Levinas, Emmanuel


Kaunas —Lituania— 1906 — Paris 1995
Filósofo y escritor judío; se nacionalizó francés en 1931. Se relacionó con Marcel, Heidegger, Sartre y Husserl.
De éste último explicó en Francia la "fenomenología".
Obras principales: (el año de edición es el de la traducción española)
Cuatro lecturas talmúdicas, 1997; De Dios que viene a la idea, 1995; De la existencia al existente, 2006; Descubriendo la existencia, 2005; Difícil libertad, 2004; Dios, la muerte y el tiempo, 1994; Ética e infinito, 1991;  Fuera del sujeto, 1997; Humanismo del otro hombre, 1993; Los imprevistos de la historia, 2006; La realidad y su sombra: libertad y mandato, trascendencia y altura, 2001; La teoría fenomenológica de la intuición, 2004; El tiempo y el otro, 1993.
 


«Los imprevistos de la Historia» :: ISBN 84-301-1603-6
 
Husserl, Heidegger, Jean Wahl
—La intuición de esencias.
La intuición de esencias («Wesenschau», «Wesensanschauung») constituye uno de los descubrimientos de las Investigaciones lógicas*. En la percepción del objeto individual, este objeto individual puede cumplir la función de objeto, pero también su esencia puede ser aprehendida en cuanto objeto. En el rojo concreto de este paño que está ante mí —o en el rojo imaginado— a través de las variaciones que acabamos de describir, podemos intuir la esencia del rojo. El rojo individual percibido o imaginado no sirve más que de ejemplo para mi percepción de la esencia «rojo» —objeto nuevo de un acto de conocimiento nuevo—, acto de ideación. Las verdades que conciernen a este nuevo objeto —las verdades eidéticas— son, por consecuencia, independientes de la facticidad del objeto individual y no son en modo alguno verdades de inducción, ya que la facticidad del ejemplo no juega aquí el rol de premisa. Del mismo modo que la facticidad del triángulo representado en la pizarra no es la premisa del razonamiento geométrico.
Pero no por que el ejemplo individual sea indispensable como base de la ideación, deja de ser el conocimiento de esencias una intuición. Encontramos en este tipo de conocimiento las mismas propiedades que caracterizan, en tanto que intuición, la intuición sensible. El conocimiento de esencias es ante todo «visión» de su objeto que no queda únicamente significado o apuntado. La intuición alcanza su objeto de la misma manera privilegiada propia de la percepción, donde el objeto no es sólo visto «clara y distintamente», sino que se da «en persona» (selbst da), por así decir; en palabras de Husserl: «originariamente dado». En la naturaleza misma de la esencia está el tener necesidad de ejemplos para ser aprehendida. Suponer que para un entendimiento divino las esencias se darían «sin ejemplos» es suponer que para un entendimiento divino un círculo podría ser cuadrado.

* Cf. Husserl: Investigaciones lógicas III

—Incorporación a la fenomenología en el sentido husserliano del término .
[...]
Preguntarse por el significado de que los objetos se den a la conciencia, esto es por el significado de su trascendencia o su objetividad para la conciencia, equivale a interrogarse por el sentido de la existencia misma de las cosas. Ya que la existencia de la que podemos hablar razonablemente no es otra que la existencia que se revela a la conciencia, justamente de lo que se trata es de aprehender en la conciencia los modos de dicha revelación. Pensar que las cosas en sí existen de un modo distinto de aquel en el que se revelan, supone desconocer el carácter de en sí que tienen las cosas que se dan a la conciencia, y por consiguiente, imaginar que las cosas se ofrecen tan sólo como imágenes o signos de otro mundo. Nuestra conciencia se encuentra orientada hacia las cosas, su intención consiste en aprehenderlas como tales. Son estas cosas «dadas» las que planteamos como existentes, pero dicha existencia nunca es problematizada por actitud ingenua y científica. Nuestro problema central, nuestro único problema, consistirá en aclarar el sentido de dicha existencia, la cual, a su vez, deberá ser tomada justa y exactamente como aquello que se da a la conciencia.
[...]
Sartre, El Existencialismo, La Historia
—Semejanza e imagen
[...]
El cuadro posee, en la visión del objeto representado, una densidad propia: es él mismo objeto de la mirada. La conciencia de la representación consiste en saber que el objeto no está ahí. Los elementos percibidos no son el objeto, son como sus «trapos», manchas de color, pedazos de mármol o de bronce. Estos elementos no funcionan como símbolos, y en la ausencia del objeto no fuerzan su presencia, sino que, por su presencia, insisten en su ausencia. Ocupan enteramente su lugar para destacar su alejamiento como si el objeto representado muriera, se degradara, se desencarnara en su propio reflejo. El cuadro no nos lleva más allá de la realidad dada, sino, en cierto modo, más acá. Es un símbolo a la inversa. El poeta y el pintor que han descubierto el «misterio» y la «extrañeza» del mundo que habitamos todos los días pueden libremente creer que han sobrepasado lo real. El misterio del ser no es su mito. El artista se mueve en un universo que precede al mundo de la creación, un universo que el artista deja atrás ya con su pensamiento y actos cotidianos.[...]
[...]
Cuando Sartre descubrió la Historia Sagrada
Como filósofo, ¿se sentía usted próximo a Jean-Paul Sartre?
Me siento próximo a Sartre porque pertenecemos a la misma generación. Por otro lado, tengo en común con él haber leído los mismos libros en la misma época. Usted sabe que mi libro sobre la fenomenología de Husserl apareció en 1930 y que Sartre fue uno de sus lectores, hecho del que tuve noticia por las Memorias de Simone de Beauvoir. Sartre escribió en un artículo: «Llegué a Husserl por Levinas». Él era lector de Heidegger, yo también. Sartre extrajo de esas lecturas todas las perspectivas excepcionales de sus grandes obras. Mi camino es un tanto diferente, pero siempre me sentí formando parte de la generación de Sartre.
Al día siguiente de la Liberación, su presencia en la prensa y en el paisaje cultural francés era imponente.
Recuerdo que cuando rechazó el Premio Nobel, quedé fuertemente impresionado. Me pareció que Sartre era el hombre que seguía teniendo derecho a la palabra en un mundo en el que toda palabra estaba adulterada. Esto coincidía con los propósitos extremadamente violentos que acababa de expresar Nasser con respecto a Israel. Le escribí entonces. No sé si mi carta tuvo efecto alguno. [...]

párrafos