Vargas Llosa, Mario


Arequipa (Perú) 1936 —
Educado en Lima en una escuela católica, fue internado después en el Colegio Militar Leoncio Prado. Terminó sus estudios en el Colegio Nacional San Miguel en Piura y estudió Derecho y Literatura en Lima y Madrid. Sus experiencias personales en el Leoncio Prado quedaron plasmadas después en La ciudad y los perros, la novela que lo proyectó internacionalmente. Vivió en París, Lima, Londres y Barcelona y en 1975 fue nombrado miembro de la Academia Peruana.
En 1990 fue candidato por el Frente Democrático (FREDEMO) a la Presidencia del Perú y perdió las elecciones frente a Alberto Fujimori. En 1993 obtuvo la nacionalidad española y en 1994 fue nombrado miembro de la Real Academia.

Ha recibido los siguientes Premios:
Biblioteca Breve de Novela 1962; Crítica de Narrativa Castellana 1964 y 1967; Internacional de Novela Rómulo Gallegos 1967; Príncipe de Asturias de las Letras 1986;  Planeta de Novela 1993 y Miguel de Cervantes 1994.
La concesión del Nobel de Literatura de 2010 antecede por poco a la publicación de su novela, El sueño del celta y coincide con la presencia en España de Oliver Stone que presenta la película «Wall Street. El dinero nunca duerme».

Obras principales: Los jefes, 1959; La ciudad y los perros, 1962; La casa verde, 1966; Los cachorros, 1967; Conversación en La Catedral, 1969; Pantaleón y las visitadoras, 1973; La tía Julia y el escribidor,1977; La guerra del fin del mundo, 1981; Elogio de la madrastra, 1988; Lituma en los Andes, 1993;    La Fiesta del Chivo, 2000; Travesuras de la niña mala, 2006.
Destacan entre sus obras de no-ficción la 'didáctica' Cartas a un joven novelista, 1997, y la crítica literaria en La verdad de las mentiras, 1989, que reune su visión personal sobre 36 obras capitales de la Literatura del siglo XX.
 


«La ciudad y los perros» :: ISBN 84-322-2601-7
 
PODRÍA SOPORTAR la soledad y las humillaciones que conocía desde niño y sólo herían su espíritu: lo horrible era el encierro, esa gran soledad exterior que no elegía, que alguien le arrojaba encima como una camisa de fuerza. Estaba frente al cuarto .del teniente, todavía no levantaba la mano para tocar. Sin embargo, sabía que iba a hacerlo, había demorado tres semanas en decidirse, ya no tenía miedo ni angustia. Era su mano la que lo traicionaba: permanecía quieta, blanda, pegada al pantalón, muerta. No era la primera vez. En el Colegio Salesiano le decían "muñeca"; era tímido y todo lo asustaba.
[...]
Una vez se dijo: "tengo que hacer algo". En plena clase desafió al más valiente del año: ha olvidado su nombre y su cara, sus puños certeros y su resuello. Cuando estuvo frente a él, en el canchón de los desperdicios, encerrado dentro de un círculo de espectadores ansiosos, tampoco sintió miedo, ni siquiera excitación: sólo un abatimiento total. Su cuerpo no respondía ni esquivaba los golpes; debió esperar que el otro se cansara de pegarle.
[...]
[...]
–Tonterías –dijo el mayor con cólera–. Usted debe leer novelas, Gamboa. Vamos a arreglar este enredo de una vez y basta de discusiones inútiles. Vaya a la Prevención y mande a esos cadetes a su cuadra. Dígales que si hablan de este asunto serán expulsados y que no se les dará ningún certificado. Y haga un nuevo informe, omitiendo todo lo relativo a la muerte del cadete Arana.
–No puedo hacer eso, mi mayor –dijo Gamboa–. El cadete Fernández mantiene sus acusaciones. Hasta donde he podido comprobar por mí mismo, lo que dice es cierto. El acusado se hallaba detrás de la víctima durante la campaña. No afirmo nada, mi mayor. Quiero decir sólo que, técnicamente, la denuncia es aceptable. Sólo el Consejo puede pronunciarse al respecto.
–Su opinión no me interesa –dijo el mayor, con desprecio–. Le estoy dando una orden. Guárdese esas fábulas para usted y obedezca. ¿O quiere que lo lleve ante el Consejo? Las órdenes no se discuten, teniente.
–Usted es libre de llevarme al Consejo, mi mayor –dijo Gamboa, suavemente–. Pero no vaya rehacer el parte. Lo siento. Y debo recordarle que usted está obligado a llevarlo donde el comandante.
El mayor palideció de golpe. Olvidando las formas, trataba ahora de alcanzar los bigotes con los dientes a toda costa y hacía muecas sorprendentes. Se había puesto de pie. Sus ojos eran violáceos.
–Bien –dijo–. Uted no me conoce, Gamboa. Soy manso sólo cuando se portan bien conmigo. Pero soy un enemigo peligroso, ya lo va a comprobar. Esto le va a costar caro. Le juro que se va acordar de mí. Por lo pronto, no saldrá del colegio hasta que todo se aclare. Vaya transmitir el parte, pero también pasaré un informe sobre su manera de comportarse con los superiores. Váyase.

«La guerra del fin del mundo» :: ISBN 84-01-38001-4
 
EL SONIDO de los pitos se parece al de ciertos pájaros, es un lamento desacompasado que atraviesa los oídos y va a incrustarse en los nervios de los soldados, despertándolos en la noche o sorprendiéndolos en una marcha. Preludia la muerte, viene seguido de balas o dardos que, con silbido rasante, brillan contra el cielo luminoso o estrellado antes de dar en el blanco. El sonido de los pitos cesa entonces y' se oyen los bufidos dolientes de las reses, los caballos, las mulas, las cabras o los chivos. Alguna vez cae herido un soldado, pero es excepcional porque, así como los pitos están destinados a los oídos –las mentes, las almas– de los soldados, los proyectiles buscan obsesivamente a los animales. Han bastado las dos primeras reses alcanzadas para que descubran que esas víctimas no son ya comestibles, ni siquiera por quienes en todas las campañas que han vivido juntos aprendieron a comer piedras. Los que probaron esas reses comenzaron a vomitar de tal modo y a padecer tales diarreas que, antes que los médicos lo dictaminaran, supieron que los dardos de los yagunzos  matan doblemente a los animales, quitándoles la vida y la posibilidad de ayudar a sobrevivir a quienes venían arreándolos.
[...]
[...]
"Te servirá para tu carrera", le dijo su padre al despedido en la estación de Sao Paulo. "Tendrás una práctica intensiva de primeros auxilios." Ha sido una práctica de carpintero, más bien. Algo ha aprendido en estas tres semanas: los heridos mueren más en razón de la gangrena que de las heridas, los que tienen más posibilidades de salvarse son aquellos que reciben el balazo o el tajo en brazos y piernas –miembros separables– siempre que se les ampute y cauterice a tiempo. Sólo los tres primeros días alcanzó el cloroformo para hacer las amputaciones con humanidad; en esos días era Teotónio quien reventaba las ampolletas, embebía una mota de algodón con el líquido emborrachante y lo sujetaba contra la nariz del herido mientras el Capitán-cirujano, Doctor Alfredo Gama, serruchaba, resoplando. Cuando se terminó el cloroformo, el anestésico fue una copa de aguardiente y ahora que se terminó el aguardiente las operaciones se hacen en frío, esperando que la víctima se desmaye pronto, de modo que el cirujano pueda operar sin la distracción de los alaridos.

«La Fiesta del Chivo» :: ISBN 84-226-8762-3
 
El pelo que le faltaba en la cabeza le sobresalía de las orejas, cuyas matas de vellos negrísimos irrumpían, agresivas, como grotesca compensación a la calvicie del Constitucionalista Beodo. ¿También él le había puesto ese apodo, antes de rebautizarlo, en su fuero íntimo, la Inmundicia Viviente? El Benefactor no lo recordaba. Probablemente, sí. Era bueno poniendo apodos, desde su juventud. Muchos de esos sobrenombres feroces que estampillaba sobre la gente se hacían carne de sus víctimas y llegaban a reemplazar sus nombres. Así había ocurrido con el senador Henry Chirinos, a quien nadie en la República Dominicana, fuera de los periódicos, conocía ya por su nombre, sólo por su devastador apelativo: el Constitucionalista Beodo.

«Cartas a un joven novelista» :: ISBN 84-226-8763-1
 
Para deslindar las propiedades originales del tiempo novelesco, el primer paso, como en lo relativo al espacio, es averiguar en esa novela concreta el punto de vista temporal, que no debe confundirse nunca con el espacial, aunque, en la práctica, ambos se hallen visceralmente unidos.
Como no hay manera de librarse de las definiciones (estoy seguro de que a usted le molestan tanto como a mí, pues las siente írritas al universo impredecible de la literatura) aventuremos ésta: el punto de vista temporal es la relación que existe en toda novela entre el tiempo del narrador y el tiempo de lo narrado. Como en el punto de vista espacial, las posibilidades por las que puede optar el novelista son sólo tres (aunque las variantes en cada uno de estos casos sean numerosas) y están determinadas por el tiempo verbal desde el cual el narrador narra la historia:
a) el tiempo del narrador y el tiempo de lo narrado pueden coincidir, ser uno solo. En este caso, el narrador narra desde el presente gramatical;
b) el narrador puede narrar desde un pasado hechos que ocurren en el presente o en el futuro. Y, por último
c) el narrador puede situarse en el presente o en el futuro para narrar hechos que han ocurrido en el pasado (mediato o inmediato).
Aunque estas distinciones, formuladas en abstracto, puedan parecer un poco enrevesadas, en la práctica son bastante obvias y de captación inmediata, una vez que nos detenemos a observar en qué tiempo verbal se ha instalado el narrador para contar la historia.

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