París 1840 — 1902.
De padre italiano y madre borgoñona. Estudió en el colegio de Aix-en-Provence, donde tuvo por condiscípulo a Cézanne. En febrero de 1862, año en el que obtuvo la ciudadanía francesa, consiguió ingresar en la empresa del editor H. Hachette, cuyo departamento de publicidad pasó a dirigir. Allí se relacionó con algunos de los escritores más ilustres de la época (Guizot, Lamartine, Michelet, Littré, Sainte-Beuve, About); y a los veinticuatro años publicó su primer libro,
Cuentos a Ninón. Luego sustituyó a los viejos maestros por los nuevos (Balzac, Stendhal, Flaubert) fue madurando su
orientación naturalista, y dio a la luz
Teresa Raquin. 
Es el autor de la gran novela cíclica
Les Rougon-Macquart, 1871-1893.
A lo largo de un año entero, se dedicó a compilar el árbol genealógico de sus protagonistas. Entre 1871 y 1876 aparecieron los seis primeros volúmenes:
La fortuna de
los Rougon ,
La ralea ,
El vientre de
Paris ,
La conquete de
Plassans, La caída del abate Mouret y
Son ExceUence Eugene Rougon. El escritor contaba entonces treinta y seis años; su capacidad de trabajo resultaba tan sorprendente como la amplitud de sus ambiciones. Sin embargo, el éxito se retardaba. Hasta
La taberna , obra publicada en 1877, no alcanzó la notoriedad que relegó a segundo plano, por vez primera después de cincuenta años, a Victor Hugo. Con
L'assommoir, prototipo y obra maestra no igualada de la novela negra, por encima de Balzac, llevó la literatura a un grado de tenebrosidad difícilmente superable.
Naná, publicada en 1880, renovó el éxito de
L'assommoir, pero también agravó las relaciones de escándalo y suscitó acusaciones de inmoralidad. El literato respondió que se limitaba a describir la vida y a mostrar lo que descubría, veía o llegaba a conocer, y preguntaba si acaso era un delito hablar de lo existente.
Los intereses sociales tienen una importancia decisiva en
Germinal, representación épica de las masas obreras que provocó asimismo un gran eco, por cuanto revela un universo que muchos hubieran preferido ignorar y posee la fuerza considerable que lo consagró como uno de los escritores más ilustres de todos los tiempos.
La tierra levantó una de las tempestades más violentas de cuantas hubo de afrontar; el libro en cuestión fue criticado no sólo por la audacia de algunas escenas sino también como difamación de la clase campesina.
En 1888 el autor inició la única aventura sentimental de su vida: la relación con una muchacha de veinte años Jeanne Rozerot, de la cual tuvo dos hijos, reconocidos legalmente, tras su muerte, por la esposa legitima.
Mientras tanto, las novelas se sucedían a un ritmo constante: El sueño (1888), La bestia humana, continuación, sobre un fondo más amplio, del tema de Thérese Raquin, y L'argent, La débacle y El doctor Pascual , con las que cerraba el ciclo de los Rougon-Macquart, empezado
veintidós años antes. En el curso de éstos había compuesto veinte novelas, en treinta y un volúmenes, con un total de mil doscientos personajes.
El 15 de octubre de 1894 se inició en Francia el «affaire» Dreyfus: el capitán fue arrestado, y condenado a deportación perpetua en la isla del Diablo. La impetuosa intervención de Zola no se produjo hasta tres años después, cuando pudo conocer algunos documentos del proceso y adquirir la certidumbre de la inocencia del sentenciado. El 5 de diciembre de 1897 publicó en Le Figaro el primer artículo sobre la cuestióny el 14 puso en circulación el opúsculo Lettre a la Jeunesse; a ésta siguió el 13 de enero de 1898 la célebre carta a Felix Faure, J'accuse, publicada en el periódico L'Aurore. La aparición del nuevo litigante, con su talla, su gusto por la lucha, su vigor de polemista y la autoridad que le daba una producción difundida por Francia y Europa a través de centenares de miles de ejemplares, fue un elemento resolutivo. Conocidas son sus consecuencias: la condena de Zola a un año de cárcel y a una multa de tres mil francos, el breve destierro a Inglaterra, la revisión del proceso, la libertad de Dreyfus (1899), y, posteriormente, en 1906, su rehabilitación. La intervención del escritor en el «affaire» constituyó el gesto más ruidoso de su existencia, y fue la manifestación de un valor cívico por lo menos igual a su carácter y a su genio de literato.
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[extractado del artículo de M. Bernard, en el Diccionario de autores BOMPIANI -Dep. Legal: B. 20872-63 III]
«El Naturalismo » [La novela experimental] :: Dep. Leg. B. 50.017 - 1972
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La gran cuestión consiste en poner en pie a criaturas vivas que interpreten la comedia humana con la mayor naturalidad posible delante de los lectores. Todos los esfuerzos del escritor tienden a esconder lo imaginario debajo de lo real.
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Sería un curioso estudio explicar cómo trabajan nuestros grandes novelistas contemporáneos. Plantean casi todas sus obras a partir de unas notas tomadas ampliamente. Cuando han estudiado con escrupuloso cuidado el terreno sobre el cual deben andar, cuando se han informado en todas las fuentes y tienen en sus manos los múltiples documentos que necesitan, entonces y solamente entonces se deciden a escribir [...] En este trabajo se ve la poca importancia que tiene la imaginación. Estamos lejos, por ejemplo, de George Sand, quien, se dice, se ponía delante de un cuaderno de papel blanco y, partiendo de una idea primera, componía sin parar, confiando totalmente en su imaginación...
* … en el penetrante ensayo titulado Du Roman Zola afirma, acaso con la intención de escandalizar al lector, que «Tous les efforts de l'écrivain tendent a cacher l'imaginaire sous le réel.» ¿No puede constituir una apasionante aventura para el crítico de nuestro tiempo la búsqueda de las corrientes imaginativas subterráneas ilegales, cree Zola– que alimentan el tejido narrativo de los Rougon-Macquart?
«La bestia humana » :: ISBN 84-367-0003-1
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Si dentro de diez minutos no se anunciaba ningún tren de mercancías, echaría a correr, para hacer saltar el raíl. Estaba muy serena, sólo tenía el pecho oprimido bajo el peso enorme del acto que iba a llevar a cabo. Además, en aquel último momento, al pensar que Jacques y Séverine se acercaban y que continuarían pasando, yendo a gozar uno del otro si no les detenía, bastaba para enardecerla, ciega y sorda en su resolución, sin ni siquiera dudar un momento; era lo irrevocable, había que dar el zarpazo de la loba que mata al pasar. Obsesionada por la venganza, sólo veía los dos mutilados, sin preocuparse de la muchedumbre, de la oleada de gente desconocida que desfilaba ante su vista desde hacía tantos años. Muertes y sangre...; quizá se ocultase el sol, ese sol cuya alegría amorosa le irritaba.
[...]
A veinte metros de ellos, desde el borde de la vía en que les clavaba el espanto, Misard y Cabuche, con los brazos en el aire, y Flore, con los ojos desorbitados, vieron encabritarse el tren. montar siete vagones unos sobre otros, y desmoronarse luego con espantoso crujido en medio de una confusión de destrozos. Los tres primeros vagones quedaron hechos migas, y los otros cuatro formaban una montaña, un revoltijo de techos hundidos, ruedas destrozadas, portezuelas, cadenas, topes, en medio de cristales rotos. Pero, sobre todo, se oyó el impacto de la máquina contra las piedras, un encontronazo sordo terminado en un grito de agonía. La
Lisan, con el vientre abierto, cayó a la izquierda encima del carro; en tanto que las piedras, hendidas, volaban hechas añicos, como despedazadas por dinamita; de los cinco caballos, cuatro, arrastrados, arrollados, quedaron muertos en el acto. La cola del tren, seis vagones aún intactos, se detuvo, sin siquiera salirse de los raíles.
Pero se oyeron gritos, llamadas, cuyas palabras se perdían en alaridos inarticulados.
—¡A mí! ¡Socorro...! ¡Dios mío...! ¡Me muero! ¡Socorro! ¡Socorro!
«La taberna » * :: Dep. Leg. B. 56.805 - 1965
[...]
Ella había lavado una cofia y se estuvo afanando todo el día recomponiendo un viejo vestido, para ponerse presentable. Finalmente, hacia las nueve, con el estómago vacío y pálida de ira, se decidió a bajar, para ir a buscar a su marido por las tabernas cercanas.
—Si busca a Coupeau —dijo la señora Boche al verla pasar—. está en la taberna del tío Colombe. Mi marido acaba de tomar una guinda con él. Le dio las gracias y echó a andar por la acera, con la idea de saltar a los ojos de Coupeau. Caía una fina lluvia, que hacía aún menos sugestivo el paseo. Pero cuando llegó ante la taberna, el miedo a que fuera él quien la zurrara si le iba a molestar, la calmó bruscamente y la hizo prudente. La taberna resplandecía, con el gas encendido y las lámparas blancas relucientes como soles, reflejándose en los mil colores de las botellas. Quedó allí un momento, aplicando un ojo entre dos botellas del escaparate, mirando a Coupeau que estaba al fondo de la sala, sentado con sus amigos en torno de una mesa de cinc, semiocultos y azulados por el humo de sus pipas. Como no podía oírles, resultaba gracioso verles gesticular, adelantando las barbillas, con los ojos desorbitados. ¿Era posible que los hombres dejasen sus mujeres y sus hogares para irse a encerrar en aquella cueva, donde ni siquiera podían respirar?
* El título español de La taberna resulta mucho menos expresivo que el de L'Assommoir francés. Assommoir significa, realmente, taberna, pero sólo en un sentido que pudiéramos llamar indirecto y figurado. Su traducción más directa es la de maza o porra en cuanto instrumento que assomme, es decir, que derriba o mata a golpes, que machaca, que abruma, que atonta. Zola, a quien no se puede discutir una maestría extraordinaria en la elección de los títulos para sus novelas, tan difíciles de traducir a los demás idiomas de un modo que les conserve su prodigiosa fuerza evocativa, se mostró en éste a la altura de los mejores. La taberna era la plaga que embrutecía, que degradaba, que derribaba y atontaba a las clases más humildes de la sociedad.
«Naná» :: Dep. Leg. M. 26.907 - 1969
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Al llegar a ciertos versos algo picarescos, dilatábase su nariz, cuyas sonrosadas alas palpitaban, en tanto que una llamarada abrasaba sus mejillas. Y continuaba balanceándose, no sabiendo hacer otra cosa. El público ya no encontraba feo aquello, sino muy al contrario; los hombres asestaban sus gemelos. Al ir a terminar su coplilla, le faltó por completo la voz y comprendió que le sería imposible llegar hasta el fin. Entonces, sin inquietarse, dio un golpe de cadera que dibujó una redondez debajo de la delgada túnica, mientras que, doblada por la cintura y dejando entrever el seno, tendía sus brazos. Estalló una tempestad de aplausos. Inmediatamente se volvió de espaldas, en dirección al foro, exhibiendo su nuca, cuyos cabellos rojos parecían dorado vellocino; y los aplausos se trocaron en frenético.
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La imagen del volumen editado por EDAF en 1969 define ingenuamente los límites de permisividad en la España de la época.