Sabato, Ernesto


Rojas (Buenos Aires) 1911 — 2011
De ascendencia italiana; estudió Ciencias y terminó su formación en París. Trabajó con Irene Joliot-Curie; después en la Universidad de Massachussets y finalmente impartió clases de Física en la Universidad de La Plata. Dimitió por razones políticas. En 1955 dirigió el periódico El mundo argentino.
Recibió el nombramiento de Caballero de la Legión de Honor de Francia en 1979. Presidió en 1984 la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP). El informe que redactó llevó su nombre y se publicó en España con el título «Nunca más». Tiene el premio Gabriela Mistral, el Miguel de Cervantes de Literatura de 1984 y el XI Premio Menéndez Pelayo de 1997.

Ensayos: Uno y el Universo, 1945;  Hombres y engranajes, 1951;  Heterodoxia, 1953; El escritor y sus fantasmas,  1963; Los Fantasmas de Flaubert,  1967; Sartre contra Sartre, 1968; Itinerario, 1969; Tres aproximaciones a la literatura de nuestro tiempo, 1974; Apologías y rechazos, 1979; Antes del fin (memorias), 1998; La resistencia, 2000 y  España en los diarios de mi vejez, 2004.

Narrativa: El túnel, 1948; Sobre héroes y tumbas, 1962; Alexandra, 1967;  Abaddón el exterminador, 1974.



«Tres aproximaciones a la literatura de nuestro tiempo» :: ISBN no :: Dep. Ley 11723 (Argentina) © 1974
 
Si Robbe-Grillet se limitara a escribir sus relatos, nada habría que objetar, y más bien debería señalarse su presencia como una de las más curiosas culminaciones de ciertas tendencias contemporáneas. Lamentablemente, a su literatura acompaña una doctrina totalitaria y hasta terrorista, que pretende convertir a los demás narradores en una fauna aberrante y desamparada. En tales condiciones, tenemos el derecho a decir lo qúe pensamos de sus ficciones y teorías. Y a decirlo sin eufemismos.
[...]
No habíamos terminado de definir nuestra nacionalidad cuando el mundo del que surgíamos empezó a derrumbarse en la mayor crisis que registra la historia. Y para mayor desdicha, a esa fractura en el tiempo, que es general a toda civilización de Occidente, se une aquí una fractura en el espacio, pues no somos ni exactamente Europa ni exactamente América. Estamos así en el fin de una civilización y en uno de sus confines. Doble fractura, doble crisis, doble motivo de angustia y problematicidad.
Que los europeos que ignoran este complejo proceso se sorprendan de la índole metafísica de nuestra mejor literatura, es comprensible. Más singular es que se sorprendan los argentinos, que lo viven. Pero también tiene su explicación. Cierto tipo de nacionalista de derecha que añora una Argentina químicamente pura, quiere que siga~ mos escribiendo de los (inexistentes) gauchos, y ciertos nacionalistas de izquierda nos dicen que los problemas metafísicos son propios de una vieja civilización europea, que los utiliza en una literatura decadente junto a morbosos complejos. Según esta singuIar doctrina, el "mal metafísico" sólo puede acometer a un ciudadano de París o Praga; y si se tiene presente que ese mal es consecuencia de la finitud del hombre, hay que concluir que para esos delirantes la gente se muere sólo en Europa, estando habitado este territorio por inmortales folklóricos.
[...]
En abril de 1964 Sartre renegó de su obra de ficción, llegando a decir en un reportaje que una novela como La nausée no tiene sentido cuando en alguna parte del mundo hay un niño que muere de hambre. Y aunque admitió que sigue pensando que los hombres son animales siniestros, sostuvo que sus males metafísicos deben ser relegados a un segundo término, como un lujo y una traición.
Estas declaraciones desencadenaron una polémica que aún perdura. A pesar de compartir su preocupación por la miseria y la injusticia social, me niego en absoluto a aceptar esta perentoria afirmación que, de ser aplicada consecuentemente, no sólo invalidaría una novela metafísica sino la literatura toda y hasta el arte en su integridad; ya que ni la música de Bach, ni la pintura de Van Gogh, ni la poesía de Rilke, son útiles para salvar la vida de una sola criatura desvalida. El arte tiene otras posibilidades y otras misiones.
Y, sin embargo, me adelanto a decir que, como siempre, y aun antes de juzgar su tesis, me inclino ante un hombre que no sólo constituye uno de los testimonios más representativos de nuestro tiempo por su lucidez sino también por su coraje. Atacado e insultado por los comunistas cuando levantó su voz contra sus estupideces y sus atropellos, atacado e insultado por los anticomunistas cuando se ha pronunciado por los pueblos oprimidos, ha mostrado invariablemente su independencia de criterio y ha constituido un ejemplo de lo que debe ser un gran escritor: un testigo insobornable. O sea, atendiendo a la siempre reveladora etimología: un mártir.
[...]
... los falsos dilemas en que se ha venido agotando inútilmente la teoría de la novela: la novela "psicológica" contra la "social", como si pudiera haber una novela que no sea psicológica, que no se refiera al hombre, y como si un hombre pudiera no ser social; la novela de "ideas" contra la novela "corriente", como si una novela, por trivial que sea, pudiera estar desprovista explícita o implícitamente de ideas; la novela "subjetiva" contra la "objetiva", como si pudiera concebirse la existencia de novelas desprovistas, de un modo directo o subrepticio, de subjetividad.
El surgimiento de la novela occidental coincide con la profunda crisis que se produce al finalizar la época medieval, era religiosa en que los valores son nítidos y firmes, para entrar en una era profana en que todo será puesto en tela de juicio y en que la angustia y la soledad serán cada día más los atributos del hombre enajenado *.
_______
* Algunas de estas ideas, ya expuestas en un ensayo de años atrás, coinciden con las que Jean Bloch-Michel desarrolla en Le present de il'indicatíf .

«El túnel» :: ISBN 84-08-46183-4
 
Cada vez que María se aproximaba a mí en medio de otras personas, yo pensaba: «Entre este ser maravilloso y yo hay un vínculo secreto» y luego, cuando analizaba mis sentimientos, advertía que ella había empezado a serme indispensable (como alguien que uno encuentra en una isla desierta) para convertirse más tarde, una vez que el temor de la soledad absoluta ha pasado, en una especie de lujo que me enorgullecía, y era en esta segunda fase de mi amor en que habían empezado a surgir mil dificultades; del mismo modo que cuando alguien se está muriendo de hambre acepta cualquier cosa, incondicionalmente, para luego, una vez que lo más urgente ha sido satisfecho, empezar a quejarse crecientemente de sus defectos e inconvenientes. He visto en los últimos años emigrados que llegaban con la humildad de quien ha escapado a los campos de concentración, aceptar cualquier cosa para vivir y alegremente desempeñar los trabajos más humillantes; pero es bastante extraño que a un hombre no le baste con haber escapado a la tortura y a la muerte para vivir contento: en cuanto empieza a adquirir nueva seguridad, el orgullo, la vanidad y la soberbia, que al parecer habían sido aniquilados para siempre, comienzan a reaparecer, como animales que hubieran huido asustados; y en cierto modo a reaparecer con mayor petulancia, como avergonzados de haber caído hasta ese punto. No es difícil que en tales circunstancias se asista a actos de ingratitud y de desconocimiento.
Ahora que puedo analizar mis sentimientos con tranquilidad, pienso que hubo algo de eso en mis relaciones con María y siento que, en cierto modo, estoy pagando la insensatez de no haberme conformado con la parte de María que me salvó (momentáneamente) de la soledad.

«Sobre héroes y tumbas» :: ISBN 84-8130-360-7
 
De ese modo empezó la etapa final de mi existencia. Comprendí a partir de aquel día que no era posible dejar transcurrir un solo instante más y que debía iniciar ya mismo la exploración de aquel universo tenebroso.
Pasaron varios meses, hasta que en un día de aquel otoño se produjo el segundo encuentro decisivo. Yo estaba en plena investigación, pero mi trabajo estaba retrasado por una inexplicable abulia, que ahora pienso era seguramente una forma falaz del pavor a lo desconocido.
Vigilaba y estudiaba los ciegos, sin embargo.
Me había preocupado siempre y en varias ocasiones tuve discusiones sobre su origen, jerarquía, manera de vivir y condición wológica. Apenas comenzaba por aquel entonces a esbozar mi hipótesis de la piel fría y ya había sido insultado por carta y de viva voz por miembros de las sociedades vinculadas con el mundo de los ciegos. Y con esa eficacia, rapidez y misteriosa información que siempre tienen las logias y sectas secretas; esas logias y sectas que están invisiblemente difundidas entre los hombres y que, sin que uno lo sepa y ni siquiera llegue a sospecharlo, nos vigilan permanentemente, nos persiguen, deciden nuestro destino, nuestro fracaso y hasta nuestra muerte. Cosa que en grado sumo pasa con la secta de los ciegos, que, para mayor desgracia de los inadvertidos tienen a su servicio hombres y mujeres normales: en parte engañados por la organización; en parte, como consecuencia de una propaganda sensiblera y demagógica; y, en fin, en buena medida, por temor a los castigos físicos y metafísicos que se murmura reciben los que se atreven a indagar en sus secretos. Castigos que, dicho sea de paso, tuve por aquel entonces la impresión de haber recibido ya parcialmente y la convicción de que los seguiría recibiendo, en forma cada vez más espantosa y sutil; lo que, sin duda a causa de mi orgullo, no tuvo otro resultado que acentuar mi indignación y mi propósito de llevar mis investigaciones hasta las últimas instancias.
Si fuera un poco más necio podría acaso jactarme de haber confirmado con esas investigaciones la hipótesis que desde muchacho imaginé sobre el mundo de los ciegos, ya que fueron las pesadillas y alucinaciones de mi infancia las que me trajeron la primera revelación. Luego, a medida que fui creciendo, fue acentuándose mi prevención contra esos usurpadores, especie de chantajistas morales que, cosa natural, abundan en los subterráneos, por esa condición que los emparenta con los animales de sangre fria y piel resbaladiza que habitan en cuevas, cavernas, sótanos, viejos pasadizos, caños de desagües, alcantarillas, pozos ciegos, grietas profundas, minas abandonadas con silenciosas filtraciones de agua; y algunos, los más poderosos, en enormes cuevas subterráneas, a veces a centenares de metros de profundidad, como se puede deducir de informes equívocos y reticentes de espeleólogos y buscadores de tesoros; lo suficiente claros, sin embargo, para quienes conocen las amenazas que pesan sobre los que intentan violar el gran secreto.

«Abaddón» :: ISBN no :: Dep. Ley 11723 (Argentina) © 1977
 
Desde que el mersaje pudo leer a Joyce y a Henry Miller en castellano y realizaron que estos genios habían cantado la piedra libre, hubo avivada general y creyeron que todo era cuestión de trasladar a las cuartillas paredes enteras de baños porteños, grafiti de esos que los snobs ponderan en los vespasianos de la Ville Lumiere pero que aquí tienen tanta o mayor riqueza, si se quiere, no sólo desde el punto de vista semántico y semiológico sino también desde la perspectiva de las artes plásticas. Hecho que no es de extrañar, porque este país está fundamentalmente hecho de tanos y gallegos, dos razas de plásticos si las hay. Qué riqueza! Qué satisfacción para la industria nacional! Qué bofetada para tanto cipayo que sólo cree en el arte foráneo! y así, con una birome y un papel (basta saber leer y escribir) o con un grabador japonés puesto en una pizzería de faubourg y con una detallada descripción, hecha, eso sí, con ostinato rigore, de cuando a la novia del futuro best-seller se la pirovaron en un baldío de Villa Soldati, se manda una novela fenómena, que propagada por Jorge Alvarez se constituye en uno de los más clamorosos éxitos de los últimos 57 minutos. Porque todo dura 57 minutos, como corresponde a la ley de las proporciones: James Joyce es a este james joyce de bolsillo como cincuenta años es a X. No nos obcequemos et parlons chiffres: la cuenta da exactamente 57 minutos por reloj para este james joyce reducido por los jíbaros. Pero me voy, chicas, que debo hacerIe un reportaje a Mirtha Legrand sobre peinados.
-No, no y no! Hablá de Joyce, Quique!
-Qué quieren que les diga. El tipo se mandó el invento del jet y durante cincuenta años, 236 escritores de estatura decreciente se dedicaron a introducir modificaciones en los ceniceros o en los sombreritos de las azafatas. Y a eso lo llaman Participar en el Desarrollo de la Nueva Aviación. Y lo más conmovedor es cuando se mandan un cenicero que ya estuvo de moda en 1922 y creen que es novedoso. Como esos otros que cada once años (deben de ser las manchas solares) vuelven a descubrir las minúsculas y se creen unos genios bestiales porque publican un cuentito sin mayúsculas ni signos de puntuación. Infinidad de raquíticos herederos de Joyce, engendrados por enlaces consanguíneos entre hijos y primos de ese peligroso padrillo, nietos y primos-nietos, biznietos y sobrinos-nietos. Así, cada semana surge (el verbo no me pertenece) uno de esos hemofílicos, que inevitablemente viene a desmitificar el lenguaje, y que en serio cree hacerlo con páginas en blanco que ya inutilizó Sterne en el siglo XVIII y juegos gráficos ya gastados por Apollinaire.

párrafos