Saramago, José (de Sousa)

Azinhaga –Portugal- 1922–
Hubo de abandonar sus estudios por falta de medios económicos y luego siguió cursos de formación profesional en la Escola Industrial Alfonso Domingues. Ejerció de cerrajero mecánico en los talleres de los hospitales civiles de Lisboa y en 1942 pasó a los servicios administrativos. Al año siguiente y hasta 1950 fue empleado como jefe administrativo en la Caja de Subsidio de Familia. Hacia 1955 inició una larga unión sentimental con la poetisa Isabel de Nobrega. En 1969 entró en el Partido Comunista portugués. Fue director adjunto del Diario de Noticias de Lisboa entre abril y noviembre de 1974.
Ha sido nombrado Doctor honoris causa por las Universidades de Turín, de Sevilla, y Carlos III de Madrid.
Premios: Ciudad de LisboaPen Club - Dom Dimis - Grinzane Cavour - Asociación de Escritores (APE) - Gran Premio de Teatro – Camões - Nobel de Literatura de 1998.
Poesía y narrativa:
Tierra do pecado, 1947; Os poemas possiveis, 1966; Probablemente alegría, 1970; Desta mundo e do outro, 1971; O año de 1993, 1974; Manual de pintura e caligrafía, 1977; Objeto Quase, 1978; A segunda morte de Francisco Assis. Poetica dos cinco sentidos y O ouvido, 1979; Levantado do Choa, 1980; Memorial do convento, 1982; O ano da morte de Ricardo Reis, 1984; A Jangada de pedra, 1986; Viaje a Portugal, 1991; El Evangelio según Jesucristo, 1991; Ensayo sobre la ceguera, 1995; Todos los nombres, 1998; La caverna, 2000; O homem duplicado (El hombre duplicado), 2002; Ensayo sobre la lucidez, 2004; Las intermitencias de la muerte, 2005; A Viagem do Elefante, 2008.
Teatro:
A noite, 1979; Que farei com este livro, 1980; In nomine Dei, 1993; El disoluto absuelto, 2006.
Biografía, crónicas y viaje:
Cadernos de Lanzarote, 1997 y 2001; As pequenas memórias, 2006; Deste mundo e do outro, 1971; As opiniões que o DL teve, 1974; Os Apontamentos, 1977; Viagem a Portugal, 1981.
 


«La caverna» :: ISBN 84-226-8779-8
 
[...] hay quien se pasa la vida entera leyendo sin conseguir nunca ir más allá de la lectura, se quedan pegados a la página, no entienden que las palabras son sólo piedras puestas atravesando la corriente de un río, si están allí es para que podamos llegar a la otra margen, la otra margen es lo que importa.

[...] nunca nos deberíamos sentir seguros de aquello que pensamos ser porque, en ese momento, pudiera muy bien ocurrir que ya estemos siendo cosa diferente.
[...]
No se trata de estar confiado o no, cuando el poder de decidir está en las manos de otras personas, cuando moverlas en un sentido o en otro no depende de nosotros, lo único queresta es aguantar.

[...] al contrario de lo que suelen preceptuar los diccionarios, incoherencia y contradicción no son sinónimos. Es en el interior de su propia coherencia donde una persona o un personaje se van contradiciendo, mientras que la incoherencia, por ser, más que la contradicción, una constante del comportamiento, repele de sí a la contradicción, la elimina, no se entiende viviendo con ella. Desde este punto de vista, aunque arriesgándonos a caer en las telas paralizadoras de la paradoja, no debería ser excluida la hipótesis de que la contradicción sea, al final, y precisamente, uno de los más coherentes contrarios de la incoherencia.

«El evangelio según Jesucristo» :: ISBN 84-204-8442-3
 
María sostenía el cuenco en lo cóncavo de las dos manos, cuenco sobre cuenco, como si esperase que el mendigo le depositara algo dentro, y él, sin explicación, así lo hizo, se inclinó hasta el suelo y tomó un puñado de tierra, después, alzando la mano, la dejó escurrir lentamente entre los dedos mientras decía con sorda y resonante voz, El barro al barro, el polvo al polvo, la tierra a la tierra, nada empieza que no tenga fin, todo lo que empieza nace de lo que se acabó. Se turbó María y preguntó, Eso qué quiere decir, y el mendigo respondió, Mujer, tienes un hijo en tu vientre y ése es el único destino de los hombres, empezar y acabar, acabar y empezar, Cómo has sabido que estoy embarazada, Aún no ha crecido el vientre y ya los hijos brillan en los ojos de las madres, Si es así, debería mi marido haber visto en mis ojos el hijo que en mí generó, Quizá él no te mira cuando tú lo miras, Y tú quién eres para no haber necesitado oírlo de mi boca, Soy un ángel, pero no se lo digas a nadie.
[...]
Toda ella temblaba, Qué gritos son ésos, preguntó, pero el marido no respondió, la empujó hacia dentro y con movimientos rápidos lanzó tierra sobre la hoguera, Qué gritos eran ésos, volvió a preguntar María, invisible en la oscuridad, y José respondió tras un silencio, Están matando gente. Hizo una pausa y añadió como en secreto, Niños, por orden de Herodes.
[...]
Sobre el Templo, la alta columna de humo, enroscada, continua, mostraba a toda la tierra de alrededor que cuantos allí habían ido a sacrificar eran directos y legítimos descendientes de Abel, aquel hijo de Adán y Eva que al Señor, en aquel tiempo, ofreció los primogénitos de su rebaño y las grasas de ellos, con favorable recepción, mientras su hermano Caín, que no tenía para presentar más que simples frutos de la tierra, vio que el Señor, sin que hasta hoy se haya sabido el porqué, desvió de ellos los ojos y a él no lo miró.
[...]
Preguntó en el Templo, rehízo los caminos de la montaña con el rebaño del Diablo, encontró a Dios, durmió con María de Magdala, este hombre que aquí viene no parece ya sufrir, [...]
Quiénes son mi madre y mis hermanos, pregunta, no es que él no lo sepa, la cuestión es si saben ellos quién es él, aquel que preguntó en el Templo, aquel que contempló los horizontes, aquel que encontró a Dios, aquel que conoció el amor de la carne y en él se reconoció hombre. En este mismo lugar, frente a esta puerta, hubo en tiempos un mendigo que dijo ser un ángel y que, pudiendo, si ángel era, irrumpir casa adentro, llevando consigo el tifón de sus revueltas alas, prefirió llamar y con palabras de mendigo pedir limosna.
[...]
Tengo que contarles historias, Sí, historias, parábolas, ejemplos morales, aunque tengas que retorcer un poco la ley, no te importe, es una osadía que las gentes timoratas siempre aprecian en los otros, a mí mismo, pero no por ser timorato, me gustó tu manera de librar de la muerte a la adúltera, y mira que lo que digo no es poco, pues esa justicia la puse yo en la regla que os di, Permites que te subviertan las leyes, es una mala señal, Lo permito cuando me sirve, incluso llego a quererlo cuando me es útil, recuerda la explicación sobre la ley y las excepciones, lo que mi voluntad quiere, se hace obligatorio en el mismo instante, Moriré en la cruz, dijiste, Ésa es mi voluntad. Jesús miró al pastor, pero el rostro de él parecía ausente, como si estuviera contemplando un momento del futuro y le costara creer lo que veían sus ojos. Jesús dejó caer los brazos y dijo, Hágase entonces en mí según tu voluntad.
[...]
Jesús muere, muere, y ya va dejando la vida, cuando de pronto el cielo se abre de par en par por encima de su cabeza, y Dios aparece, vestido como estuvo en la barca, y su voz resuena por toda la tierra diciendo, Tú eres mi Hijo muy amado, en ti pongo toda mi complacencia. Entonces comprendió Jesús que vino traído al engaño como se lleva al cordero al sacrificio, que su vida fue trazada desde el principio de los principios para morir así, y, trayéndole la memoria el río de sangre y de sufrimiento que de su lado nacerá e inundará toda la tierra, clamó al cielo abierto donde Dios sonreía, Hombres, perdonadle, porque él no sabe lo que hizo. Luego se fue muriendo en medio de un sueño, estaba en Nazaret y oía que su padre le decía, encogiéndose de hombros y sonriendo también, Ni yo puedo hacerte todas las preguntas, ni tú puedes darme todas las respuestas. Aún había en él un rastro de vida cuando sintió que una esponja empapada en agua y vinagre le rozaba los labios, y entonces, mirando hacia abajo, reparó en un hombre que se alejaba con un cubo y una caña al hombro. Ya no llegó a ver, colocado en el suelo, el cuenco negro sobre el que su sangre goteaba.
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EL MUNDO: Magazine 010128
 
No existe ninguna envidia sana. Quien habla de envidia sana presupone que existe una envidia insana. Y yo no lo acepto. La envidia es envidia siempre. Nadie puede decir "no soy envidioso", aunque logre controlar el sentimiento. Yo, desde luego, trato de controlarlo.

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