Sartre, Jean Paul
París 1905 ─ 1980
Máximo representante del «Existencialismo». En 1940, durante la segunda guerra mundial fue hecho prisionero por los alemanes. Liberado en 1941 participó en la Resistencia francesa. En 1945 fundó la revista Les temps modernes, y a partir de entonces se consagró por completo a la literatura. Rechazó el Premio Nobel de 1964.
Principales obras (novela y filosofía):
La náusea 1938; El ser y la nada y Las moscas 1943; Reflexiones sobre la cuestión judía 1946; Situations 1947-1964; El existencialismo es un humanismo 1946; Baudelaire 1947; San Genet, comediante y mártir 1952; Crítica de la razón dialéctica 1960; Las palabras 1963; El idiota de la familia, 3 vols. 1971-1972;
Teatro:
Los caminos de la libertad y A puerta cerrada 1945; Muerte sin sepultura y La puta respetuosa 1946: Las manos sucias 1948; El diablo y el buen Dios 1951; Nebrassov 1956; Los secuestrados de Altona 1960.
«La náusea » :: ISBN 84-206-1846-2
La palabra Absurdo nace ahora de mi pluma; hace un rato, en el jardín, no la encontré, pero tampoco la buscaba, no tenía necesidad de ella; pensaba sin palabras, en las cosas, con las cosas. Lo absurdo no era una idea en mi cabeza, ni un hálito de voz, sino aquella larga serpiente muerta a mis pies, aquella serpiente de madera. Serpiente o garra o raíz o garfas de buitre, poco importa. Y sin formular nada claramente, comprendía que había encontrado la clave de la Existencia, la clave de mis Náuseas, de mi propia vida. En realidad, todo lo que pude comprender después se reduce a este absurdo fundamental. Absurdo: una palabra más, me debato con palabras; allí llegué a tocar la cosa. Pero quisiera fijar aquí el carácter absoluto de este absurdo. Un gesto, un acontecimiento en el pequeño mundo coloreado de los hombres nunca es absurdo sinó relativamente: con respecto a las circunstancias que lo acompañan. Los discursos de un loco, por ejemplo, son absurdos con respecto a la situación en que se encuentra, pero no con respecto a su delirio. Pero yo, hace un rato, tuve la experiencia de lo absoluto: lo absoluto o lo absurdo. No había nada con respecto a lo cual aquella raíz no fuera absurda. ¡Oh! ¿Cómo podré fijar esto con palabras? Absurdo: con respecto a la grava, a las matas de césped amarillo, al barro seco, al árbol, al cielo, a los bancos verdes. Absurdo, irreductible; nada —ni siquiera un delirio profundo y secreto de la naturaleza— podía explicarlo.
«A puerta cerrada» :: ISBN 84-206-1834-9
[de la Escena I]
EL CAMARERO
¿Pero de qué está usted hablando?
GARCIN
De sus párpados. Nosotros parpadeábamos. Eso se llamaba parpadeo. Un pequeño relámpago negro, una cortina que cae y se levanta: el corte, ya está. El ojo se humedece, el mundo se aniquila. No puede usted saber qué refrescante era. Cuatro mil reposos en una hora. Cuatro mil pequeñas evasiones. Y cuando digo cuatro mil... ¿ Entonces voy a vivir sin párpados? No se haga el imbécil. Sin párpados, sin sueño, es todo uno. No
dormiré más... ¿Pero cómo podré soportarme? Trate de comprenderlo, haga un esfuerzo; soy de carácter chinchoso, sabe, y... tengo la costumbre de incordiarme. Pero..., pero no puedo incordiarme sin descanso; allá tenía la noche. Yo dormía. Tenía el sueño ligero. En compensación me obligaba a tener sueños sencillos. Había una pradera... Una pradera, nada más. Soñaba que paseaba por ella. ¿Es de día?
EL CAMARERO
Ya lo ve usted, las lámparas están encendidas.
[de la escena V y última]
GARCIN (con la mano levantada) ¿Se callará usted?
INÉS (lo mira sin miedo, pero con una inmensa sorpresa) ¡Ah! (Una pausa.)
¡Espere! ¡He comprendido; ya sé por qué nos metieron juntos!
GARCIN
Tenga cuidado con lo que va a decir.
INÉS
Ya verán qué tontería. ¡Una verdadera tontería! No hay tortura física, ¿verdad? Y sin embargo estamos en el infierno. Y no ha de venir nadie. Nadie. Nos quedaremos hasta el fin solos y juntos. ¿No es así? En suma, alguien falta aquí: el verdugo.
GARCIN (a media voz) Ya lo sé.
INÉS
Bueno, pues han hecho una reducción de personal. Eso es todo. Los mismos clientes se ocupan del servicio, como en los comedores de empresa.
ESTELLE
¿Qué quiere usted decir?
INÉS
El verdugo es cada uno de nosotros para los otros dos.
[...] [...]
GARCIN
La estatua... (La acaricia.) ¡Pues bien! Este es el momento. La estatua está ahí, la contemplo y comprendo que estoy en el infierno. Os digo que todo estaba previsto. Habían previsto que me quedaría delante de esta chimenea, oprimiendo el bronce con la mano, con todas esas miradas sobre mi. Todas esas miradas que me devoran... (Se vuelve bruscamente.) ¡Ah! ¿No sois más que dos? Os creía mucho más numerosas. (Ríe.) Así que esto es el infierno. Nunca lo hubiera creído... ¿Recordáis?: el azufre, la hoguera, la parrilla... ¡Ah! Qué broma. No hay necesidad de parrillas; el infierno son los otros.
«Reflexiones sobre la cuestión judía» :: ISBN 978-84-674-5115-3
El antisemita reconoce de buen grado que el judío es inteligente y laborioso; se confesará incluso inferior a él en ese terreno. Dicha concesión no le cuesta gran cosa: ha colocado entre paréntesis esas cualidades. O mejor dicho, éstas obtienen su valor de la identidad de su dueño: y cuantas más cualidades tenga el judío, más peligroso será. Por lo que al antisemita se refiere, no se hace ilusiones sobre sí mismo. Se considera un hombre común y corriente, un mediocre, en el fondo. No hay ni un solo caso de antisemita que reivindique frente a un judío su supremacía individual. No obstante, no hemos de creer que le avergüenza su mediocridad: por el contrario, disfruta regodeándose en ella. Diré incluso que la ha elegido. Semejante hombre teme toda clase de soledad, tanto la del genio como la del asesino. Es el hombre de las masas. Por pequeño e insignificante que sea, se encoge aún más por miedo a sobresalir del rebaño y a taparse cara a cara consigo mismo. Si se ha vuelto antisemita, es porque sabe que no se puede serio a solas. Esta frase, «odio a los judíos», es de las que sólo pueden pronunciarse en grupo.
[...]
No hay apenas antisemitismo entre los obreros. Porque, se me dirá, no hay judíos entre ellos. Pero la explicación misma es absurda: porque, e incluso. suponiendo que lo alegado fuese cierto, los propios obreros serían precisamente en ese caso los primeros en quejarse de tal ausencia. Los nazis lo sabían tan bien que cuando decidieron extender y difundir su propaganda entre el proletariado lanzaran el eslogan del «capitalismo judío». No obstante, la clase obrera piensa sintéticamente la situación social: no utiliza métodos antisemitas. [...]
La mayoría de los antisemitas se encuentran, por el contrario, entre las clases medias, es decir, entre seres con un nivel de vida igual o superior al de los judíos, o, si se prefiere, entre los no productores (patronos, comerciantes, profesiones liberales, intermediarios, parásitos). El burgués, en efecto, no produce: dirige, administra, reparte, compra y vende; su función es la de entrar en relación directa con el consumidor, es decir, que su actividad se basa en un trato constante con los hombres, mientras que el obrero está, mediante el ejercicio de su profesión, en contacto permanente con las cosas. Cada uno juzga la historia según su profesión.
[...]
Destructor en activo, sádico de corazón puro, el antisemita es, en lo más profundo de sí, un criminal. Lo que anhela, lo que prepara, es la muerte del judío. Ciertamente, no todos los enemigos de los judíos reclaman públicamente su muerte, pero las medidas que proponen y que, sin excepción alguna, tienden por entero a su humillación, a su discriminación, a su destierro, son los sucedáneos del asesinato que meditan en su fuero interno. Son asesinatos simbólicos.
[...]
Los judíos tienen, pese a todo, un amigo: el demócrata. Pero se trata de un pobre defensor. Claro está que proclama que todos los hombres tienen iguales derechos, claro está que fundó la Liga de los Derechos del Hombre. Pero sus propias manifestaciones revelan la debilidad de su postura. Optó, de una vez por todas, en el siglo XVIII por el talante analítico. No se interesa por las síntesis concretas que le ofrece la historia. No conoce al judío, ni al árabe, ni al negro, ni al burgués, ni al obrero: únicamente al ser humano, idéntico en todo momento, y en cualquier lugar o situación, a sí mismo. Explica todas las comunidades mediante criterios basados en elementos individuales. Un cuerpo físico es para él una suma de moléculas; un cuerpo social, una suma de individuos. Y por individuo entiende una manifestación singular de los rasgos universales que conforman la naturaleza humana. Y de este modo, el antisemita y el demócrata persiguen incansablemente el diálogo sin comprenderse jamás, sin darse cuenta siquiera de que no se refieren a las mismas cosas.
[...]
La causa de los israelitas estaría medio ganada solamente con que sus amigos hallasen a la hora de defenderlos algo de la pasión y de la perseverancia que muestran sus enemigos al destruirlos. Para despertar dicha pasión no hay que apelar a la generosidad de los «arios»: incluso en el mejor de los casos, se trata de una virtud intermitente. Habrá que explicarle, no obstante, a cada cual que el destino de los judíos es su destino. Ningún francés será libre mientras los judíos no gocen de todos sus derechos sin excepción alguna. y ningún francés se hallará a salvo mientras un solo judío en Francia, y en el mundo entero, pueda temer por su vida.
