Montanelli, Indro


Fucecchio (Florencia) –Italia– 1909 — Milán 2001
Periodista, escritor e historiador. Il Corríere della sera fue su periódico durante más de 40 años. Escapó del fusilamiento y de dos atentados.
Novela y relatos: Il generale Della Rovere, 1945, llevada al cine por Rosellini en 1959 [León de oro del Festival de Venecia]; Gente qualunque, 1963; Vita di un fuoruscito, 1947.
Teatro: I sogni muoiono all'alba, 1960.
Historiador: Storia di Roma, 1957; Storia dei Greci, 1958; Dante e il suo secolo, 1964; Milano, ventesimo secolo, 1990.
Premio Príncipe de Asturias (1996).
 


«Historia de Roma » :: ISBN 84-01-55009-2
 
AUGUSTO
Octaviano liquidó la herencia (de Cleopatra) y la de Antonio con un «tacto» por el cual se puede reconstruir todo su carácter. Permitió que sus cadáveres fueran sepultados uno al lado del otro. Mató al joven Cesarión, mandó los dos hijos de los difuntos a Octavia, que los crió como si hubiesen sido suyos, se proclamó rey de Egipto para no humillarlo proclamándolo provincia romana, se embolsó su inmenso tesoro, dejó allí un prefecto y se volvió para casa; sigilosamente, hizo suprimir también al mayor de los hijos habidos por Antonio de Fulvia. y con la conciencia tranquila de quien ha cumplido con su deber con aquellos infanticidios, se puso de nuevo al trabajo.
A la sazón, tenía escasamente treinta años y se encontraba siendo dueño de toda la herencia de César. El Senado no tenía ya ganas ni fuerza para disputársela, y sólo por cautela él no le pidió la investidura al trono. Se la hubiese concedido. Pero Octaviano conocía el peso de las palabras y sabía que la de rey era desagradable. ¿Para qué despertar ciertas manías que ya no hacían sino dormitar en las conciencias entumecidas? Los romanos habían dejado de crear instituciones democráticas y republicanas porque conocían su corrupción, pero estaban apegados a las formas. Pedían orden, paz y seguridad, una buena administración, una moneda saneada y los ahorros garantizados. y Octaviano se aprestó a darle todas estas cosas.
[...]
LOS FLAVIOS
Tras diez años de sabio reinado, el más sabio que gozara Roma después de Augusto, Vespasiano volvió un día a Rieti de vacaciones. Iba allí con frecuencia para volver a ver a sus amigos de juventud, a hacer con ellos una batida a las liebres, cuatro charlas, una comida de habichuelas con corteza de tocino y echar una partida de dados que eran sus pasatiempos favoritos. Se le ocurrió la mala idea de enjuagarse los riñones con agua de Fuente Cottorella. Sea que la cura no le estuviese adecuada, o que hubiese equivocado la dosis, el hecho es que fue presa de cólicos y en seguida se dio cuenta de que no había remedio: «Vae! —dijo guiñando el ojo, sin renunciar siquiera en aquel momento a su habitual y tosco buen humor— Puto deus fio.» (Ay, ay, parece que me vuelvo dios), pues en aquella Roma de zalemas y adulaciones era ya costumbre divinizar a todos los emperadores cuando morían.

«Historia de los griegos » :: ISBN 84-01-55013-0
 
[A Sócrates] todos le apreciaban porque siempre estaba de buen humor, no se ofendía por nada, y decía las cosas más abstrusas con las palabras más sencillas. Tenderos y comerciantes le saludaban familiarmente cuando pasaba por la calle, seguido por el cortejo de sus discípulos. Se paraba ante los escaparates y decía, maravillado: «¡Fíjate cuántas cosas necesita hoy día la humanidad!» Hasta en las casas más empingorotadas donde le invitaban a comer, estaban habituados a sus pies descalzos, pues entre las cosas que él no necesitaba figuraban también los zapatos.
No se sabe qué escuelas había frecuentado: tal vez ninguna. y si se llegase a descubrir que ni siquiera aprendió a leer, no me asombraría. Puesto que, siendo de naturaleza sedentaria, no había siquiera viajado, y su cultura debió de ser exclusivamente el fruto de meditaciones y de conversaciones con los intelectuales de su tiempo. Platón ha descrito sus encuentros con Hipias, con Parménides, con Protágoras y con muchos otros filósofos de aquella época. Probablemente no tuvieron jamás lugar. Parece ser que, personalmente, Sócrates solamente conoció a Zenón, en cuya dialéctica se apoyó algo. En cuanto a Anaxágoras, que con seguridad le influyó, tuvo contactos indirectos con él a través de Arquelao de Mileto, que fue discípulo de Anaxágoras y maestro de Sócrates.
Por lo demás, el método que Sócrates siguió excluye la consulta libresca. Él se había propuesto dos problemas fundamentales que ninguna biblioteca ayuda a resolver: ¿Qué es el bien? ¿y cuál es el régimen político más adecuado para alcanzarlo? La fascinación de su enseñamiento consistía en esto: que, en vez de subir a la cátedra para comunicar a los demás sus ideas, declaraba no tenerlas y rogaba a todos que le ayudasen a buscarlas. «Yo —decía— me considero el más sabio de los hombres porque sé que no sé nada.»
[...]
[Según Anaxágoras] la Tierra gira enfundada en una envoltura de aire, cuya rarefacción y condensación son la consecuencia del calor solar y la causa de los vientos. Este era sin duda, para aquellos tiempos, un buen descubrimiento, pero Anaxágoras lo estropeó bastante añadiendo que el rayo es debido a la fricción de dos nubes, en tanto que el trueno queda determinado por su colisión. En cuanto a la vida, ésta se halla dotada de los mismos elementos para todos los animales, que se diferencian sólo por dosis y relaciones diversas. El hombre se ha desarrollado mejor que todos los demás porque su posición erecta le da —hay que decirlo— mano libre, o sea dispensada de las tareas de locomoción.
Como se ve, el sistema de Anaxágoras es una chapuza en la que, si se quiere, se hallan mezclados juntamente Galileo y Darwin, pero también los «tebeos» y los films sobre marcianos. Pero tenía, respecto a las leyes de Atenas, un pequeño defecto: el de no citar jamás a Zeus, como si en toda esa evolución no tuviese nada que ver. Anaxágoras, cuando quiso condensarlo en un libro, que también se llamó Sobre la naturaleza, se dio cuenta de ello, e introdujo, como padre del vórtice que había dado origen al Universo, un nous, es decir, una mente que, ante los jurados, podía también haber hecho pasar por el Padre Eterno. La citaba continuamente, hasta conversando, tanto, que los atenienses, para mofarse de él, le apodaron nous, y así le apostrofaban cuando pasaba por la calle: «¡Hola, nous...! ¿Qué tiempo, nous, hará mañana?»

párrafos