«Los ojos azules pelo negro » :: ISBN 84-8130-050-0
Él llora. No tiene fin. Eso es exactamente llorar. Él no vuelve a hablar de nada. No vuelven a hablar de nada ni uno ni otro.
Hasta el cierre del café están ahí.
Él de cara al mar y ella, al otro lado de la mesa, delante de él. Durante dos horas ella lo mira sin verlo. De vez en cuando se acuerdan, se sonríen a través de las lágrimas. Luego de nuevo olvidan.
Él le pregunta si es una prostituta. Ella no se sorprende, tampoco ríe. Dice:
–En cierto modo, pero no cobro.
Él creía también que ella formaba parte del personal del café. No.
Ella juega con una llave para no mirarle.
Ella dice: soy actriz, usted me conoce. Él no se excusa por no conocerla, no dice nada. Es un hombre que no cree ya nada de lo que se dice. Debe de pensar que ella lo descubra.
«El amante de la China del Norte » :: ISBN 84-7223-397-9
Es la habitación de la madre y de la niña.
Es una habitación colonial. Mal iluminada. No hay mesitas de noche. Una única bombilla en el techo. Los muebles son una gran cama de hierro de dos plazas, muy alta, y un armario de luna. La cama es colonial, barnizada de negro, adornada con bolas de cobre en los cuatro cantos de la cabecera y del pie igualmente negros. Parece una jaula. La cama está encerrada hasta el suelo en una inmensa mosquitera blanca, como nieve. Las almohadas no son cuadradas, son largas, duras, de crin. Van sin funda. Los pies de la cama están en remojo en los recipientes con agua y guija que los aísla de la calamidad de las colonias, los mosquitos de la noche tropical.
[...]
Una señora mayor, francesa también, recibe a la madre. Es la directora de Lyautey. Se conocen. Llegaron las dos a Indochina al principio de la escolarización de los niños indígenas, en 1905, con los primeros contingentes de docentes que fueron de la metrópolis. La madre habla de su hija:
[...]
La directora había oído hablar de la niña en las reuniones de profesores del liceo Chasseloup-Laubat.
La madre había contado la muerte del padre, los estragos de la disentería protozoaria, el desastre de las familias sin padre, sus fallos, los suyos propios, su profundo desasosiego, su soledad.
La directora había llorado con la madre. Había dejado que la niña viviera en el internado como lo hubiera hecho en un hotel.
La madre salió del despacho de la directora. Había vuelto a atravesar el patio. La niña la había visto. La había mirado, no había ido hacia ella, avergonzada de su madre, había vuelto a subir al dormitorio, se había escondido y había llorado por esa madre impresentable de la que se avergonzaba. Su amor.
[...]
Muchos años después de la guerra, el hambre, los muertos, los campos, los matrimonios, las separaciones, los divorcios, los libros, la política, el comunismo, él había llamado. Soy yo. Por la voz, ella lo había reconocido. Soy yo. Sólo quería oír su voz. Ella había dicho: Buenos días. El tenía miedo como antes, de todo. Su voz había temblado, es entonces cuando ella reconoció el acento de la China del Norte.
[...]
El había oído su llanto al teléfono.
y luego desde más lejos, desde su habitación sin duda, ella no había colgado, él había seguido escuchándolo. Y luego había intentado oír más. Ella ya no estaba allí. Se había vuelto invisible, inalcanzable. Y él había llorado. Muy fuerte. Con lo más fuerte de sus fuerzas.
«Escribir»* :: ISBN 84-7223-779-6
[...] lágrimas libres, sin noción de su sentido, inevitables, las verdaderas lágrimas, las de quienes viven en la miseria.
[...]
La escritura va muy lejos... Hasta que uno la remata. A veces es imposible. De repente todo cobra un sentido relacionado con la escritura, es para enloquecer. Dejamos de conocer a la gente que conocemos y creemos haber esperado a quienes no conocemos. Sin duda se trataba simplemente de que ya estaba cansada de vivir, un poco más cansada que los demás. Era un estado de dolor sin sufrimiento. No intentaba protegerme de los demás, en especial de quienes me conocían. N o era triste. Era desesperado. Estaba embarcada en el trabajo más dificil de mi vida: mi amante de Lahore, escribir su vida. Escribir
El vicecónsul. Debí de emplear tres años en escribir aquel libro. No podía hablar de él porque la menor intrusión en el libro, la menor opinión «objetiva» habría borrado todo de ese libro. Otra escritura, corregida, habría destruido la escritura del libro y mi propio conocimiento del libro. Esa ilusión que tenemos –y que es justa– de ser la única persona que ha escrito lo que hemos escrito, sea nulo o maravilloso. Y cuando leía críticas, la mayor parte de las veces, era sensible al hecho de que dijeran que
no se parecía a nada. Es decir, que remitía a la soledad inicial del autor.
[...]
Creo que lo que reprocho a los libros, en general, es eso: que no son libres. Se ve a través de la escritura: están fabricados, están organizados, reglamentados, diríase que conformes. Una función de revisión que el escritor desempeña con frecuencia consigo mismo. El escritor, entonces, se convierte en su propio policía. Entiendo, por tal, la búsqueda de la forma correcta, es decir, de la forma más habitual, la más clara y la más inofensiva. Sigue habiendo generaciones muertas que hacen libros pudibundos. Incluso jóvenes: libros
encantadores, sin poso alguno, sin noche. Sin silencio. Dicho de otro modo: sin auténtico autor. Libros de un día, de entretenimiento, de viaje. Pero no libros que se incrusten en el pensamiento y que hablen del duelo profundo de toda vida, el lugar común de todo pensamiento.
[...]
No sé qué es un libro. Nadie lo sabe. Pero cuando hay uno, lo sabemos. Y cuando no hay nada, lo sabemos como sabemos que existimos, no muertos todavía.
[...]
Aquí, uno se siente apartado del trabajo manual. Pero contra eso, contra esa sensación a la que hay que adaptarse, habituarse, todo será inútil. Lo que seguirá dominando, y eso nos hace llorar, es el infierno y la injusticia del mundo del trabajo. El infierno de las fábricas, las exacciones del desprecio, de la injusticia de la patronal, de su horror, del horror del régimen capitalista, de toda la desdicha que de él se desprende, del derecho de los ricos a disponer del proletariado y de convertido en motivo de su fracaso y nunca de su triunfo. El misterio es por qué el proletariado lo acepta. Pero somos muchos y cada vez más los que creemos que eso no puede durar mucho tiempo. Que algo se ha conseguido. Que algo hemos conseguido todos, quizás una nueva lectura de sus deshonrosos textos. Sí, eso es.
[...]
No puedo decir nada.
No puedo escribir nada.
Debiera existir una escritura de lo no escrito. Un día existirá. Una escritura breve, sin gramática, una escritura de palabras solas. Palabras sin el sostén de la gramática. Extraviadas. Ahí, escritas. Y abandonadas de inmediato.
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Reúne las transcripciones, reelaboradas por la autora, de tres cortos filmados (por o sobre ella). –nota e imagen del libro ed. TUSQUETS 1994–