Strachey, Lytton


Londres 1880 — 1932.
Historiador, biógrafo, ensayista y crítico literario. Estudió en el Trinity College de Cambridge hasta 1905. Fue conocido en los círculos literarios londinenses por sus ensayos y críticas de libros. A lo largo de dos años escribió en The Spectator. En 1912 publicó su primer libro que no causó sensación hasta 1918 cuando su carrera literaria se afianzó con un éxito espectacular. Su homosexualidad, su atuendo descuidado y su relación con la pintora Dora Carrington escandalizaron a la sociedad victoriana de principios de siglo.
Obras: Landmarks in French Literature, 1912; Eminent Victorians, 1918; Queen Victoria, 1921; Books and Characters [collection of studies and critics], 1922; Elizabeth and Essex, 1928; Portraits in Miniature, 1931 —Retratos en miniatura, 1995—; Characters and Commentaries, [publicada póstuma].

 


«Eminent Victorians» ISBN 0-14-018350-7
eminent Victorians  
Florence Nightingale

Every one knows the popular conception of Florence Nightingale. The saintly, self-sacrificing woman, the delicate maiden of high degree who threw aside the pleasures of a life of ease to succour the afflicted, the Lady with the Lamp, gliding through the horrors of the hospital at Scutari, and consecrating with the radiance of her goodness the dying soldier's couch –the vision is familiar to all. But the truth was different. The Miss Nightingale of fact was not as facile fancy painted her. She worked in another fashion, and towards another end; she moved under the stress of an impetus which finds no place in the popular imagination. A Demon possessed her. Now demons, whatever else they may be, are full of interest.
[...]
[...] (her) name lives in the memory of the world by virtue of the lurid and heroic adventure of the Crimea. Had she died –as she nearly did– upon her return to England, her reputation would hardly have been different; her legend would have come down to us almost as we know it today that gentle vision of female virtue which first took shape before the adoring eyes of the sick soldiers at Scutari. Yet, as a matter of fact, she lived for more than half a century after the Crimean War; and during the greater part of that long period all the energy and all the devotion of her extraordinary nature were working at their highest pitch. [...] In Miss Nightingale's own eyes the adventure of the Crimea was a mere incident –scarcely more than a useful stepping–stone in her career. It was the fulcrum with which she hoped to move the world; but it was only the fulcrum. For more than a generation she was to sit in secret, working her lever: and her real life began at the very moment when, in the popular imagination, it had ended.
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 Todo el mundo comparte la visión popular de Florence Nightingale, su venerable autosacrificio, la delicada doncella en grado sumo que se apartó de los placeres de una vida fácil para socorrer a los afligidos, la Señora de la Lámpara que alumbraba entre los horrores del hospital de Scutari, y consagraba con el brillo de su bondad el jergón del soldado moribundo –la visión es familiar a todos. Pero la verdad fue diferente. La señorita Nightingale real no fue tal como ese retrato fácil la pintó. Ella trabajó de otra manera, orientada hacia otros objetivos; se movió impulsada por un ímpetu que no tiene sitio en la imaginación popular: un demonio la poseía. Y los demonios hoy, sean lo que sean, resultan sumamente interesantes.
[...]
[...] (su) nombre vive en la memoria del mundo a consecuencia de la heróica y sorprendente aventura de Crimea. Si ella hubiera muerto –como estuvo a punto de sucederle– a su regreso a Inglaterra, su reputación difícilmente hubiese sido distinta; su leyenda nos habría llegado casi tal como hoy la conocemos; esa amable visión de virtud femenina que primero tomó forma ante los reverentes ojos de los soldados enfermos en Scutari. Sin embargo, ella vivió todavía más de medio siglo después de la guerra de Crimea; y durante la mayor parte de ese largo período toda la energía y dedicación de su extraordinaria naturaleza funcionó al máximo nivel. [...] Consideró la aventura de Crimea un simple incidente –poco más que el paso fundacional de su carrera, el punto de apoyo para mover el mundo, pero sólo eso. Durante más de una generación permaneció sentada en secreto accionando su palanca: su vida real comenzó en el preciso instante en que la imaginación popular la dio por concluida.


«Queen Victoria» ISBN 0-14-018393-0
Queen Victoria  
The new queen was almost entirely unknown to her subjects. In her public appearances her mother had invariably dominated the scene. Her private life had been that of a novice in a convent: hardly a human being from the outside world had ever spoken to her; and no human being at al!, except her mother and the Baroness Lehzen, had ever been alone with her in a room. Thus it was not only the public at large that was in ignorance of everything concerning her; the inner circles of statesmen and officials and high-born ladies were equally in the dark.* When she suddenly emerged from this deep obscurity, the impression that she created was immediate and profound.[...] Her perceptions were quick, her decisions were sensible, her language was discreet; she performed her royal duties with extraordinary facility.* Among the outside public there was a great wave of enthusiasm. Sentiment and romance were coming into fashion; and the spectacle of the little girl-queen, innocent, modest, with fair hair and pink cheeks, driving through her capital, filled the hearts of the beholders with raptures of affectionate loyalty.
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* Greville: "The Greville Memoirs" [8 vols. 1896: vols. III&IV]

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La nueva reina era casi una completa desconocida para sus súbditos. Su madre había dominado enteramente la escena en sus apariciones públicas. Su vida privada había sido como la de una novicia en un convento: difícilmente un ser humano del mundo exterior le habló alguna vez, y nadie excepto su madre y la baronesa Lehzen estuvo jamás sola con ella en una habitación. De modo que no sólo el público en general ignoraba todo sobre ella, sino que compartían idéntica ignorancia los círculos íntimos de estadistas, oficiales y damas de alto rango. Cuando ella surgió repentinamente de esa oscuridad, la impresión que suscitó fue inmediata y profunda. [...] Rápida de percepción, adecuada en sus decisiones y discreta en su expresión, cumplía sus obligaciones reales con extraordinaria facilidad. Una gran ola de entusiasmo se extendió entre el público. Sentimentalismo y novelería se pusieron de moda, y el espectáculo de la reina-niña inocente, modesta, de bonitos cabellos y sonrosadas mejillas, conduciendo por su capital, inundó los corazones de los espectadores entre éxtasis de leal afecto.



«Retratos en miniatura» ISBN 84-7702-137-6
Retratos en miniatura  
David Hume

¿Dónde reside la virtud más representativa de la humanidad? ¿En el trabajo bien hecho? Posiblemente. ¿En la creación de objetos bellos? Quizá. Pero no dejará de haber quien mire en otra dirección, y la encuentre en el distanciamiento. Para esos, David Hume debe de ser uno de los más importantes santos del calendario, porque jamás hubo otro mortal tan libre de los estorbos de lo personal y lo particular, nadie practicó jamás con semejante éxito el arte divino de la imparcialidad. Y, a decir verdad, carecer de servidumbres personales es algo muy noble y muy poco común. Puede decirse que es lo opuesto de lo animal. Podría construirse una cadena de criaturas, ordenadas de acuerdo con su interés decreciente por el entorno inmediato, que podría comenzar en la ameba, y concluir con el matemático. Al parecer, el máximo distanciamiento se halla entre los matemáticos puros: la mente se mueve entre paradigmas infinitamente complejos, completamente ajenos a las consideraciones temporales. No obstante, esta propia libertad —condición esencial para la actividad del matemático— tal vez le dé una ventaja injusta. Sólo puede equivocarse, no engañar. Pero el metafísico sí puede. Los problemas de los que trata son de abrumadora para él y para el resto de la humanidad; y su ocupación consiste en tratarlos con una exactitud tan imparcial como si fueran algún rompecabezas de la teoría de los números. Esa es su ocupación y su gloria.
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Edward Gibbon

La primera palabra que nos viene a la mente al pensar en Edward Gibbon es «felicidad», felicidad en su más amplia acepción, que incluye tanto la buena suerte como el disfrute de las cosas. Y, a decir verdad, la buena suerte lo persiguió desde la cuna a la sepultura, de la manera más delicada posible; en ocasiones pareció faltarle, pero su ausencia resultó ser invariablemente un disfraz más de aquella buena suerte. De una familia de siete personas, sólo él tuvo la suerte de sobrevivir, pero en medio de dificultades; las enfermedades infantiles predispusieron su mente para los placeres del estudio y de la literatura. Su madre murió, pero su lugar lo ocupó una tía devota, cuyas atenciones lo condujeron a través de los años peligrosos de la adolescencia hasta una vigorosa madurez. En Oxford, la mala suerte le impidió llegar a ser catedrático. El exilio, en Lausanne, al proporcionarle un buen dominio del francés, lo inició en la cultura europea, y al tiempo le permitió poner las bases de su erudición. Su padre se casó de nuevo, pero su madrastra no tuvo hijos y fue una de sus mejores amigas. Se enamoró, se le prohibió el matrimonio, y eludió así las inciertas gratificaciones de la vida conyugal junto a la futura Madame Necker. Aunque se le permitió viajar al Continente, parecía poco probable que su padre tuviera los recursos o la generosidad suficientes para hacerle cruzar los Alpes hasta Italia. Su destino se mantuvo indeciso, pero finalmente su padre consiguió las quinientas libras que hacían falta y, en el otoño de 1764, Roma vio a su historiador. Su padre murió en el momento adecuado, y le dejó una cantidad adecuada de dinero. A los treinta y tres años, Gibbon se halló convertido en su propio amo, con medios de fortuna suficientes para mantenerse ocioso como un caballero inglés que siguiera la moda. Vivió en Londres durante diez años, fue miembro del Parlamento, era un hombre público; solía salir a cenar y, durante esos diez años, escribió los tres primeros volúmenes de su Historia. Después perdió el escaño, no logró recuperado y, al darse cuenta de que sus gastos superaban sus ingresos, regresó a Lausanne, donde fijó su residencia en la casa de un amigo que daba al lago de Ginebra. Fue el último peldaño de su carrera, y no fue menos afortunado que los anteriores. En Lausanne volvió a ser rico, se hizo famoso, y disfrutó una deliciosa combinación de vida social y de retiro. Antes de que transcurriesen diez años había completado su Historia; y con tranquilidad, con dignidad y absoluta satisfacción concluyó su trabajo en este mundo.

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