Singh, Simon


1964 —
Autor británico de ascendencia Punjabí (India). Periodista y productor de TV, especializado en Ciencias y Matemáticas. Doctorado (PhD) en Física de partículas: Cambridge y el CERN de Ginebra. Director de programas del Departamento de Ciencias de la BBC desde 1990. Su documental «Fermat's Last Therorem» gana un premio BAFTA y se proyecta como parte de la serie NOVA en América, con el título «The Proof», siendo nominado para un Emmy.
Libros:
Fermat's Last Therorem [Fermat's Enigma en USA] - El enigma de Fermat 1997; The Code Book – Los códigos secretos 1999; Big Bang 2005; Trick or Treatment? 2008, [coautor: Edzard Ernst]
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«El enigma de Fermat» :: ISBN 84-08-02375-6
 
No es inusual que los jóvenes brillantes se quemen, según apunta el eminente matemático Alfred Adler: «La vida matemática de un matemático es corta. Raramente se progresa más allá de los veinticinco años. Si poco se ha logrado hasta entonces, poco se logrará jamás.»
«Los jóvenes demuestran los teoremas, los ancianos escriben los libros», observó G. H. Hardy en su libro A Mathematician's Apology: «Ningún matemático olvida jamás que las matemáticas son un juego de juventud. Sirva como pequeña muestra que el promedio de edad para el ingreso en la Royal Society es menor en matemáticas.» Su estudiante más sobresaliente, Srinivasa Ramanujan, fue elegido miembro de la Royal Society a la temprana edad de treinta y un años porque había logrado una serie de progresos decisivos en su juventud. A pesar de haber recibido una exigua formación académica en Kumbakonam, su pueblo natal al sur de la India, Ramanujan era capaz de elaborar teoremas y demostraciones que habían escapado a los matemáticos occidentales. Parece que en esta materia la experiencia adquirida con la edad es menos relevante que la intuición y la osadía de la juventud. Cuando Hardy, el catedrático de Cambridge, supo de sus resultados, quedó tan impresionado que lo instó a abandonar su trabajo de humilde oficinista al sur de la India para asistir al Trinity College. Allí podría trabajar conjuntamente con algunos de los principales expertos en teoría de números. Por desgracia, los crudos inviernos de East Anglia fueron excesivos para Ramanujan. Contrajo la tuberculosis y falleció ala edad de treinta y tres años.
Otros matemáticos han hecho carreras igual de brillantes, pero breves. Niels Henrik Abel, noruego del siglo XIX, realizó su mayor aportación a las matemáticas a la edad de diecinueve años y sólo ocho después murió en la miseria, también de tuberculosis. Charles Hermite dijo de él: «Su legado mantendrá ocupados a los matemáticos durante quinientos años», y desde luego es verdad que los hallazgos de Abel ejercen aún hoy una influencia considerable en la teoría de números. Evariste Galois, contemporáneo del anterior y de un talento similar, alcanzó sus mayores logros siendo aún quinceañero, y en este caso la muerte se produjo a los veintiuno.
Estos ejemplos no pretenden demostrar que los matemáticos mueren de manera prematura y trágica, sino que suelen concebir sus ideas más profundas en la juventud y que, como dijo Hardy en cierta ocasión, «no conozco un solo ejemplo de adelanto matemático relevante debido a alguien que superara los cincuenta». Los matemáticos de mediana edad van pasando a menudo a un segundo plano y dedican el resto de su vida a la docencia o a la burocracia más que a la investigación. En el caso de Andrew Wiles nada podría estar más lejos de la realidad. Aunque rebasaba la avanzada edad de cuarenta, había pasado los siete últimos años trabajando en absoluto secreto, intentando resolver el gran problema de las matemáticas. Mientras otros barruntaban que se había secado, él conseguía enormes progresos inventando técnicas y herramientas nuevas con las que se iba preparando para demostrar el teorema. Su decisión de trabajar en un aislamiento absoluto fue una estrategia muy arriesgada y, además, inaudita en el mundo de las matemáticas.

«Los códigos secretos» :: ISBN 84-226-8560-4
 
El Hombre de la Máscara de Hierro había sido objeto de mucha especulación desde que fue encarcelado en la fortaleza francesa de Pignerole, en Savoy. Cuando fue trasladado a la Bastilla en 1698, los campesinos trataron de verlo, aunque fuera fugazmente, y dieron muchas versiones contradictorias, afirmando algunos que era bajo y otros alto, rubio unos y moreno otros, joven algunos y viejo algunos otros... Hubo quienes llegaron a afirmar que no era un hombre, sino una mujer. Con tan pocos hechos, todo el mundo, de Voltaire a Benjamin Franklin, creó su propia teoría para explicar el caso del Hombre de la Máscara de Hierro. La teoría conspiratoria más popular con relación a la Máscara (como a veces se le denominaba) sugería que se trataba del gemelo de Luis XIV, condenado al encarcelamiento para evitar cualquier controversia sobre quién era el legítimo heredero al trono. Una versión de esta historia alega que existieron descendientes de la Máscara y, por tanto, una dinastía real oculta. Un librillo publicado en 1801 decía que Napoleón mismo era un descendiente de la Máscara, un rumor que, como realzaba su posición, el emperador no negó.
[...]
Bazeries había descifrado una carta escrita por François de Louvois, el ministro de la Guerra de Luis XIV. La carta comenzaba enumerando los delitos de Vivien de Bulonde, el comandante responsable de conducir un ataque ala ciudad de Cuneo, en la frontera francoitaliana. Aunque le habían ordenado quedarse y resistir, Bulonde se sintió preocupado por la posible llegada de tropas enemigas desde Austria y huyó, dejando atrás sus municiones y abandonando a muchos de sus soldados heridos. Según el ministro de la Guerra, estas acciones pusieron en peligro toda la campaña de Piedmont, y la carta dejaba muy claro que el rey consideraba las acciones de Bulonde como un acto de extrema cobardía:

Su Majestad conoce mejor que nadie las consecuencias de este acto, y también es consciente de lo profundamente que nuestra fallida tentativa de tomar la plaza perjudicará nuestra causa, un fracaso que hay que reparar durante el invierno. Su Majestad desea que arrestéis inmediatamente al general Bulonde y hagáis que sea conducido a la fortaleza de Pignerole, donde lo encerrarán en una celda guardada por la noche, permitiéndosele caminar por las almenas durante el día cubierto con una máscara.

Ésta era una referencia explícita a un prisionero enmascarado en Pignerole, ya un delito suficientemente serio, con fechas que parecen encajar con el mito del Hombre de la Máscara de Hierro. ¿Esclarece esto el misterio? Como no era de extrañar, los que están a favor de soluciones más conspiratorias han encontrado fallos en Bulonde como candidato. Por ejemplo, existe el argumento de que si Luis XIV estaba realmente tratando de encarcelar secretamente a su gemelo no reconocido habría dejado una serie de pistas falsas. Quizá, la carta codificada se había escrito con la intención de que fuera descifrada. Quizá, el descifrador del siglo XIX había caído en una trampa del siglo XVII.

[...]
Alan Turing fue otro de los criptoanalistas que no vivió lo suficiente para recibir ningún reconocimiento público. En vez de ser aclamado como un héroe, fue perseguido por su homosexualidad. En 1952, mientras denunciaba un robo a la policía reveló ingenuamente que mantenía una relación homosexual. La policía pensó que no le quedaba otra opción que detenerlo y acusarlo de «flagrante indecencia contraria a la Sección 11 del Acta de Enmienda de la Ley Penal de 1885». Los periódicos informaron del juicio y la condena subsiguientes y Turing fue humillado públicamente.
El secreto de Turing había sido revelado, y su sexualidad era ahora de dominio público. El gobierno británico le retiró su acreditación de miembro de la seguridad. Se le prohibió trabajar en proyectos de investigación relacionados con el desarrollo del ordenador. Fue obligado a consultar a un psiquiatra y tuvo que someterse aun tratamiento de hormonas, que lo dejó impotente y obeso. Durante los dos años siguientes sufrió una grave depresión, y el 7 de junio de 1954 se fue a su dormitorio con un tarro de solución de cianuro y una manzana. Veinte años antes había coreado la rima de la bruja mala: «Moja la manzana en la poción, que la muerte durmiente penetre en profusión.» Ahora estaba listo para obedecer su conjuro. Mojó la manzana en el cianuro y dio varios mordiscos. Con sólo cincuenta y dos años, uno de los genios verdaderos del criptoanálisis se suicidó.

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