces una y otras la otra, según la coyuntura).
Por todos estos motivos, el rehén ya no es negociable en secreto. Precisamente a causa de su convertibilidad absoluta. Ninguna situación realiza hasta tal punto esta paradoja: arrancado al circuito del intercambio, el rehén se convierte en intercambiable por cualquier cosa. Convertido en sagrado por sustracción, por el estado de excepción radical en que está situado, el rehén se convierte en el equivalente fantástico de todo el resto.
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Ni espectadores, ni actores: somos unos mirones sin ilusión.
Si estamos anestesiados, es que ya no existe estética (en el sentido literal) de la escena política, ya no existe ninguna puesta, ya no existe regla de juego. Pues la información y los media no son una escena, un espacio con perspectiva, en el que se interpreta algo, sino una pantalla sin profundidad, una banda perforada de mensajes y de señales a la que corresponde una lectura también perforada del receptor.
Nada puede compensar esta pérdida de toda escena y de toda ilusión en la simulación automática de lo social, en la simulación automática de lo político. Y menos que nada el discurso de los políticos, obligados todos ellos a simular en una gesticulación patética, pornógrafos de la indiferencia cuya obscenidad oficial acompaña y subraya la obscenidad de un universo sin ilusión. Por otra parte, a todo el mundo le importa un rábano. Estamos en el éxtasis de la política y de la historia –perfectamente informados e impotentes, perfectamente solidarios y paralizados, perfectamente fijados en la estereofonía mundial–, transpolitizados vivientes.
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(subr. mío)

«La violencia de lo mundial » :: ISBN 84-493-1517-4
 
Existen diferentes hipótesis posibles sobre el terrorismo, de la hipótesis cero a la que yo denominaría soberana. Salvo esta última, todas ellas tienden a atribuirle un sentido histórico, político, religioso, psicológico y, de este modo, a borrar su singularidad.
La hipótesis cero es que el acontecimiento terrorista no tiene una particular importancia. Es insignificante, no hubiera debido existir y, en el fondo, no existe. No es más que una peripecia accidental hacia el bien y la felicidad. Coincide en este punto con la visión teológica, según la cual el mal no es más que una ilusión.
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Si la pretensión del terrorismo era desestabilizar el orden mundial o desestabilizar el Estado, como se decía antes, entonces es absurda. El orden mundial o el Estado son ya tan inexistentes, propiamente hablando, y fuente de un tal desorden y de una tal desestabilización, que de nada sirve querer incrementarlos. Se corre incluso el riesgo de que, a través de este desorden suplementario, se acabe reforzando el orden y el control estatal, como estamos viendo hoy en la implantación de nuevas medidas de seguridad por todas partes.
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El terror no tiene fin, es un fenómeno extremo, es decir, que en cierto modo está más allá de su fin: es más violento que la violencia.[...]
Marx decía: «Un espectro acosa hoy a Europa: es el comunismo». Nosotros podríamos decir: «Un espectro acosa hoy al orden mundial: es el terrorismo».
 

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