Volpi, Jorge

México 1968–
"Uno de los diez nuevos rostros del pensamiento iberoamericano", así fue definido por la revista
Foreign Policy en Español. Profesor en las universidades de Emory, Cornell, Las Américas de Puebla, Pau y Católica de Chile. Becario de la Fundación Guggenheim y miembro del Sistema Nacional de Creadores de México. Posee verias condecoraciones entre las que destaca la Orden de Isabel la Católica de España. Director de Canal 22 entre 2007 y 2011, en la actualidad colabora en los periódicos
Reforma y
El País.
Obras: [listadas en lecturalia.com]
A pesar del oscuro silencio 1992;
Tres bosquejos del mal 1994;
Días de ira. Tres narraciones en tierra de nadie 1994;
La guerra y las palabras. Una historia intelectual de 1994 1994;
La paz de los sepulcros 1995;
El temperamento melancólico 1996;
Sanar tu piel amarga 1997;
La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968 1998;
En busca de Klingsor 1999;
El juego del Apocalipsis 2000;
Día de muertos 2001;
Desafíos de la ficción 2002;
El fin de la locura 2003;
Dos novelitas poco edificantes 2004;
No será la tierra 2006;
Pasión de papel: Cuentos sobre el mundo del libro 2007;
El jardín devastado 2008;
El insomnio de Bolívar 2009;
Oscuro bosque oscuro 2010;
Leer la mente 2011.
Los títulos en negritas componen la
Trilogía del siglo XX.
Sus libros se han traducido a veinticinco idiomas.
«En busca de Klingsor» :: ISBN 84-322-0788-8
Toda verdad proclamada es un acto de violencia, una simulación, un engaño. ¿Cuándo un débil se convierte en fuerte? No es tan complicado. Todo aquel que puede hacer creer a los demás —a los demás débiles— que conoce mejor el futuro, es capaz de dominar a los otros. Su influencia, claro está, se basa en una ilusión: como señaló Max Weber, el poder no es más que la capacidad de predecir, con la mayor exactitud posible, la conducta ajena.
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Todos los hombres son mentirosos
Si, de acuerdo con el Teorema de Gödel, cualquier sistema axiomático contiene proposiciones indecidibles; si, de acuerdo con la relatividad de Einstein, ya no existen tiempos y espacios absolutos; si, de acuerdo con la física cuántica, la ciencia ya sólo es capaz de ofrecer vagas y azarosas aproximaciones del cosmos; si, de acuerdo con el principio de incertidumbre, la causalidad ya no sirve para predecir el futuro con certeza; y si los individuos particulares sólo poseen verdades particulares, entonces todos nosotros, que fuimos modelados con la misma materia de los átomos, estamos hechos de incertidumbre. Somos el resultado de una paradoja y de una imposibilidad. Nuestras convicciones, por tanto, son necesariamente medias verdades. Cada afirmación equivale a un engaño, a una demostración de fuerza, a una mentira. Ergo, no deberíamos confiar ni siquiera en nosotros mismos.
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(Marcado en color mío: Volpi parece remedar a Monod … el azar y la necesidad)
«Leer la mente» El cerebro y el arte de la ficción :: ISBN 978-84-204-0979-5
No llegaré al extremo de insinuar que todo lo demás, incluidos ustedes, mis lectores, mis hermanos, sólo son invenciones mías, tan predecibles o caprichosas como los personajes de mis libros —un tema recurrente en tantas novelas y películas—, y que acaso yo estoy loco o que sólo yo existo, como en La amante de Wittgenstein de David Markson. El solipsismo extremo es también una invención literaria.
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La literatura, es cierto, parece degradarse cuando persigue un fin concreto, cuando soporta una ideología explícita. Porque cualquier ideología es, de entrada, una forma excluyente de otras variedades de pensamiento. Cuando no descansa en un dogma, la ficción nos permite, por el contrario, ensanchar nuestra idea de lo humano. Con ella no sólo conocemos otras voces y otras experiencias, sino que las sentimos tan vivas como si nos pertenecieran.
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El genio consiste, en todo caso, en modificar —en mutar— las ideas de los otros, en volverlas más eficaces o más precisas. Sólo los más ambiciosos y los más cínicos, empresarios, agentes y «creadores», tienen la desfachatez de defender a ultranza los derechos de autor. Las ideas son un patrimonio común —todos somos piratas.
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Le guste o no, un escritor siempre tiene en mente a su lector: mienten quienes afirman, sin sonrojarse, que escriben para su propio deleite. En cuanto asiento la primera línea de un texto, mi cerebro no sólo aventura qué frase vendrá a continuación, sino cómo será leída por alguien más. Si el otro no importara, la escritura dejaría de ser un vehículo de comunicación y se convertiría en un lenguaje privado e inaccesible, desprovisto de cualquier sentido social. Leer y escribir no son solitarios, sino juegos de pareja —aun si, como suele ocurrir en la realidad, tu pareja es un fantasma.
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