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   «... beber y morder»

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por Alicia Silva Rey    
Quilmes (Buenos Aires) —invierno 2009—



     Escucho buena parte del día la radio, ahora que estoy aún aquí presa a causa de la Gripe A. O raptada. Recorro todo el espectro tolerable del dial. Se habla en dicho restringido universo de un único restringido concepto: la oposición.
El "oficialismo" denomina "oposición" a los pejotistas que no son kirchneristas. Y viceversa. Es decir que los "otros" del kirchnerismo son básicamente los que, sin ser ellos,  podrían asumir los blasones del peronismo en otra oportunidad eleccionaria. Después, entre los no- oficialistas,  estarían los sectores golpistas o destituyentes, que para el caso vendría a ser todo el resto del abanico político: la autodenominada mesa de enlace, los industriales no adictos, otras expresiones ideológicas y/o partidarias no-pejotistas.
En síntesis, el discurso dominante, esa narratividad omnisciente que día a día y a toda hora desgrana su autorreferencialidad en público, discurre entre los adversarios de un mismo grupo o sector. Que son hermanos enemigos porque los negocios que manejan son incompartibles (pero claro que no incompatibles; lo que ocurre es que van por separado como los sujetos que los ejecutan). Y como bien se ha dicho que no hay peor cuña que la del mismo palo, los ciudadanos comunes, vale decir, la amplia mayoría de los argentinos, participamos atónitos, desmerecidos, distantes como galaxias que estos dioses antagonistas  jamás podrían haber consultado, de su lucha siniestra.

    Me reía hoy a la mañana cuando leía en «Entre actos», última novela escrita por Virgina Woolf, esto que les transcribo:

         —¡Me muero de ganas de tomar una taza de té!—, dijo la señora Manresa con su voz pública; y dio una zancada. Tomó una taza de gruesa porcelana. La señora Sands, dando prioridad, naturalmente, a un miembro de la clase superior, la llenó de inmediato. David le ofreció un pedazo de pastel.
La señora Manresa fue la primera en beber y en morder. Los lugareños seguían sin decidirse.
         —Con lo que queda demostrado que la democracia es una estupidez—, concluyó la señora Manresa. Tras llegar a la misma conclusión, la señora Parker tomó otra taza. Todos las miraban. Ella llevaban la delantera, los demás las seguían. (…) Tenían obligaciones para con la sociedad.

Virginia Woolf    «Entre actos», fue publicada póstumamente en 1941, el mismo año en que su autora se suicidara ahogándose en el río Ouse. La escena transcripta ocurre, en la ficción mencionada, durante el verano de 1939  durante el entreacto de una representación teatral popular realizada tradicionalmente en la centenaria casa de campo de una aristocrática familia inglesa. La señora Manresa y la señora Parker, a pesar de sus buenas intenciones democráticas, no pueden dejar de servirse primero, de beber y morder primero el refrigerio ofrecido porque los lugareños no pueden dejar de reconocerlas en su superioridad de clase. En los bordes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, los actores de Virginia Woolf se mueven, como yo en mi captura estacional, en la bruma de un mundo a punto de desaparecer.
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  A.S.R. 
 

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