Bernárdez, Enrique

Madrid, 1949 —
Doctor en Filosofía y letras y catedrático de Filología en la Universidad Complutense de Madrid; especialista en lingüística y filología nórdica. Sus libros se ocupan de temas lingüísticos; ha traducido textos medievales islandeses.
Obras principales: Teoría y epistemología del texto, 1995; ¿Qué son las lenguas?, 1999; Los mitos germánicos, 2002; El lenguaje como cultura, 2008.
 


«¿Qué son las Lenguas?» :: ISBN 84-206-4199-5
 
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Como han señalado diversos autores, entre ellos varios ingleses y  norteamericanos, el inglés parece tener aversión a que se hablen  otras lenguas en su territorio, incomparablemente más que  cualquiera de las otras grandes lenguas internacionales. No es sólo  cosa de «indios»: hay aún más de 300.000 hawaianos «étnicos» (la  mayoría mestizos), pero mucho menos de 10.000 conocen aún algo  de su idioma y sólo 2.000 lo utilizan corrientemente.
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Lo cierto es que ni español ni francés ni portugués ni ruso ni árabe ni  chino ni malayo-indonesio ni hindi ni swahili... lenguas todas ellas  con muchos millones de hablantes, han ocasionado las hecatombes  lingüísticas que caracterizan a las regiones donde el inglés lleva  asentado más de un siglo. Para encontrar un caso parecido habría  que remontarse al latín.
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El vasco nunca ha dejado de ser una lengua viva aunque a lo largo de los siglos ha ido retrocediendo y su uso quedó casi limitado a las áreas rurales. Lo que sucede es que si queremos revitalizar una lengua que se encuentra en una situación no muy favorable, hay que tomar medidas; sucedió con el  hebreo, tiene que suceder con las lenguas indias de Estados Unidos  que se quiera salvar. Aprender vasco es mucho más complicado que  tocar el txistu, de modo que es necesaria alguna motivación extra; de  otro modo, no habrá demasiada gente dispuesta a hacer el esfuerzo  necesario. Hay que hacer obligatoria la enseñanza del vasco en su  territorio igual que es obligatoria la enseñanza de la química o de las  matemáticas.
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la lengua, el lenguaje, es un elemento fundamental de la vida  del ser humano. ¡Ahí es nada: somos humanos porque tenemos  lenguaje! Por otro lado, nadie ha conseguido demostrar nunca que  saber varias lenguas sea algo malo, más bien todo lo contrario: el  bilingüismo precoz es ventajoso tanto para el desarrollo cognitivo como para el proceso de socialización.

«El Lenguaje como Cultura» :: ISBN 978-84-206-6848-2
 
... en los Estados Unidos ha empezado a crecer la presión para que las revistas científicas, empezando por Science, abran sus páginas a trabajos pseudocientíficos encuadrables en lo que suele denominarse «creacionismo», que pretende sustituir la teoría de la evolución por el relato bíblico en su interpretación cristiana más fundamentalista. También se intenta incluir esa disciplina religiosa y seudocientífica en los currícula escolares y universitarios. Ahora se prefiere hablar, más que de creacionismo, de intelligent design, «diseño inteligente»: según esta seudoteoría, fenómenos tan complejos como los de la vida exigirían, en último término, el recurso a una mente superior que con su infinita sabiduría diseñó la estructura del ojo de los vertebrados, los enlaces sinápticos en el cerebro o el complejo juego de huesos del pie humano...
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¿Llegará un momento en el que habrá que hacer una ciencia cristiana, otra islámica, otra odínica? La historia de las iglesias ha puesto de manifiesto multitud de veces su escasísima afición al pensamiento científico (cfr. Onfray 2005). Si se me permite una anécdota personal, durante mis estudios medios, en tiempos del dictador y el nacionalcatolicismo (que está intentando volver a las andadas, para desgracia de todos), tuvimos que aprender en clase de religión l4 que los hombres tenemos una costilla menos que las mujeres, consecuencia de la creación de Eva a partir de una costilla de Adán. Esto nos provocó serios problemas cuando los profesores de ciencias naturales explicaron que todos los seres humanos tenemos el mismo número de costillas. ¿Hemos de volver a eso?
l4 Nuestro profesor era «Camarero secreto de Su Santidad», según rezaba en su libro de texto. Denominación que siempre nos resultó misteriosa, pero que garantizaba una elevada categoría.

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... tampoco es tan sencillo poner nombre a las lenguas medievales. De hecho, en la Europa de entonces resultaba bastante complicado hablar de lenguas individuales, como hacemos ahora (incluso al referirnos a ellas en la historia de las lenguas modernas). Por citar un ejemplo bastante familiar, tenemos lo que en los medios y en algunas grandes celebraciones se denomina «cuna de la lengua española») las glosas romances conservadas en el Monasterio de San Millán, en La Rioja. Ahora sabemos que fueron escritas hacia 1050 y que no se trata del primer texto «castellano», pues en León hay uno anterior, de hacia el año 980: «una lista de quesos utilizados por el despensero del convento» (Moreno Fernández 2005)* 23. Ahora bien, ¿son castellanas las glosas o la lista de quesos? Parece que en buena medida sí, aunque no del todo, si bien la variante concreta de lengua románica en que están escritas es prácticamente imposible de definir en una época tan temprana. Es como el primer gran poeta de nombre conocido, Gonzalo de Berceo (también activo en San Millán), que en realidad no escribió en una lengua que sea antecedente directo e inmediato de lo que llamamos castellano, sino en otra un poco distinta, que llamaríamos riojano.
* –Historia social de las Lenguas de España- Barcelona, Ariel

23 Dámaso Alonso manifestó (orgulloso, supongo) que, a diferencia de los primeros textos en francés, italiano o inglés, el más antiguo en «español» es «una oración. Nuestra lengua nace hablando con Dios» (Nieto Viguera 2007: 58). El P. Joaquín Peña añadió que la oración de las glosas es «como el bautismo de nuestra lengua castellana» (ibíd.). Estas solemnes y grandilocuentes tonterías solamente tienen una justificación ideológica, al estilo de la supuesta «España Eterna» que hemos visto. Supongo que, como el texto más antiguo (de momento) es en realidad una lista de quesos, ello indica que, como no podía ser de otro modo, la «Lengua española» brota presagiando la excelsa calidad de nuestros quesos y la acendrada afición a consumirlos que caracteriza a los pobladores de nuestra inmortal e inmarcesible patria.

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