Carver, Raymond
Clatskanie (Oregón), 1938 – Port Angels (Washington), 1988
Escritor, poeta, y ensayista estadounidense, que destacó principalmente por sus narraciones breves, la corriente minimalista de los años sesenta. Cuando logró controlar el alcoholismo y ya era conocido internacionalmente, falleció a los 50 años de un cáncer de pulmón. La poetisa Tess Gallagher compartió con él los diez últimos años de su vida. Fue investido miembro de la Academia Americana de Artes y letras y recibió el «Premio O. Henry» de relatos cortos en 1983. La crítica norteamericana asocia su relatos al "minimalismo" y lo considera fundador del "realismo sucio" –¡!–.
Narrativa:
Will You Please Be Quiet, Please?, ¿Quieres hacer el favor de callarte?, 1976; What We Talk about When We Talk about Love, De qué hablamos cuando hablamos de amor, 1981; Cathedral, Catedral, 1983; Three Yellow Roses, Tres rosas amarillas [en Where I'm Calling From, Desde donde llamo],1988; Short Cuts, Vidas cruzadas, 1993; Call if You Need Me, Si me necesitas, llámame, 2000.
Hay notables variaciones de los contenidos (número de cuentos agrupados en una u otra compilación) según la edición y también según la traducción del país editor. Además, el fecundo trabajo que realizó T. Gallager después del fallecimiento de Carver (el más notorio la asistencia que prestó a Robert Altman en la versión cinematográfica de Short Cuts) se extendió hasta mediado el año 2006 y reestructuró narraciones antecedentes con otras inéditas. En 2005 se publicó una antología de relatos, poemas, críticas y otros escritos con el título Sin heroísmos por favor, y en setiembre de 2006 Todos nosotros, recopilación de la obra poética de Carver, incluidos varios poemas inéditos.
«Tres rosas amarillas» :: ISBN 978-84-339-1484-2
CAJAS
[...] Justo es decir que mi madre ve a Jill como a una intrusa. A sus ojos Jill no es sino una más en la serie de chicas que han ido apareciendo en mi vida desde que mi mujer me abandonó. Alguien, a su juicio, capaz de apropiarse de parcelas de afecto, de atención e incluso de dinero que de otro modo irían a parar a ella. Pero ¿alguien merecedor de respeto? En absoluto. Recuerdo –son cosas que no se olvidan– que a mi mujer, antes de casarnos, la trataba de puta, y que volvió a tratarla de puta quince años después, cuando me dejó por otro. [...]
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TRES ROSAS AMARILLAS
[...] El doctor Schwöhrer cogió la mano de Chejov, que descansaba sobre la sábana. Le tomó la muñeca entre los dedos y sacó un reloj de oro del bolsillo del chaleco, y mientras lo hacía abrió la tapa. El segundero se movía despacio, muy despacio. Dejó que diera tres vueltas alrededor de la esfera a la espera del menor indicio de pulso. Eran las tres de la madrugada, y en la habitación hacía un bochorno sofocante. Badenweiler estaba padeciendo la peor ola de calor conocida en muchos años. Las ventanas de ambas piezas permanecían abiertas, pero no había el menor rastro de brisa. Una enorme mariposa nocturna de alas negras surcó el aire y fue a chocar con fuerza contra la lámpara eléctrica. El doctor Schwöhrer soltó la muñeca de Chejov. «Ha muerto», dijo. Cerró el reloj y volvió a metérselo en el bolsillo del chaleco.
«Short Cuts» :: ISBN 978-84-339-6679-7
VITAMINAS
[...]
–He oído hablar de estas orejas secas, y hasta de penes.
–Se la arranqué a un norvietnamita –explicó Nelson–. Ya no podía oír nada con ella. Quería un recuerdo.
Khakhi le dio vuelta a la oreja con la cadena. Donna y yo empezamos a salir del reservado.
–Tú no te vas, chica –dijo Nelson.
–Nelson –dijo Benny.
Khakhi vigilaba a Nelson. Yo estaba de pie junto al reservado con el abrigo de Donna. Las piernas me temblaban frenéticamente.
–Si te vas con este maricón –dijo Nelson, alzando la voz– y le dejas que te coma el chumino, os las veréis conmigo.
Empezamos a alejarnos del reservado. La gente miraba. [...]
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¿QUIERES HACER EL FAVOR DE CALLARTE, POR FAVOR?
[...]
Ambos se consideraban una pareja feliz, y en el firmamento de su matrimonio no había habido sino un solo nubarrón, y lejano ya en el tiempo: el próximo invierno haría ya dos años. Era algo de lo que no habían vuelto a hablar desde entonces. Pero Ralph pensaba en ello a veces (estaba dispuesto a admitir, de hecho, que pensaba en ello cada día más y más). Cada vez con más frecuencia se presentaban ante sus ojos imágenes pavorosas, ciertos inconcebibles pormenores. Porque se le había metido en la cabeza la idea de que su mujer le había sido infiel una vez con un hombre llamado Mitchell Anderson. [...]
