Foucault, Michel
Poitiers -Francia- 1926 — París 1984
Filósofo; Catedrático de Historia de los Sistemas de Pensamiento en el Collège de France y principal representante del Estructuralismo francés.
Obras principales : Historia de la locura en la época clásica, 1961; Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias sociales, 1966; La arqueología del saber, 1969; Vigilar y castigar, 1975; Un diálogo sobre el poder, 1971; Nietzsche, la Genealogía, La Historia, 1981; Historia de la sexualidad, [tres volúmenes: I, La voluntad de saber, 1976; II, El uso de los placeres, 1984; y III, La inquietud de sí, 1984 y un cuarto volumen inédito, Las confesiones de la carne.]
«Un diálogo sobre el poder» :: ISBN 84-206-1816-0
... sería preciso saber hasta dónde se ejerce el poder, mediante qué relevos y hasta qué instancias, a menudo ínfimas, de jerarquía, control, vigilancia, prohibiciones, coacciones. En todo lugar donde hay poder, el poder se ejerce. Nadie, hablando con propiedad, es su titular y, sin embargo, se ejerce en determinada dirección, con unos a un lado y los otros en el otro; no sabemos quién lo tiene exactamente, pero sabemos quién no lo tiene.
«Nietzsche, la Genealogía, La Historia» :: ISBN 84-85081-87-8
Unos hombres dominan a otros, y así nace la diferenciación de los valores 31; unas clases dominan a otras, y así nace la idea de libertad 32; unos hombres se apoderan de las cosas que necesitan para vivir, les imponen una duración que no tienen, o las asimilan a la fuerza —y nace la lógica—33. La relación de dominación ya no es una "relación", como tampoco es un lugar el lugar en el que se ejerce. Y por eso precisamente, en cada momento de la historia, se fija en un ritual; impone obligaciones y derechos; elabora cuidadosos métodos. Establece marcas, grava recuerdos en las cosas y hasta en los cuerpos; se hace responsable de las deudas. Universo de reglas que no está destinado a atenuar sino, al contrario, a satisfacer la violencia. Sería equivocado creer, según el esquema tradicional, que la guerra general, agotándose en sus propias contradicciones, acaba por renunciar a la violencia y acepta suprimirse en las leyes de la paz civil. La regla es el placer calculado del ensañamiento, la sangre prometida. Permite relanzar sin cesar el juego de la dominación; pone en escena una violencia meticulosamente repetida. El deseo de paz, la suavidad del compromiso, la aceptación tácita de la ley, lejos de ser la gran conversión moral, o el útil cálculo que han dado nacimiento a la regla, no son más que el resultado y a decir verdad, la perversión: "Falta, conciencia, deber, tienen su núcleo de emergencia en el derecho de obligación; en sus inicios, como todo lo que es grande sobre la tierra, ha estado regado de sangre" 34. La humanidad no progresa lentamente de combate en combate hacia una reciprocidad universal, en la que las reglas sustituirán, para siempre, a la guerra; instala cada una de estas violencias en un sistema de reglas, y va así de dominación en dominación.
Y es precisamente la regla la que permite que se haga violencia a la violencia, y que otra dominación pueda doblegar a los mismos que dominan. En sí mismas las reglas están vacías, son violentas, carecen de finalidad; están hechas para servir a esto o aquello; pueden adaptarse a gusto de unos o de otros. El gran juego de la historia es para quien se apodere de ellas, ocupe el puesto de los que las utilizan, se disfrace para pervertirlas, utilizarlas al revés y volverlas contra los que las habían impuesto; para quien introduciéndose en el complejo aparato lo haga funcionar de tal forma que los dominadores se encuentren dominados por sus propias reglas.
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Las llamadas corresponden a las obras de Nietzsche que siguen:
31 Más allá del bien y del mal, § 260. Cf. también La genealogía de la moral, II, 12.
32 El viajero y su sombra, § 9. 33 La gaya ciencia, § 111. 34 La genealogía de la moral, II, 6.
