
Las gradas gritan ante el que se presenta como el gran duelo, deseosas de ver un enfrentamiento cara a cara entre los dos pesos pesados de la filosofía. Los primeros en entrar son los racionalistas que se abren paso entre la multitud para llegar hasta el ring, avanzan en filas de a dos. Los primeros son Kant y Descartes seguidos por Aristóteles y Santo Tomás y en último lugar Sócrates, el entrenador, el maestro, que lleva del hombro a su pupilo aún encapuchado. Juegan en campo rival: un público cansado de la tradición, la racionalidad y la religión. Un público que ─como diría la escuela de Frankfurt─ ha visto su país devastado por dos guerras mundiales y que abuchea al aspirante racionalista cuando éste se descubre la cabeza.
Platón está listo
Se apagan las luces y el estadio entero queda sumido en sombras. Es parte de la estrategia: hacer esperar a los rivales para que se pongan nerviosos y apagar las luces. Entra en escena Heráclito el oscuro, seguido de Trasímaco y Hume, pero todavía falta uno. Su aparición tiene que ser espectacular. Y lo es. De repente, un foco ilumina tres siluetas encapuchadas en las últimas gradas: son los maestros de la sospecha. Marx y Freud se quedan quietos pero el tercero avanza hacia el centro con paso firme. El público ruge como leones cuando las Valquirias de Wagner suenan a todo trapo por todo el anfiteatro. Se coloca ante Platón y se quita la capucha.
Nietzsche está listo
La única regla de este combate de teorías es sencilla: conseguir convencer a una tercera persona que hará las veces de árbitro. Se ha decidido que éste sea un niño, puesto que no está pervertido por la sociedad como diría Rousseau. Por supuesto Nietzsche y Heráclito sonríen ante esta idea, pero lo que no esperaban era la pequeña niña con coletas que sube al escenario.
Comienza el combate. Nietzsche es el primero en hablar.
—Observa, Platón, como toda esa gente me aclama, ─la arrogancia de este hombre no conoce límites
—¿Y de qué te sirve si este mundo es asquerosamente sensible? Si el que de verdad importa es el mundo de las ideas. Lo que verdaderamente importa es el concepto absoluto de las cosas que está quieto y listo para que yo, filósofo, lo conozca. Lo universal sólo lo podemos encontrar en el mundo inteligible ya que este que estamos pisando ahora no es más que una mera copia.
—¡Parece mentira que teniendo los hombros tan anchos tengas la mente tan cerrada! Siempre negando lo sensible que está en constante movimiento. Inventar otro mundo distinto a éste implica tener recelo contra la vida, una actitud de recelo a la vida como devenir ¿Cómo era esa metáfora tuya tan buena, Heráclito?
—No te podrás sumergir dos veces en un mismo río... porque la naturaleza cambia.
—Por eso mismo, porque cambia tenemos que negar este mundo y subir como por peldaños hasta llegar a la belleza absoluta...
Ahora Platón decide pasar al contraataque
—Y ya no hablemos de los artistas que imitan lo que ya es una copia de por sí.
—¡Bien dicho maestro! el arte imita la naturaleza... por lo tanto está por debajo de esta.
—Sin música la vida sería un error... apuesto a que se te han puesto los pelos de punta cuando has escuchado las Valquirias. Y eso ha sido una experiencia que no puedes negar. Antes has ensalzado la figura del filósofo; bueno, ya lo dijo tu discípulo: para vivir en soledad hay que ser animal o Dios... lo único que se le olvidó mencionar al filósofo.
La pequeña niña de las coletas que hasta ahora ha presenciado todo con una expresión divertida en la cara decide dar por terminado el primer asalto. Los aspirantes van a sus esquinas donde recibirán consejos de su equipo.
Trasímaco:
—Nietzsche, ¡Ataca a la democracia! golpea contra una forma de gobierno que pone a todos los hombres por igual y en la que nadie destaca.
—No, aún no, tengo una idea mejor.
Comienza el segundo asalto.
—Gott ist tot.
Al oír estas palabras, Santo Tomás suelta un mugido propio de un buey.
—Lo que te pasa, pedazo hereje, es que hay ciertas verdades como es la afirmación de que Dios es, que son verdad por sí misma, sin necesidad de que sean demostradas.
—Bueno, realmente querido compañero, Dios sólo es un noúmeno, es algo que podemos pensar pero no conocer ya que de él no tenemos experiencia sensible… sólo… da sentido a la moral.
—Deberían quemaros a todos en la hoguera.
La niña habla:
—¿Qué es eso de noúmeno Kant?
Kant decide dejar de lado su lenguaje complicado para contestar a la pregunta.
—Noúmeno caca. Fenómeno bueno. Un fenómeno tiene experiencia sensible al que luego le aplicamos la razón.
—Ya que el hombre es un animal racional, ─apunta Aristóteles.
—¡Has fallado en ese último paso Kant! ¡No podemos ir más allá de la experiencia! ─dice Hume.
—Tu est complètement trompé! Es justo lo contrario queridísimo amigo; lo único que nos aporta ideas claras y verdaderas proviene de la razón y no de la experiencia.
—¡Cállate gabacho! La razón es esclava de las pasiones y no al revés.
Encima del escenario se ha montado una auténtica batalla campal, y en todo este caos la niñita de coletas suelta inocentemente una pregunta, sin tener ni idea de lo que ésta encierra detrás.
—¿Dios existe?
Los filósofos se quedan por un instante quietos, y Sócrates ve su oportunidad para torpedear un poco a la chica.
—Esa respuesta ya la sabes tú porque realmente nuestra alma divina e inmortal ya lo sabe, lo conoce todo. Tú sólo tienes que recordarlo. Para recordar lo único que tienes que hacer es hablar conmigo y ya verás como tú sola, sin que yo te enseñe nada lo descubres.
—Pues no lo recuerdo y estoy hablando contigo.
—Bueno, eso será porque eres niña, las mujeres deberían dedicarse a las tareas de la casa.
La niña se queda un poco confusa. Nietzsche aprovecha.
—Si eres capaz de seguir adelante y seguir viviendo, entonces eres un superhombre.
—Una supermujer, ─le corrige.
—...
—¡Me gusta eso! ¡Soy una supermujer! ¡Cómo mola! Creo que voy a dar la victoria a Nietzsche. Me seduce más lo que él dice.
La decepción se dibuja en el rostro de todos los racionalistas.
—Vosotros, hombres superiores, ¡Aprended a reír!
Nietzsche no cabe en sí de júbilo. La gente ya empieza a irse y él tiene pensado ir a disfrutar un poco de la victoria hasta que oye una voz detrás suyo.
—Perdone señor, ─la niñita tira del pantalón al vitalista.
—¿Si?
—Ahora que me doy cuenta, sólo ha atacado a sus contrincantes y ha echado por tierra su filosofía. Ha afirmado su amor por la vida y las pasiones… pero no ha creado un sistema nuevo… eres como la ola que destruye el castillo, pero luego no lo reconstruyes. Te crees niño y sólo eres león puesto que te levantas contra las imposiciones. Y aún más, los que creías leones en las gradas, los espectadores, son en realidad camellos que han dejado de cargar con la tradición racionalista para cargar ahora con una filosofía nueva.
Nietzsche alza la vista entonces y observa como todo su público sale lentamente del estadio dirigido por policías. No ve hombres. Ve rebaño. Y entonces agacha la cabeza...
Derrotado ________________
M.A. |