Camus, Albert

Mondovi –hoy Drean- (Argelia) 1913 — Villeblerin (Francia) 1960.
Estudió en la Universidad de Argel; tuvo que abandonar enfermo de tuberculosis. Representó obras teatrales para los obreros. Como periodista viajó por Europa y en 1940 fue contratado por el periódico Paris-Soir. Militó en la Resistencia en la que se distribuyó la revista Combat, que el dirigió.
Es reconocido como uno de los principales escritores del Existencialismo.
Recibió el Nobel de Literatura en 1957.
Novelas: Bodas 1939; El extranjero 1942;  La peste 1947 –su obra maestra-; La caída 1956; El exilio y el reino 1957 -colección de cuentos-.
Obras dramáticas: El malentendido 1944; El estado de sitio 1948; Los justos 1950; Calígula, 1938 –no se representó hasta 1945, es su obra de teatro capital.
Ensayos: El mito de Sísifo 1942; El hombre rebelde 1951, -del que derivó La caída.


«Calígula» :: ISBN 84-206-3283-X
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CALÍGULA (imperturbable)
El orden de las ejecuciones no tiene, en efecto, ninguna importancia. O, más bien, esas ejecuciones tienen una importancia idéntica, lo que significa que no tienen ninguna. Por lo demás, tan culpables son unos como otros. Tened en cuenta, por otra parte, que no es más inmoral robar directamente a los ciudadanos que infiltrar impuestos indirectos en el precio de las cosas que les son imprescindibles. Como todo el mundo sabe, gobernar es robar. Pero hay maneras y maneras. La mía será la de robar francamente. Acostumbrados como estabais a los rateros, notaréis un cambio.
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«El mito de Sísifo » :: ISBN 84-206-3283-X

Lo absurdo y el suicidio
No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. Se trata de juegos; primeramente hay que responder, y si es cierto, como pretende Nietzsche, que un filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo, se advierte la importancia de esa respuesta, puesto que va a preceder al gesto definitivo.
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Pero es casi imposible ser lógico hasta el fin. Los hombres que se matan siguen así hasta el final la pendiente de su sentimiento. La reflexión sobre el suicidio me proporciona, por tanto, la ocasión para plantear el único problema que me interesa: ¿hay una lógica hasta  la muerte? No puedo saberlo sino siguiendo, sin apasionamiento desordenado, a la sola luz de la evidencia, el razonamiento cuyo origen indico. Es lo que llamo un razonamiento absurdo. Muchos lo han comenzado, pero no sé todavía si se han atenido a él. [...]

El mito de Sísifo
Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.
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Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser se dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra.
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Si este mito es trágico, lo es porque su protagonista tiene conciencia. ¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en que se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde, conoce toda la magnitud de su miserable condición: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no se venza con el desprecio. [...]


«La caída» :: ISBN 84-206-3701-7
 
Cuando se ha meditado largamente sobre el hombre, por oficio o por vocación, se llega a sentir cierta nostalgia por los primates. Ellos no tienen segundas intenciones.
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¡Cuánto queremos a los amigos que acaban de dejarnos! ¿No es cierto? ¡Cuánto admiramos a los maestros que ya no hablan porque tienen la boca llena de tierra! Entonces el homenaje brota espontáneamente, ese homenaje que quizá habían esperado de nosotros durante toda su vida. ¿Pero sabe usted por qué somos siempre más justos y generosos con los muertos? La razón es muy sencilla. Con ellos no tenemos obligaciones. Nos dejan libres, podemos tomarnos todo el tiempo que queramos, colocar el homenaje entre un cóctel y una querida afectuosa, a ratos perdidos, en suma. Si a algo nos obligan sería a la memoria, y tenemos la memoria demasiado corta. ¡No, el amigo que queremos es el muerto fresco, el muerto doloroso, queremos nuestra emoción, .nos queremos a nosotros mismos, vaya!
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El talante del éxito, cuando se lleva de cierto modo, haría rabiar a un asno.
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Veamos, ¿sabe usted por qué crucificaron a aquél, ese en quien usted está quizá pensando en este momento? Bien, había una buena porción de razones para hacerlo. Siempre hay razones para asesinar a un hombre. Por el contrario, es imposible justificar que viva. Por eso el crimen siempre encuentra abogados, y la inocencia sólo los encuentra a veces. Pero junto a las razones que nos han sido muy bien explicadas durante dos mil años había una razón de importancia para esa espantosa agonía, y no sé por qué se oculta tan cuidadosamente. La verdadera razón es que él sabía que no era del todo inocente. Si bien no llevaba el peso de la culpa de que era acusado, otras habría cometido, aunque ignorara cuáles. Además, ¿las ignoraba? Después de todo la culpa ya estaba en sus comienzos; debía haber oído hablar de cierta matanza de inocentes. Los niños de Judea asesinados mientras sus padres le llevaban a él a lugar seguro, ¿por qué habían muerto los otros sino por culpa suya? Claro está que él no lo deseaba. Aquellos soldados ensangrentados, aquellos niños descuartizados le horrorizarían. Pero tal como él era, estoy seguro de que no lo pudo olvidar. Y toda aquella tristeza que se adivina en sus actos, ¿no sería la incurable melancolía de quien todas las noches oía la voz de Raquel, gimiendo por sus niños y rechazando cualquier consuelo? ¡El lamento se alzaba en la noche, Raquel llamaba a sus hijos muertos por él, y él estaba vivo!
Sabiendo lo que sabía, conociendo todo del hombre (¡ah!, ¡quién hubiera pensado que el crimen no consiste tanto en hacer morir como en no morir uno mismo!), confrontado día y noche a su crimen inocente, se hacía demasiado difícil para él mantenerse en pie y continuar. Más valía terminar, no defenderse, morir, para no seguir siendo el único con vida y para ir a otra parte, a un lugar donde quizá le apoyarían. No fue apoyado, se quejó y, para rematarlo todo, fue censurado. Sí, creo que fue el tercer evangelista el que empezó por suprimir su queja. «¿Por qué me has abandonado?» Era un grito sedicioso, ¿no es cierto? ¡Y por lo tanto, las tijeras! Por otra parte, observe que si Lucas no hubiera suprimido nada, apenas hubiéramos advertido la cosa; en todo caso no hubiera ocupado tanto lugar. De ese modo el censor pregona lo que proscribe. También el orden del mundo es ambiguo.
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A veces se puede ver más claro en el que miente que en quien dice la verdad. La verdad, como la luz, ciega. La mentira, al contrario, es un bello crepúsculo que valoriza todos los objetos.
 

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