Bernhard, Thomas
Heerlen (Holanda) 1931 — Gmunden 1989.
Pentalogía autobiográfica: Die Ursache, La causa, 1975; Der Keller, El sótano, 1976; Der Atem, El aliento, 1978; Die Kälte, El frío, 1981; Ein Kind, Un niño, 1982.
Novelas: Frost, Hielo, 1963; Verstörung, Trastorno, 1967; Das Kalkwerk, La calera, 1970; Korrektur, Corrección, 1975; Beton, Cemento, 1982; Auslöschung, Extinción, 1986.
Teatro: Die Jagdgesellschaft, La sociedad de caza, 1974; Vor dem Ruhestand, Ante la jubilación, 1976; Die Berühmten, Los famosos, 1974; Minetti y Ritter, Dene, Voss, 1976; Heldenplatz, El lugar de los héroes.
Las únicas entrevistas que autorizó imprimir figuran en el libro de K.Fleischmann Thomas Bernhard un encuentro.
«El sótano» Der Keller. Eine Entziehung :: ISBN 84-339-3053-2
La memoria se atiene exactamente a los acontecimientos y se atiene a la cronología exacta, pero lo que resulta es algo muy distinto de lo que fue realmente. Lo descrito hace comprensible algo que, sin duda, corresponde al deseo de verdad del que lo describe, pero no a la verdad, porque la verdad no es en absoluto comunicable.
[...]
Nos reconocemos en cada ser humano, sea el que sea, y estamos condenados a ser cada uno de esos seres humanos, mientras existamos. Somos todas esas existencias y existentes reunidos, y nos buscamos a nosotros mismos, y sin embargo no nos encontramos, por insistentemente que nos esforcemos. Hemos soñado con franqueza y claridad, pero ha sido sólo un sueño. A menudo hemos renunciado y comenzado otra vez, y todavía renunciaremos y comenzaremos otra vez a menudo. Pero todo da igual.
«El aliento» Der Atem. Eine Entscheidung :: ISBN 84-339-3063-X
Ese descubrimiento, que la literatura puede ofrecer la solución matemática de la vida y, en todo instante, también de la propia existencia, si se pone en marcha y se practica como una matemática, o sea, con el tiempo, como un arte matemático bastante alto y, finalmente, como el más alto, que sólo podemos calificar de lectura cuando lo dominamos por completo, sólo lo había podido hacer después de la muerte de mi abuelo, ese pensamiento y ese conocimiento se los debía a su muerte. Así pues, me había hecho los días útiles e instructivos, y pasaban también más rápidamente. Con la lectura pude atravesar los abismos abiertos también aquí en todo momento, y salvarme de los estados de ánimo inclinados sólo a la destrucción.
«El frío» Die Kälte. :: ISBN 84-339-3072-9
Mi abuelo había visto bien el mundo: como una cloaca, en la que se desarrollaban las formas más hermosas y complicadas, si se miraba el tiempo suficiente, si se abandonaba la vista a aquella perseverancia microscópica. La cloaca tenía dispuestas las bellezas de la Naturaleza para la mirada aguda, para la mirada revolucionaria. Pero seguía siendo una cloaca. Y quien la mira mucho tiempo, la mira durante decenios, se fatiga y muere y/o se precipita en ella de cabeza.
«Un niño» Ein Kind. :: ISBN 84-339-3093-1
Todo el que vende algo que no existe es acusado y condenado, decía mi abuelo, pero desde hace milenios la Iglesia vende a Dios y al Espíritu Santo abiertamente, con absoluta impunidad. Y además sus explotadores, hijo mío, y por lo tanto los que mueven los hilos, viven en palacios principescos. Los cardenales y arzobispos no son más que recaudadores sin escrúpulos a cambio de nada. Mi madre era una persona creyente. No creía en la Iglesia, probablemente tampoco en Dios, al que su padre, mientras vivió, había declarado muerto una y otra vez, pero creía. Se aferraba a su creencia, aunque se daba cuenta también, como todos los creyentes, de que cada vez la dejaba más en la estacada.
«Trastorno» Verstorung :: ISBN 84-204-2500-1
Tengo que irme a la cama antes de las once, pienso, y levantarme a las cinco. La menor desviación de mi plan de estudio me desequilibra. Cuando se es un hombre de ciencia sólo se puede ir por la vida por el interminable camino oscuro —casi siempre totalmente desierto— de la propia ciencia.
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El intelecto es dictatorial; no hay un intelecto republicano. El que piensa se encuentra cada vez más en un enorme orfanato, en el que se le demuestra con frecuencia que carece carece de padres. Todos carecemos de padres; nunca estamos solitarios, pero siempre estamos solos.
«Ante la jubilación» Vor dem Ruhestand :: ISBN 84-89753-42-3
[...] / los médicos son una raza extraña / Nunca me he entendido con ellos / Cuando se les pregunta algo / responden evasivas / y no sólo cuando se les pregunta algo médico / nunca responden directamente / todo son respuestas evasivas / no pueden mirar a la cara / Los médicos tienen mala conciencia / desde hace siglos decía padre tenía razón / Quien cree a un médico está perdido / decía padre / entrar en relación con un médico / significa nada menos que entrar en relación con la muerte / Cuando nos confiamos a los médicos / estamos destinados a la muerte / Si nos encontramos con un médico / lo mejor es apartarse de su camino / nos evitaremos padecimientos espantosos y la mayoría de las veces perpetuos / Los médicos son los que suministran la muerte decía padre / Están bien si sólo los utilizamos / para que por orden nuestra por decirlo así / nos quiten el apéndice o nos sierren una pierna / porque si no de todos modos estaríamos perdidos / pero de otro modo / el trato con los médicos es de lo más peligroso es mucho mejor invitar al primer violín / de la orquesta filarmónica como decía padre / eso no perjudica en ningún caso / si sólo lo hacemos una o dos veces al año.
