«ESTAMBUL. Ciudad y recuerdos» ISBN 84-397-2029-7
BLANCO Y NEGRO

Viví el Estambul de mi infancia como las fotografías en blanco y negro, como un lugar en dos colores, oscuro y plomizo, y es así como lo recuerdo. Eso se debe en parte a que, a pesar de haber crecido en la penumbra triste de una casa-museo, era muy aficionado a los espacios interiores. Las calles, las avenidas y los barrios lejanos me parecían, como en las películas de gángsteres en blanco y negro, lugares peligrosos. Siempre me ha gustado más el invierno que el verano en Estambul. [...]
Una de esas maravillas meteorológicas que recuerdo de mi infancia, que unió a la ciudad y qye se estuvo relatando durante años una y otra vez, fue cuando los témpanos de hielo que fluían desde el Danubio al mar Negro bajaron del norte y entraron en el Bósforo. Sobre aquel suceso, que asustó, sorprendió y alegró a los habitantes de la ciudad como a niños proporcionándoles un recuerdo inolvidable, todavía hay gente, años después, que sigue contando historias.
En parte, esa sensación de blanco y negro tiene que ver, por supuesto, con la pobreza de la ciudad y con que, en lugar de exhibir lo que tiene de hermoso e histórico, todo esté viejo, descolorido, caído en desgracia y tirado a un lado. En parte también tiene que ver con la modesta simplicidad de la arquitectura otomana, incluso en sus tiempos de mayor pompa y esplendor.
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MI ABUELA
Si se le preguntaba, contestaba que creía en el proyecto kemalista de occidentalización, pero en realidad, como a todos los habitantes de la ciudad, a mi abuela no le importaban lo más mínimo ni el Occidente ni el Oriente. De hecho, apenas salía. Como para la mayoría de los habitantes de una ciudad que viven en ella como en su casa, para mi abuela Estambul no tenía nada que ver con sus monumentos, con su historia ni con su «belleza», y sin embargo había estudiado historia en la escuela de magisterio.[...]
… mi abuela a veces me leía lo que estaba escribiendo en el cuaderno: «Mi nieto Orhan ha venido a visitarme. Es muy inteligente y muy dulce. Estudia arquitectura en la universidad. Le he dado diez liras. Si Dios quiere, algún día tendrá mucho éxito en la vida y, como su abuelo, conseguirá que el nombre de la familia Pamuk se escuche con respeto».
Después de leerlo me miraba con una sonrisa misteriosa e irónica por encima de las gafas, que hacía que sus ojos con cataratas parecieran todavía más raros, y yo intentaba sonreírle de la misma manera sin poder averiguar si tras su ironía se ocultaba un chiste dirigido a ella misma o el hecho de que había descubierto el sinsentido de la vida.
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FLAUBERT EN ESTAMBUL
[...] Llamémoslo falsa conciencia, fantasía o incluso ideología al viejo estilo, lo cierto es que todos tenemos en la cabeza un
texto, en parte oculto, en parte legible, que le da significado a todo lo que hacemos en la vida. y en la trama de ese texto que le da significado , a nuestras vidas ocupan un
lugar muy importante esos que hemos llamado observadores occidentales.
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LA INFELICIDAD ES ODIAR LA CIUDAD y ODIARSE A UNO MISMO
A veces la ciudad se convierte en un lugar completamente distinto. Los colores de las calles que a uno le hacen sentirse en casa desaparecen de repente, súbitamente comprendo que las mismas multitudes que tan misteriosas me parecen cada vez que las veo, en realidad, llevan siglos errando sin rumbo por las aceras. Todos los parques se transforman en un momento en eriales fangosos e insípidos, las plazas cubiertas de postes eléctricos y paneles publicitarios en fríos espacios de cemento y la ciudad en un lugar tan completamente vacío como mi alma. La suciedad de los callejones, el hedor que se extiende por toda la ciudad desde los contenedores de basura abiertos, los infinitos socavones en calles y aceras, las subidas y bajadas, todo ese desorden, esa confusión y ese caos que convierten Estambul en ella misma me provocan la impresión de que no es la ciudad la insuficiente, mala y deficiente, sino mi vida y mi alma.
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UNA CONVERSACIÓN CON MI MADRE
[...] Las calles de Beyoglu, sus rincones oscuros, el deseo de huir y el sentimiento de culpabilidad parpadeaban en mi mente como luces de neón. Tal y como podía percibir en los momentos de rabia y sentimentalismo excesivos, esas calles de la ciudad que tanto amaba, medio oscuras, medio atractivas, sucias y malignas, hacía mucho que habían ocupado el lugar de ese segundo mundo al que antes podía escapar. Supe que esa noche no estallaría una discusión entre mi madre y yo, que poco después cruzaría la puerta, huiría a las calles, que me darían consuelo, y que después de caminar largo rato regresaría a casa a medianoche y me sentaría a mi mesa para intentar extraer algo del ambiente y de la química de aquellas calles.
—No voy a ser pintor —dije—. Seré escritor.
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