[pseudónimo literario de
François Marie de Arouet] París 1694–1778.

Maestro de la ironía y crítico corrosivo es el representante puntero del "espíritu de la Ilustración". Se educó en el colegio jesuita Louis Le Grand. Enseguida los contactos con la
Societé du Temple lo enfrentaron a las ideas jansenistas de su ambiente familiar. Fue encarcelado en 1717 por la publicación de una sátira contra el regente. En 1718, después del estreno de Edipo, acuña el seudónimo. En 1723 enferma de viruela. Entre 1726 y 1729 reside en Inglaterra. Escribe sus "Lettres Anglois" que a su regreso a Francia son quemadas. Asume las ideas de
Locke y admira la ciencia de
Newton. Polemiza a lo largo de su dilatada vida contra
Malebranche, Spinoza, Leibniz, La-Mettrie, Bossuet...
Sartre lo llamó
último testigo de una situación de escritor que la historia no volverá a repetir, y
Barthes le dedica el estudio que titula
"El último de los escritores felices". A las veinte mil cartas que escribió según sus biógrafos, el filósofo español Fernando
Savater añadió una decena (apócrifa) más que le sirvió para reconstruir parte de la biografía del admirado/vilipendiado autor francés.
Obras principales -
Historia: El siglo de Luis XIV (1753); Historia de Carlos XII (1731); La muerte de César (1733); Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones (1756); Poema sobre el desastre de Lisboa (1756); Historia de Rusia bajo Pedro el Grande (1759); Memorias (1759); La doncella de Orleans, 1762; Filosofía de la historia (1765).
Ensayos filosóficos: Cartas filosóficas o Cartas inglesas (1734); Tratado de metafísica (1734); El mundano (1736); Discursos en verso sobre el hombre (1734-38); Elementos de la filosofía de Newton (1737); Metafísica de Newton (1741); El fanatismo o Mahoma, (1741); Diccionario filosófico, (1764); Tratado sobre la tolerancia, (1767); Del alma, (1776); Diálogos de Evémero, (1777).
Teatro / cuentos: Edipo, (1718); La Henriada, (1728); Zulima, (1740); Mérope, (1743); Zadig o El destino, (1748); Nanine o El prejuicio vencido, (1749); Micromegas, (1752); Cándido o El optimismo, (1759); Tancredo, (1760); El ingenuo, (1767); La princesa de Babilonia, (1768).
«Memorias» [trad.: Manuel Azaña] ::ISBN 84-87521-18-5
Estaba yo harto de la vida ociosa y turbulenta de París, de la muchedumbre de petimetres, de los malos libros impresos con aprobación y privilegio del rey, de las cábalas de los literatos, de las bajezas y del bandidaje de los miserables que deshonraban la literatura. Encontré en 1733 una señora joven que pensaba sobre poco más o menos como yo y que tomó la resolución de ir a pasar en el campo varios años, para cultivar allí su entendimiento, lejos del tumulto del mundo; era la señora marquesa del Chatelet, la mujer con más disposición para las ciencias de toda Francia.
[...]
Se cenaba en una salita cuyo adorno más notable era un cuadro que su pintor de cámara, Pesne, uno de nuestros mejores coloristas, pintó ateniéndose al dibujo hecho por el mismo rey. El cuadro era una magnífica priapea. Veíanse en él hombres y mujeres abrazados, ninfas debajo de sátiros, amores que jugaban los juegos de Giton y Escolpo,
[•] unas cuantas personas que contemplaban con arrobamiento esos combates,
tórtolas besándose, chivos y moruecos que saltaban sobre las cabras y ovejas.
Las comidas no eran a menudo menos filosóficas. cualquiera que llegase de improviso y nos oyera hubiera creído, al ver aquel cuadro, oír a los siete sabios de Grecia en un burdel. Jamás en ningún lugar del mundo se ha hablado con tanta libertad de las supersticiones humanas ni se las ha tratado con más burla ni desprecio. A Dios se le respetaba; pero no perdonábamos a ninguno de los que en nombre suyo. han engañado a los hombres.
Nunca entraban en palacio mujeres ni clérigos. En una palabra, Federico vivía sin Corte, sin consejo y sin culto.
[...]
Desde mis ventanas veo la ciudad donde reinaba Juan Chauvin, el picardo llamado Calvino, y el sitio donde por orden suya quemaron a Servet para bien de su alma. Casi todos los clérigos de este país piensan hoy como Servet, y hasta van más lejos que él. No creen en modo alguno en la divinidad de Jesucristo; y estos señores, que en tiempos pasados hicieron tabla rasa del purgatorio, se han humanizado hasta el punto de indultar a las almas del infierno. Afirman que sus penas no serán eternas; que Teseo no permanecerá siempre en su sitial, ni Sísifo rodará siempre con su peñasco; así, del infierno, en el que ya no creen, han hecho un purgatorio, en el que no creían.
[...]
Concluyo que, para hacerse con la menor fortuna, más vale decirle cuatro palabras a la amante de un rey que escribir cien volúmenes.
[...]
He dispuesto mi destino de tal modo que me siento independiente a la vez en Suiza, en el territorio de Ginebra y en Francia. Oigo mucho hablar de libertad pero no creo que haya habido en Europa un particular que haya conseguido una como la mía. Que siga mi ejemplo quien quiera o quien pueda.
______
[•] Giton y Escolpo pueden ser los aventureros del Satiricón de Petronio. Tomo de la Enciclopedia Británica lo que sigue:
The Satyricon, or Satyricon liber ("Book of Satyrlike Adventures"), is a comic, picaresque novel that is related to several ancient literary genres. In style it ranges between the highly realistic and the self-consciously literary, and its form is episodic. It relates the wanderings and escapades of a disreputable trio of adventurers, the narrator Encolpius ("Embracer"), his friend Ascyltos ("Scot-free"), and the boy Giton ("Neighbour"). The surviving portions of the Satyricon (parts of Books XV and XVI) probably represent about one-tenth of the complete work, which was evidently very long.
«Cándido / Micromegas / Zadig» [volumen común- trad. y edición de Elena Diego] ::ISBN 978-84-376-0541-8
Los despojaron inmediatamente dejándolos desnudos como monos, y a mi madre también, y a nuestras damas de honor también, y a mí también. Es cosa de admirar la diligencia con la cual estos señores desnudan a la gente. Pero lo que más me sorprendió, es que nos metieron a todos el dedo por un lugar en el cual nosotras las mujeres sólo dejamos habitualmente que nos metan cánulas. Aquella ceremonia me parecía extraña: así es como se enjuicia todo cuando uno no ha salido de su tierra. Pronto me enteré que era para ver si habíamos escondido allí algún diamante: es costumbre establecida desde tiempo inmemorial entre naciones civilizadas que navegan por la mar. He sabido que los religiosos señores caballeros de Malta no dejan nunca de hacerlo cuando cogen a turcos o turcas; es ley del derecho de las gentes que nunca se contravino.
[...]
Mi inocencia no me hubiera salvado si no hubiera sido un poco bonita. El juez me liberó, con la condición de que sucedería al médico. Pronto me suplantó una rival, me echaron sin recompensa, y me vi obligada a seguir este abominable oficio que a vosotros, hombres, tanto os gusta, y que para nosotras es sólo un abismo de miseria. Fui a ejercer la profesión a Venecia. ¡Ay!, señor, si pudierais imaginar lo que es estar obligada a acariciar indistintamente a un viejo mercader, a un abogado, a un monje, a un gondolero, a un abate; estar expuesta a todos los insultos, a todas las afrentas; verse a menudo reducida a pedir prestada una falda para que la alce un hombre asqueroso; que uno robe lo que con otro se ha ganado; verse multada por los encargados de la justicia, y no tener más perspectiva que la de una vejez atroz, un hospital, y un muladar, concluiríais que soy una de las criaturas más desdichadas del mundo.
/
He viajado algo, he visto mortales muy inferiores a nosotros; los he visto muy superiores, pero no he visto a ninguno que no tuviera más deseos que verdaderas necesidades, y más necesidades que satisfacciones. Quizás llegue un día a la tierra en la que no falte nada, pero hasta ahora nunca me ha dado nadie noticias positivas de esa tierra.
[...]
¿Sabéis, por ejemplo, que en el momento en que os hablo, hay cien mil locos de nuestra especie, cubiertos con sombreros, que matan a otros cien mil cubiertos con turbante, o que son por ellos asesinados, y que, en casi toda la tierra, así se hace desde tiempo inmemorial?
/
Pero, dijo Zadig, ¿es pues necesario que haya crímenes y desgracias? ¡Y las desgracias recaen sobre los hombres de bien! –Los malos, contestó Jesrad, son siempre desgraciados; sirven para probar a un pequeño número de justos diseminados por la tierra, y no hay mal del que no nazca un bien. –Pero, dijo Zadig, ¿si no hubiera más que bien y no hubiera mal? –Entonces, contestó Jesrad, esta tierra sería otra tierra, el encadenamiento de los acontecimientos sería otro orden de sabiduría; y este otro orden, que sería perfecto, no puede hallarse más que en la morada eterna del Ser Supremo, a quien el mal no puede acercarse.
«Cartas» [de las citas seleccionadas en «Sarcasmos y agudezas» por Fernando Savater] ::ISBN 84-672-0231-9
He perdido mis dientes. Muero al por menor.
(Al conde de Argental, 3 de octubre de 1752)
[.]
Voy a componer, para mi instrucción, un pequeño diccionario para uso de reyes.
Amigo mío significa esclavo mío.
Mi muy querido amigo significa no podéis serme más indiferente.
Por os
haré feliz debéis entender os soportaré en tanto os necesite.
Cenad esta noche conmigo significa esta noche me burlaré de vos.
El diccionario puede ser largo; es un artículo que habrá que incluir en la Enciclopedia.
(A Mme. Denis, 18 de diciembre de 1752)
[.]
El único placer de la vida en Ginebra es que allí cada cual puede morir como le dé la gana. Hay mucha gente decente que ni siquiera llama al cura.
(A Mme. du Deffand, 9 de mayo de 1764)
[.]
No me gustan los héroes: arman demasiado estrépito.
(A Federico de Prusia, 26 de mayo de 1742)
[.]
La teología me divierte: la locura del espíritu humano se muestra allí en toda su plenitud.
(A Damilaville, 26 de diciembre de 1762)