Robbe-Grillet, Alain
Brest -Francia- 1922 — Caen 2008
Está considerado el “padre” del movimiento literario que se denominó Nouveau Roman.
Novelas: Les gommes, La doble muerte del profesor Dupont 1952; Le voyeur, El mirón; La jalousie, La celosía 1957; La maison du rendez-vous, La casa de Hong-Kong
Ensayos: Une voie pour le roman futur, Una vía para la novela futura 1956; Nature, humanisme, tragèdie, Naturaleza, humanismo y tragedia 1958; Le nouveau roman, La nueva novela 1962; Pour un nouveau roman, Por una nueva novela, 1963.
Obtuvo reconocimiento internacional por el guión cinematográfico de L'Annèe derniere a Marienbad, El año pasado en Mariembad (1961) que Alain Resnais llevó a la pantalla.
«Por una novela nueva» :: ISBN 84-322-0121-9
Cada novelista, cada novela, debe inventar su propia forma. Ninguna receta puede reemplazar a esta continua reflexión. El libro crea para él solo sus propias reglas. [...] ... la función del arte no es nunca ilustrar una verdad —ni tan siquiera un interrogante— conocida anteriormente, sino traer al mundo preguntas (y también, quizás, en su día, respuestas) que no se conocen aún a sí mismas.
[...]
La objetiividad en el sentido corriente del término —impersonalidad total de la vista— es, a todas luces, una quimera. Pero la libertad por lo menos sí debería ser posible, y tampoco lo es.
A cada instante, retazos de cultura (psicología, moral, metafísica, etc.), vienen a añadirse a las cosas, confiriéndoles un aspecto menos extraño, más comprensible, más tranquilizador. A veces el camuflaje es total: un gesto se borra de nuestra mente en beneficio de las supuestas emociones en que han tenido origen, retenemos que un paisaje es «austero» o «apacible» sin ser capaces de citar línea alguna, elemento principal alguno. Ni siquiera cuando pensamos en seguida «Todo esto es literatura», tratamos de rebelarnos. Estamos acostumbrados a que esa literatura (la palabra ha adquirido un sentido peyorativo) funcione como una cuadrícula dotada de vidrios de diversos colores, que descompone nuestro campo de percepción en cuadraditos asimilables.
Y si algo se resiste a tal sistemática apropiación, si un elemento del mundo rompe el cristal, sin encontrar lugar en la cuadrícula de interpretación, contamos aún a nuestro servicio con la categoría del absurdo, que dará buena cuenta de este molesto resto.
Ahora bien, el mundo no es ni significante ni absurdo. Es, sencillamente. Eso es, en cualquier caso, lo que de más notable tiene. Y repentinamente, tal evidencia nos sacude con una fuerza contra la cual nada podemos ya. De golpe, toda la hermosa construcción se viene abajo: al abrir de improviso los ojos, hemos sentido, una vez más, el choque con esa obstinada realidad de la que aparentábamos haber dado buena cuenta. A nuestro alrededor, y desafiando a toda la jauría de nuestros adjetivos hostiles o cautos, las cosas están ahí. Su superficie es nítida y tersa, intacta, sin turbios destellos ni transparencias. Toda nuestra literatura no ha sido aún capaz de descanterarle el menor ángulo, ni de debilitar su menor curva.
[...]
… bastaría con leer las grandes novelas de principios de siglo para comprobar que, si bien la disgregación de la intriga ha ido precisándose en el curso de los últimos años, ésta había dejado hacía tiempo de constituir la armazón del relato. Las exigencias de la anécdota son sin duda alguna menos imperiosas para Proust que para Flaubert, para Faulkner que para Proust, para Beckett que para Faulkner... Se trata ya de otra cosa. Contar ha llegado a ser de todo punto imposible.
No obstante, es un error pretender que en las novelas modernas ya no pasa nada. Por lo mismo que no hay que concluir la ausencia del hombre so pretexto de que el personaje tradicional ha desaparecido, no hay tampoco que interpretar la búsqueda de nuevas estructuras del relato como un intento de mera y simple supresión de todo acontecimiento, de toda pasión, de toda aventura. Los libros de Proust y Faulkner están en realidad llenos de historias; pero en los del primero, se disuelven para recomponerse en beneficio de una arquitectura mental del tiempo, mientras que, en los del segundo, el desarrollo de los temas y sus asociaciones múltiples dislocan toda cronología hasta el punto de parecer a menudo enterrar, ahogar a cada paso lo que el relato acaba de revelar. En Beckett mismo no faltan acontecimientos, pero están continuamente sometiéndose a discusión, poniéndose en duda, destruyéndose, hasta el punto de que una misma frase puede contener una constatación y su negación inmediata. En resumen, no es la anécdota lo que falta, sino sólo su carácter de certeza, su tranquilidad, su inocencia.
[...]
La metáfora, que se supone expresa sólo una comparación sin segunda intención, introduce de hecho una subterránea comunicación, un movimiento de simpatía (o antipatía) en que radica su auténtica razón de ser. Pues, como tal comparación, casi siempre es una comparación inútil, que nada nuevo aporta a la descripción. ¿Qué saldría perdiendo el pueblo con estar simplemente «situado» en lo hondo del valle? La palabra «acurrucado» no nos brinda ninguna información complementaria. Y en cambio transporta al lector (siguiendo al autor) a la supuesta alma del pueblo; yo mismo me convierto, mientras dura la frase, en el pueblo, y el fondo del valle actúa como una cavidad en la que aspiro a desaparecer.
Basándose en esta posible adhesión, los defensores de la metáfora responderán que ésta tiene así una ventaja: la de hacer sensible un elemento que no lo era. Convertido en pueblo —dicen—, el lector participa de la situación de éste, y por consiguiente lo comprende mejor. Lo mismo sucede con la montaña:
la haré ver mejor escribiendo que es majestuosa que midiendo el ángulo aparente bajo el cual mi vista registra su altitud... Lo cual no deja de ser cierto, a veces, pero no olvidemos el otro lado de la moneda: esa participación es precisamente lo enojoso, porque conduce a la noción de una unidad oculta.
Hay que añadir incluso que el valor descriptivo añadido es tan sólo un pretexto: los verdaderos aficionados a la metáfora no pretenden sino imponer la idea de una comunicación. Si no dispusieran del verbo «acurrucarse», ni tan siquiera mencionarían la posición del pueblo. La altitud de la montaña nada sería para ellos, si no ofreciera el espectáculo moral de la «majestuosidad».
«La casa de Hong-Kong» :: ISBN 84-322-0165-0
Todo el mundo conoce Hong-Kong, su rada, sus juncos, sus sampanes, los modernos edificios de Kowloon, y el ceñido traje de falda estrecha, abierta por un lado hasta los muslos, que visten las eurasianas, esbeltas muchachas flexibles, moldeadas por el estilizado traje de seda negra con cuellecito recto y sin mangas, cortado al ras de las axilas y de la garganta. La delgada y reluciente tela se lleva directamente sobre la piel, marca las formas del vientre, el pecho, las caderas, y se pliega en la cintura formando un haz de diminutos surcos, cuando la que pasea, y que se ha detenido ante un escaparate, vuelve la cabeza y el busto hacia la luna interpuesta en que, inmóvil, descansando el pie izquierdo en el suelo por la punta sólo de un zapato de un tacón muy alto, dispuesto a reanudar la marcha en mitad de ese paso interrumpido, con la mano derecha tendida hacia delante, un tanto separada del cuerpo, y el codo medio doblado, contempla por un instante a la joven de cera vestida con idéntico traje de seda blanca, o bien su propio reflejo en el cristal, o la correa de piel trenzada que el maniquí sostiene con la mano izquierda, separando del cuerpo el desnudo brazo y el codo medio arqueado para retener a un enorme perro negro de brillante pelaje que camina ante ella.
