Castilla del Pino, Carlos
San Roque (Cádiz) 1922 — Córdoba 2009.
Académico de la Lengua en 2003
Novelas: Discurso de Onofre, 1977; La alacena tapiada, 1991.
Autobiografía: Pretérito imperfecto, 1997; Casa del Olivo, 2004.
Ensayos y principales obras: Dialéctica de la persona, dialéctica de la situación, 1968; Un estudio sobre la depresión, 1966; La culpa, 1968; Naturaleza del saber, 1969; Introducción al masoquismo, 1973; La incomunicación, 1970; Cuatro ensayos sobre la mujer, 1971;Sexualidad y represión, 1971.
Psiquiatría y discurso: Introducción a la hermenéutica del lenguaje, 1972; Introducción a la psiquiatría I y II, 1979-1980; Estudios de psicología sexual, 1984; Teoría de la alucinación, 1984; Cuarenta años de psiquiatría, 1987; Celos, locura, muerte, 1995; Teoría de los sentimientos, 2000; Cordura y locura en Cervantes, 2005.
Ha dirigido los Seminarios anuales de Antropología de la Conducta de los que se han publicado las compilaciones sucesivas desde El discurso de la mentira, 1987, hasta El odio,2002.
«Discurso de Onofre» :: ISBN 84-8310-105-X
[...] sé, sin lugar a dudas, que la veracidad no es cuestión de quererla, que incluso el querer ser veraz es ya, de por sí, altamente sospechoso de que se va a mentir a sabiendas o sin saberlo, que no hay expresión que ponga más eficazmente en guardia como un inicio con formulación tal como «voy a ser sincero» y afines.
«Naturaleza del saber» :: Dep. legal M.9346-1968
Me refiero al principio de verificabilidad. La tesis sobre Feuerbach [...] es conocida de todos, pero aún así me creo en el deber de recordarla. Reza así: «el problema de si al pensamiento humano se le puede atribuir una verdad objetiva no es un problema teórico. sino práctico. Es en la práctica donde el hombre tiene que demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poderío. la terrenalidad de su pensamiento. La discusión sobre la realidad o irrealidad de un pensamiento aislado de la práctica es un problema puramente escolástico.» *
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* MARX: Thesen über Feuerbach, en Marx-Engels, I, Studienausgabe, Philosophie Fischer. 1966, pg. 137
«La culpa» :: ISBN
El error ético se paga en forma de incapacidad para gozar de lo conseguido, y si afecta [...] a la totalidad de lo hecho, el precio impuesto es la conciencia de la vacuidad de la vida entera. *
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* La imposibilidad de gozar del éxito —éxito según el observador, no según el protagonista del mismo— constituye uno de los mecanismos de defensa frente a la culpa. Ya se ha cometido la culpa, pero de sus efectos no puede gozarse porque de hacerse yo me veo culpable de la acción antes cometida, y que quisiera olvidar. Probablemente muchos de los asesinatos que no van seguidos de robo obedecen a este mecanismo: se intenta robar; sorprendidos en el robo se obliga el sujeto a matar a la víctima; anonadado por el crimen se huye, dejándose el objeto que se pretendía obtener. Con una ceguera, lógica en apariencia, se llega a la siguiente conclusión : el móvil de este asesinato no era el robo.
«El odio» :: ISBN 84-8310-792-9
Mientras el objeto odiado esté en nuestro mundo, es decir, se empeñe en ser objeto «nuestro» , y fracase todo intento de ser desalojado, es fuente de un tremendo y continuado displacer. Cuanto más cerca está de nosotros más se experimenta la necesidad de su expulsión, más se le rechaza. Lo opuesto, naturalmente, a lo que ocurre con el objeto amado, que lo anhelamos tan cerca de nosotros que deseariamos interiorizarlo, hacerlo nuestro, y cuanto más cerca esté de nosotros tanto mayor placer nos depara.
[...]
Pero ¿qué ocurre cuando el objeto odioso está en nuestro mundo y además es ineliminable, como es el caso del odio entre los miembros de la pareja, o entre padres e hijos, o entre hermanos? El odio va in crescendo. Se fantasea con su destrucción, o cuando menos con lograr su alejamiento. El odio parece no tener salida, se acumula más y más y, en un momento dado, puede llegarse a la destrucción, o al intento de destrucción, material del objeto, como forma de acabar de una vez con esa amenaza constante. Ésta es la teleología del odio.
[...]
Pero también se aprende a odiar. Odiando como se nos enseña en determinadas circunstancias, llevamos a cabo ese aprendizaje sentimental, emocional, que pasa a ser una parte del rito iniciático de incorporación aun grupo, a un clan. Somos, es decir, sentimos los mismos afectos, de amor y de odio, que aquellos con los que tratamos de formar una comunidad. Cuando alguien muestra a otro, de su propio clan, lo que representa ese objeto, amenazador en el sentido antes explicitado, se le induce a que adopte con él la misma actitud de odio. Odiar al mismo objeto que odian todos y de la misma manera que todos. El grupo se consolida cuando todos los componentes viven una amenaza común. El odio es un excelente nexo entre los miembros de un grupo y, una vez que se odia como todos los demás, se pasa a ser uno de los fieles.
«Teoría de los sentimientos» :: ISBN 84-8310-708-2
Sobre cuatro módulos se basa la imagen que el sujeto tiene de sí mismo y en función de los cuales elabora sus respuestas/propuestas: a) el erótico; b) el actitudinal; c) el de la corporeidad; y d) el intelectual. Cualquiera que sea el módulo, el sujeto le confiere un valor, dependiendo del éxito o el fracaso que obtiene de sus actuaciones con él. Se traducirá de una forma muy simple: como aceptación o inaceptación de esa faceta modular de su identidad. Esto vale tanto para las actuaciones públicas como para las íntimas. Hay que advertir que no tiene por qué existir una correspondencia entre el valor que el sujeto concede a un determinado módulo de su identidad y el que le conceden los demás. La depreciación de algunas facetas de la imagen pública puede ser «compensada» por su exaltación en nuestra intimidad
[...]
Nadie se presenta ante el otro con la imagen que tiene de sí, sino con la que compone para que su propuesta de relación tenga éxito. Estamos tristes, pero en el momento de la interacción o acentuamos la expresión de la tristeza para ser compadecidos, o la atenuamos para que se reconozca nuestra entereza ante el infortunio, o la ocultamos, si lo consideramos pertinente.
Éstas son las estrategias del sujeto en la construcción del Yo adecuado a las reglas del contexto. En un funeral mostramos el Yo grave que se requiere; en un salón, el tono de voz, unos temas de conversación y unas formas de habla ad hoc. La «mentira social» —en tanto que consensuada deja de ser mentira— es una estrategia destinada a no ir más allá de adonde se debe llegar: cada cual adopta en el contexto las formas que se requieren para el éxito. La educación no es sólo identificable con la cortesía, sino con la adecuación (ambos términos pertenecen a la misma familia semántica y etimológica). Una torpeza e inhabilidad, un fracaso del Yo inadecuadamente propuesto, comporta una auténtica catástrofe en el sujeto.
«El silencio» :: ISBN 84-206-2702-X
—El silencio en el proceso comunicacional
La entropía de un mensaje es […] la inversa de la información que ese mensaje ofrece. Una entropía mínima conduce a un equilibrio casi completo del sistema, a la homeostasis y, con ello, al sosiego. Puede afirmarse, pues, que el silencio, por su mínimo contenido informativo es altamente entrópico y anhomeostático: cuanto más silencio, mayor sospecha, mayor entropía, mayor desinformación. Por eso, el silencio del poderoso tiene, para aquel que depende íntegramente de él, un elevado poder psicotizante, como lo hizo ostensible Kafka en El castillo, en donde se unía a la entropía del silencio la entropía de la invisibilidad del poderoso.
Interpretar un silencio —esto vale para la interpretación de cualquiera sea el signo—, incluso aunque sea una interpretación desacertada, es desambiguarlo desde la ambigüedad que inicialmente ofrece.
«Cordura y locura en Cervantes» :: ISBN 84-8307-654-3
Decía el Dr. Samuel Johnson (1709-1784) que el primer deber del hombre es tratar de ser feliz. Sus razones tendría para considerar tal cosa como un deber, no como una aspiración sin más. Pero podemos deducir de esa formulación que la felicidad no es algo que nos venga como caída del cielo sino un estado que hay que lograr, que uno tiene que conquistar día a día, paso a paso. Esto es lo importante: conquistar la felicidad. No se deja al arbitrio de alguna providencia ni tampoco al azar. Es la intrínseca libertad del hombre para caminar hacia un estado que, con toda suerte de ambigüedades respecto de sus límites, llamamos felicidad. No entremos ahora a discutir si la felicidad existe. Es la típica pregunta tópica. Porque cuando se dice felicidad se piensa en ese estado de entontecimiento definitivo, eterno, aburridísimo sin duda, que se nos dice que caracteriza a los que se colocan a la diestra de Dios Padre. La cosa es más sencilla y menos aburrida, porque acaece, cuando acaece, aquí, en la Tierra: se trata de lo que llamaríamos autosatisfacción. Una sosegada y equilibrada sensación de bienestar psíquico inherente a la conformidad consigo mismo. Una conquista que hay que hacer continuamente, porque a poco que nos descuidemos, nuestros propios conflictos interiores y la relación con la inhóspita realidad que constituye nuestro entorno nos llevan a la infelicidad, al infortunio.
[...]
En La Mancha de los siglos XVI y XVII sabemos de alguno —no tenemos por qué dudar que existiera— que se empeñó en hacerse su vida y ser feliz, en medio de tanta gente resignada a no serlo, en medio de esta inmensa llanura en la que la sorpresa era imposible, porque no termina sino en el horizonte, y se continúa después de éste. Ésa fue su genialidad; ésa fue su postrera e imperecedera enseñanza: encontró el sentido de su propia vida, se empeñó denodadamente en hacerlo realidad, y de aquí que nos diera la pauta de lo que significa tratar de vivir de acuerdo a su idea de él y del mundo. No ya de su mundo sino del mundo en su totalidad.
