Musil, Robert


Klagenfurth (Austria), 1880 — Ginebra (Suiza), 1942.
Estudió en la ciudad checa de Brünn (actual Brno). Ingresó en el colegio militar de Mähsrisch-Weisskirchen, donde luego lo hizo Rilke. El colegió sirvió de trasfondo a su primera novela. En 1904 marchó a Berlín: estudió filosofía y psicología y se licenció en 1908 con una tesis sobre Ernst Mach. Fue bibliotecario, redactor y funcionario hasta que en 1923 se dedicó por completo a la literatura gracias a la ayuda económica del editor Rowohlt. Fijó su residencia en Berlín en 1931 y luego en Viena hasta el Anschluss. Se refugió en Suiza, en Zúrich y después en Ginebra, donde murió empobrecido.

Obras:  Die Verwirrungen des Zügling Törless, Las tribulaciones del estudiante Törless, 1906; Vereinigungen, Encuentros, 1911; Drei Frauen, Tres mujeres, 1924; y las comedias Die Schwärmer, Los alucinados, 1921; Vinzenz und die Freudin bedeutender Männer, Vinzenz y la amiga de los hombres importantes, 1923.
La primera parte de su obra capital, Der Mann ohne Eigenschaften, El hombre sin atributos, apareció en 1930; la segunda en 1933 y después de fallecido otros catorce capítulos y notas. Aun inconclusa se la considera una obra fundamental en la literatura del siglo XX;  de importancia comparable a la de Joyce o Proust.


«Las tribulaciones del estudiante Törless» :: Dept. : B. 46459 - 1969
 
[...]
... la primera pasión de los adolescentes no es amor de uno por el otro, sino odio contra todo. Casi toda pasión primera dura poco y deja detrás de sí un gusto amargo. Es siempre un error, un desengaño. Uno no se comprende a sí mismo y no sabe a quién atribuir la culpa. Y eso ocurre porque la relación entre los personajes del drama es, en su mayor parte, fortuita, casual: ellos son compañeros ocasionales de una fuga. Después del apasionamiento, ya no se reconocen. Advierten en el otro oposiciones, porque ya no ven lo que tenían en común.
[...]
Los verdaderos hombres son únicamente aquellos que pueden penetrar en sí mismos, hombres cósmicos, que son capaces de sumergirse en el gran proceso del mundo. Esos hombres obran milagros con los ojos cerrados, porque saben valerse de todas las fuerzas del mundo, que están igualmente dentro que fuera de ellos.
[...]
—Sí, no es tan difícil. Lo único que hay que tener presente es que la raíz cuadrada de menos uno es la unidad de cálculo.
—De eso precisamente se trata. Tal cosa no existe. Todo número, ya sea positivo, ya sea negativo, da como resultado, si se lo eleva al cuadrado, algo positivo. Por eso no puede haber ningún número real que sea la raíz cuadrada de algo negativo.
—Completamente cierto. Pero, ¿por qué, de todos modos, no habría de intentarse aplicar también a un número negativo la operación de la raíz cuadrada? Desde luego que el resultado no puede tener ningún valor real; por eso el resultado se llama imaginario. Es como cuando uno dice: aquí, antes, siempre se sentaba alguien; pongámosle hoy entonces también una silla. Y aun cuando la persona haya muerto, obramos como si todavía pudiera acudir a nosotros.
[...]
Porque, en efecto, con los pensamientos ocurre algo muy singular. A menudo no son otra cosa que hechos contingentes, casuales, que pasan sin dejar rastro alguno. Los pensamientos tienen además instantes vivos e instantes muertos. Puede uno lograr un genial conocimiento, y que, no obstante, se le marchite lentamente entre las manos como una flor. Queda la forma, pero los colores, el aroma, desaparecen. Es decir, que lo recuerda uno palabra por palabra, y el valor lógico de la frase que uno encontró para expresado continúa siendo perfectamente impecable. Sin embargo, ese pensamiento no hace sino recorrer sin tregua la superficie de nuestro ser íntimo y no nos sentimos más ricos a causa de él..., hasta que -tal vez al cabo de años-, de golpe, sobreviene un momento en el que comprendemos que en todo ese ínterin no sabíamos absolutamente nada de aquel pensamiento, aunque lo sabíamos todo lógicamente.
[...]
Detrás de todos los pensamientos hay en mí algo oscuro que no puede medirse con el pensamiento, una vida que no puede expresarse con palabras, y que, sin embargo, es mi vida... y esa vida silenciosa me iba sofocando, rodeando, mirándome cada vez desde más cerca. Yo tenía miedo de que toda nuestra vida fuera así y que yo, sólo aquí y allá, fragmentariamente, la viviera... Oh, tenía un miedo terrible... Me flaqueaban los sentidos...
[...]
—Ahora todo ha pasado. Sé que me equivoqué. Ya no temo nada. Sé que las cosas son las cosas y que siempre seguirán siendo ellas mismas, y que yo las veré ora de una manera, ora de otra. Ora con los ojos del entendimiento, ora con los otros... Y ya no intentaré compararlas, cotejarlas...
[...]


«El hombre sin atributos» :: ISBN 84 322 0182 0 y 84 322 0198 7
Robert Musil  
[vol I]

Si existe el sentido de la realidad, debe existir también el sentido de la posibilidad

Quien quiere pasar despreocupado por puertas abiertas, ha de cerciorarse primero de que dinteles y jambas estén bien ajustados. Este principio, vital para él, es un postulado del sentido de la realidad. Si se da, pues, sentido de la realidad, y nadie dudará que tiene su razón de ser, se tiene que dar por consiguiente algo a lo que se pueda llamar sentido de la posibilidad. [...]


Esencia y contenido de una gran idea

Sería fácil determinar en qué consistía aquella idea, pero nadie podría precisar su influencia. Una idea grande y conmovedora se diferencia de una idea vulgar (quizá también ininteligiblemente vulgar y absurda) en que se encuentra en un estado líquido sobre el que navega el yo hasta alcanzar la lejanía infinita e, inversamente, hasta que los espacios del mundo consiguen anclar en el puerto del yo, de modo que al fin no se puede distinguir entre lo que nos pertenece como propio y lo que es del infinito. Por eso, las ideas grandes y conmovedoras constan de un cuerpo, como el de los hombres, compacto y caduco, y de un alma inmortal que constituye su ser, pero no compacta, sino escurridiza a todo intento de descripción mediante frías palabras. [...]


Una digresión:
¿Debe la persona actuar de acuerdo con su propio cuerpo?

Independientemente de lo que se decían los rostros, el movimiento del coche mecía a los dos primos en los viajes; sus vestidos se tocaban, se enredaban entre sí y se volvían a separar; esto sucedía a la altura de los hombros porque lo demás iba cubierto por una manta común. Los cuerpos percibían aquel contacto sofocado de los vestidos con la suavidad y las sugerencias de una noche de luna. Ulrich no era insensible a este ardid del amor, pero no lo tomaba demasiado en serio. El contagio del apetito sensual a través del vestido, el paso del abrazo a la resistencia o del fin a los medios, respondía a su naturaleza que le inclinaba hacia la mujer, pero sus fuerzas superiores le frenaban ante la persona ajena, impropia, de modo que se encontraba siempre en continua pugna entre atracción y repulsión. Pero esto significa que la sublime hermosura del cuerpo humano, en el momento en que la melodía del espíritu asciende del instrumento de la naturaleza, o aquel otro momento en que el cuerpo se presenta como un cáliz lleno de una mística bebida, no habían tenido lugar en su vida, a excepción de los sueños relacionados con la mujer del comandante mayor y que habían suspendido en él durante largo tiempo semejantes tendencias.[...]
________________

[vol II]


Se afirma que también la vida ordinaria es utópica

[...] No en vano se dice «la comedia del mundo», pues en la vida se repiten siempre los mismos papeles, los mismos nudos dramáticos y las mismas fábulas. Los hombres aman porque tienen el amor delante, y lo aceptan tal como se brinda; son orgullosos como los indios, como los españoles, como las vírgenes o como el león: asesinan, en un noventa por ciento, porque el matar es considerado trágico y grandioso. Los afortunados modeladores políticos de la realidad tienen, prescindiendo de las grandes excepciones, mucho de común con los escritores de obras de taquilla; los animados argumentos que crean estos seres aburren por su falta de espíritu y de origina1idad, y nos introducen en ese estado de somnolencia irresistible en el que cualquier cambio nos agrada. La historia, así considerada. nace de la rutina de las ideas y de la indiferencia: la reaJidad surge del hecho de no hacer nada por las ideas. [...]


El gran escritor visto de frente

[...] El financiero ambicioso se encuentra actualmente en una situación difícil. Si quiere ir a la par con las fuerzas más antiguas del ser, tiene que enlazar su actividad con grandes ideas; pero hoy no se dan ya grandes pensamientos en los que se deba creer incondicionalmente pues esta escéptica actualidad no cree ni en Dios ni en la humanidad, ni en tronos ni en moral alguna; o cree en todo a la vez, lo cual se reduce a lo mismo. Luego el comerciante que no quiera privarse del triunfo, como el que no quiera echar de menos una brújula, deberá recurrir a ardides democráticos para reemplazar el inmensurable efecto de la grandeza por la mensurable grandeza del efecto. Hoy día es grande aquello que se considera como tal; es decir, en definitiva llega a ser grande el objeto anunciado por una propaganda bien organizada. [...]


Bonadea, Kakania;
sistemas de felicidad y de equilibrio

[...] ¿no será verdad la antigua sabiduría de los adinerados, al declarar que no tienen los pobres por qué envidiarles, puesto que creer que el dinero les hace más felices es sólo una ilusión? Lo que éste hace es simplemente imponerles la obligación de elegir un sistema distinto del de su propia vida, cuyo balance de placer se podría saldar con el pequeño excedente de felicidad que posee de todos modos. Teóricamente, esto significa que la familia sin cobijo, si no se hiela en una noche cruda de invierno, al aparecer los primeros rayos del sol matinal es tan feliz como la familia rica que ha de abandonar la cama caliente; y en la práctica resulta que cada cual lleva su carga con la paciencia de un asno, porque también se siente feliz el burro si se siente con fuerzas superiores al carro que arrastra. De hecho, ésta es la más convincente definición de la felicidad personal, comprensible mientras uno se considere como un simple asno. [...]


Los dos árboles de la vida.

[...] Hoy día, se miente menos por debilidad que debido a la convicción de que un hombre capaz de dominar la vida debe ser también capaz de mentir. Se usa de la violencia porque su indiscutibilidad influye como una liberación después de largos e inútiles discursos. Se forman grupos porque la obediencia permite todo aquello de que uno no es ya capaz después de haber puesto en actos durante largo tiempo la propia convicción; y la enemistad entre estos grupos concede a los hombres la reciprocidad nunca sosegada de la venganza, mientras que el amor llegaría muy pronto a adormecer. La pregunta de si el hombre es bueno o malo tiene menos que ver con esto que con el hecho de haber perdido la idea de altura y profundidad.
[...]

párrafos